Abraham Serna, un tamesino de nacimiento y corazón, nunca pensó que sus tierras, dedicadas al pastoreo de ganado, se convertirían en una reserva natural, cuyos bosques albergarían a más de 120 aves, 21 mamíferos y alrededor de 154 plantas.
La historia se remonta a los años 80’s, cuando don Abraham adquiere, en la parte alta de Támesis (Antioquia), ubicado en el área de influencia del Distrito de Manejo Integrado (DMI) Cuchilla Jardín-Támesis, un terreno para arrancar un proyecto ganadero, el cual nombró El Globo. A eso se dedicó por más de 30 años, hasta que la entonces guerrilla de las Farc lo desplazó a él y a su familia del lugar.
Fue 20 años más tarde que su nieto, Mauricio Serna, en ese entonces estudiante de biología, decide volver al lugar al darse cuenta de su gran riqueza y potencial, el cual iba más allá de simples hectáreas para producir bovinos.
Así nació el Bosque de Niebla - El Globo, un lugar que, luego de procesos de restauración y conservación, y de tocar varias puertas, se convirtió en una Reserva Natural de la Sociedad Civil, y en uno de los 12 bancos de hábitat que tiene Colombia —el primero en Antioquia—.
“Cuando estaba en la universidad empecé a ver la importancia de la conservación de los ecosistemas andinos y me di cuenta que en mi familia éramos muy afortunados de tener uno. Al principio, ellos mostraron resistencia, porque eran ganaderos tradicionales y estaba la preocupación de cómo se iba a sostener. Ahí fue que comencé a buscar alternativas financieras, opciones para que una reserva natural fuera rentable, y me encontré con Terrasos y el trabajo que hacían con los bancos de hábitat”, contó Serna.
¿Créditos de biodiversidad?
Nadie pensaría que un terreno que antes fue talado, y en el que solo se veían pastos secos y huellas de ganado, se transformaría en un territorio de conservación y restauración de ecosistemas, refugio de fauna y flora —mucha de ella amenazada—, como el oso de anteojos, el loro orejiamarillo, el águila crestada, la zarigüeya o ‘chucha’ de agua, venados y la palma de cera y de macana.
Allí también se encuentran 16 nacimientos de agua y cinco hectáreas de humedales que contribuyen a la regulación hídrica y climática de la Provincia del Cartama.
Y aunque a muchos el término ‘bancos de hábitat’ no les suena muy familiar, la presencia de ellos en el país termina impactando sus modos de vida, pues a través de estos es que se realizan acciones de preservación, mejoramiento o restauración de la biodiversidad para compensar los impactos negativos causados por empresas o actividades humanas.
Asimismo, como en el caso de El Globo, generan ingresos para dueños, poseedores o tenedores de predios con vocación de conservación; y empleos directos e indirectos para las comunidades locales.
Los resultados ecológicos que se logran mediante esta figura son representados en créditos o unidades de biodiversidad, áreas de aproximadamente 10 metros cuadrados de ecosistemas preservados y/o restaurados que se gestionan técnica, financiera y jurídicamente durante 30 años, con resultados medibles. Es decir, las empresas pagan por esas ganancias ambientales.
En otras palabras, Serna lo definió como un mecanismo para cuidar lo que ya hay y mejorar o ayudar a lo que está degradado: “Se llaman créditos porque vienen de ese préstamo que nos hace la naturaleza. Nosotros estamos en deuda con ella por todos los servicios ecosistémicos que nos da y esa es una forma de compensarlo. Así logramos atraer inversión privada para sostener el proyecto a 30 años”, dijo.
Ahora, lo que diferencia este tipo de créditos o unidades de los de carbono es que los últimos se crean para que quienes generan emisiones de CO2 puedan compensar anualmente, mientras que los biocréditos le hacen frente a la pérdida de especies, las amenazas y la destrucción de hábitats que se ha ido acumulando con el tiempo.
Por esta razón, si hay algo interesante en ellos es que todos saben cómo se ve la diversidad de especies, a diferencia de una tonelada de carbono.
Economías más sostenibles
La humanidad y su modelo de crecimiento económico ha empujado al límite a la naturaleza, al asumir que los recursos naturales son infinitos.
De hecho, América Latina es la región que más poblaciones de animales ha perdido en los últimos 50 años, con una disminución del 94 % de vertebrados (mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces), según la organización World Wildlife Fund (WWF).
En el caso de Colombia, se trata del tercer país más biodiverso del mundo después de Brasil e Indonesia, con entre 200.000 y 900.000 especies, cinco reservas de la biosfera, 12 humedales de importancia internacional y 59 áreas naturales protegidas. Sin embargo, el Instituto Humbolt calcula que la biodiversidad colombiana ha disminuido un 18 %.
Detrás de estos fenómenos está la huella humana y su sobreexplotación de recursos naturales por la creciente demanda de alimentos y energía que acompaña al aumento de la población. La mayor amenaza estaría en la pérdida de hábitats naturales, relacionada principalmente con la agricultura y la ganadería extensiva.
