Lo habitual es que el último año de los presidentes es de mucho desgaste y desprestigio (Álvaro Uribe ha sido la excepción). Y este no es el final de un cuatrienio, sino de dos períodos, donde cargó el pesado fardo del proceso de paz. Sin embargo, el presidente Santos sigue contando con mayorías en el Congreso para aprobar los proyectos que requiere, no solo los del proceso de paz, vía fast track, sino la reforma política y electoral y la aprobación del presupuesto. Ya propuestas revolucionarias o de grandes cambios no habrá. Aunque su mayor reto será lograr que las elecciones legislativas y presidenciales de 2018 se desarrollen en un clima de normalidad y transparencia.
Así el presidente tenga una muy baja popularidad, no tiene razones para preocuparse en cuanto a su gobernabilidad. El sistema político colombiano permite que hasta el más mediocre de los gobernantes pueda terminar su período. Las inercias de la administración pública le permiten ir sobreaguando la gestión. Entre otras cosas, en la práctica a Santos le quedan cinco meses de gobierno, pues a partir de enero de 2018 el país se embarca en las campañas electorales.
Los momentos más difíciles de este Gobierno ya pasaron, y no hay razones para pensar que su gobernabilidad vaya a verse reducida.
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