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Obama no queda en el pasado

Su comportamiento impecable como presidente, como político y como líder permitía un legítimo orgullo a sus gobernados. Su presencia seguirá siendo, con seguridad, solicitada en muchas partes.

19 de enero de 2017
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Infográfico
Obama no queda en el pasado

No es un tópico decir que la carrera de Barack Obama es la muestra del “sueño americano”, aquel que permite a quienes se esfuerzan, estudian y trabajan intensamente llegar a las más altas metas que su voluntad y su talento les permitan. Talento y voluntad que lo llevaron a estudiar y graduarse en la selecta Escuela de Derecho de Harvard, e iniciar una carrera política fulgurante, que lo condujo de ser senador por Illinois durante tres años a ser elegido, en noviembre de 2008, como 44° presidente de los Estados Unidos.

Ser elegido con amplias mayorías como primer presidente afroamericano marcó un hito. Y podría pensarse que reemplazar en el cargo al desprestigiado republicano George W. Bush, y por añadidura ser sustituido por Donald Trump, elevan de forma automática su estatura ante los ojos del mundo. Pero, siendo eso cierto, sería simplista e injusto medir su talla de estadista solo por esa circunstancia.

En un país que ha dado grandes presidentes pero también gobernantes muy cuestionados, el comportamiento de Obama fue impecable siempre, en lo público, en lo privado, en lo familiar, en lo político. Así y todo, la oposición lo atacó con extrema dureza exacerbada por sectores ultraconservadores. Pero en estos ocho años los estadounidenses tuvieron un privilegio que pocos pueblos han tenido en las últimas décadas: un presidente del cual no avergonzarse, así no compartieran sus tesis.

Obviamente su elegancia personal y política, siendo un gran activo, no basta para ser un gran estadista. Pero es que Obama además tenía valores, se dotó a sí mismo de conocimientos y cultura, inspiró confianza y como gobernante honró la democracia, con respeto por los adversarios, serenidad en el mando y equilibrio emocional para afrontar toda clase de ataques. Y en ello el comportamiento igualmente impecable de su esposa Michelle y sus hijas enalteció aún más su presidencia. Esta familia también habrá de ser extrañada muy pronto por su ejemplaridad.

Obviamente los balances de su gestión tendrán que apuntar a todos los planes frustrados y las promesas no cumplidas. Para esto no hay que olvidar que Obama tuvo enfrente un Congreso republicano abiertamente hostil y dispuesto a bloquear casi todas sus iniciativas hasta las últimas consecuencias. Muchos dicen que le faltó flexibilidad negociadora, pero hay que ver hasta qué punto el presidente no cedía para no violentar sus principios y los del Partido Demócrata, al que representaba.

Hay un contraste entre el buen estado general de la economía nacional y el sentimiento de los ciudadanos, cuyo poder adquisitivo lleva años estancado o en retroceso. Ayer mismo lo reconoció en su última rueda de prensa.

En el problema racial, tal vez la mayor paradoja, no pudo conducir a la superación de la violencia ni al cese del resentimiento entre razas. Lo desbordó el maltrato policial y los abusos contra las minorías étnicas. En el campo internacional el presidente ruso Vladimir Putin le ganó de largo el pulso en Siria. Ganó Putin pero perdió la humanidad.

Con Latinoamérica tuvo relaciones cordiales. Ignoró al chavismo, pudo haber ayudado más a México en su guerra perdida contra los narcos, y Colombia y Cuba marcaron los giros más notorios de política exterior. Aquí, al apostarle al proceso santista de paz y no fijar inamovibles en la política antidrogas, y en Cuba al relajar el bloqueo sin pedir contraprestaciones democráticas ni apertura del castrismo.

Todo el planeta lo tiene claro: Obama va a hacer falta y su estatura política crecerá mucho más. Sale relativamente joven del poder y su liderazgo será reclamado desde todas partes. El contraste dramático con lo que promete y representa su sucesor en el cargo hará que Obama sea el político cuya palabra sea más escuchada en el futuro.

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