Esto, a su vez, genera pérdidas económicas que deben ser consideradas. Según la Superintendencia Financiera, el capital natural del país representa el 12 % de su riqueza, cerca del 10 % de la producción se deriva directamente de la naturaleza y alrededor del 16 % del empleo está relacionado con actividades agropecuarias.
Lo anterior ha provocado que la industria comience a cuestionar su forma de producir. Aunque todavía falta: menos del 1 % de las empresas en el mundo saben hasta qué punto sus operaciones dependen de la naturaleza, afirma un estudio del World Benchmarking Alliance.
Es ahí donde recae la importancia del mercado de créditos de biodiversidad, tanto obligatorio como voluntario, pues su desarrollo fomenta la inversión para acciones asociadas a la preservación y restauración de ecosistemas, permitiendo oportunidades de ingresos en las zonas rurales.
“Nuestros clientes ya no vienen solo por una regulación de un licenciamiento ambiental, sino por una estrategia de sostenibilidad corporativa, en donde las empresas están cada vez más interesadas en incluir la biodiversidad como un pilar estratégico de sus operaciones, porque de lo contrario, su negocio se puede volver inviable”, indicó Serna.
Pero no solo es eso. La sostenibilidad también se ha convertido en un tema central a raíz de un consumidor cada vez más consciente de sus hábitos, por lo que los productos que no implementen iniciativas con este enfoque se están quedando obsoletos ante las exigencias del mercado.
Según un reporte de Carbon Disclosure Project (CDP), las organizaciones con iniciativas sostenibles tienen un mejor rendimiento financiero, obteniendo hasta un 67 % más de retorno sobre inversión que las contaminantes. Además de que tanto inversionistas como la banca están movilizando más dinero a aquellas firmas que incorporen estrategias de mitigación climática.
Algunas compañías en Colombia ya han dado los primeros pasos. Una de ellas es Cortineros Líder S.A.S, una empresa antioqueña que fue la primera en comprar créditos de El Globo. También está Sistema B e ISA, esta última, a través de una alianza con Terrasos, se vinculó como socio.
“A El Globo entramos como un financiador de algunas de las actividades que ellos tienen que implementar, como el plan de manejo para la generación y transferencia de créditos de biodiversidad. A través de esto, desde ISA buscamos adquirir unos 1.625 créditos (...) Esto hace parte de nuestra estrategia empresarial, con la que buscamos generar un impacto social y ambiental positivo”, explicó Valeria Hincapié, del equipo de sostenibilidad de ISA y especialista en Conexión Jaguar.
Pero los retos no son pocos. Para garantizar que los bancos de hábitat aseguren sus resultados en materia de conservación, Mariana Sarmiento, gerente general de Terrasos, señaló que se debe debatir sobre algunas limitantes normativas para evitar que lleguen especuladores al mercado y que generen conflictos ambientales en los territorios. Asimismo, hizo hincapié en la tenencia de la tierra, dado que la falta de titularidad genera un entorno difícil para hacer acuerdos de conservación.
Financiar la biodiversidad
De no tomarse acciones prontas y acelerarlas, el panorama es preocupante. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que, en caso de que se alcancen los 9.600 millones de personas a 2050, se podría necesitar el equivalente a casi tres planetas para proporcionar los recursos naturales necesarios para mantener los estilos de vida actuales.
Por ello, algunas de las metas trazadas en la pasada Conferencia sobre la Diversidad Biológica (COP15) fue reducir a una décima parte el ritmo y el riesgo de extinción de especies, y gestionar de manera sostenible las contribuciones de la naturaleza a las personas.
Lograr esto requerirá movilizar unos 200.000 millones de dólares anuales de fuentes públicas y privadas, así como aumentar los flujos financieros internacionales hacia los países en desarrollo a por lo menos 30.000 millones de dólares al año. El problema es que esto se ha ralentizado.
En el escenario local también hay una brecha de financiación. De acuerdo con un informe de la SuperFinanciera, para preservar los servicios ecosistémicos en Colombia e implementar el Plan de Acción de Gestión de la Biodiversidad a 2030 es necesaria una inversión de 4,8 billones de dólares. Pero actualmente se estima que hay un déficit de financiación del 32 %, que asciende a los 6 billones de pesos.
Lo que está en juego no podría ser más crítico: el planeta ya experimenta un peligroso declive en la naturaleza como resultado de las actividades humanas —según la ONU, ya se está sufriendo la mayor pérdida de vidas desde la época de los dinosaurios—, y esto reduce la garantía de los medios de vida, de la seguridad alimentaria y de la capacidad para proveer los servicios ecosistémicos de los que depende el sector empresarial.
Así las cosas, proyectos como el Banco de Hábitat Bosque de Niebla - El Globo se vuelven cada vez más importantes al incentivar y ser parte de esas transformaciones estructurales requeridas para ajustar el aparato productivo del país y transitar hacia una economía más sostenible.
El Globo, entonces, va más allá de ser un simple bosque: es la muestra de cómo en Támesis nació entre la niebla un lugar en el que se salvaguarda la naturaleza, el agua y la vida.