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El arzobispo de Alepo cuenta cómo ha sido permanecer en el escenario más sangriento de esa guerra civil.
Cuando las tropas sirias recuperaron la ciudad de Alepo, a finales de 2016, en las pocas paredes que quedaban en pie tras los bombardeos contra los rebeldes podía leerse: “El Asad o nadie”. La consigna estaba cerca de ser real: la guerra, iniciada en 2011 tras protestas contra el régimen de Bashar al-Ásad, había dejado al menos 320.000 muertos, un tercio de ellos civiles, y 22 millones de exiliados.
Esta confrontación, aunque civil en un primer momento, terminó involucrando a grandes potencias. Por el lado de los rebeldes, una coalición liderada por estados Unidos; en favor del Al-Ásad –presidente de Siria desde el 2.000, cuando heredó el cargo de su padre– han luchado fuerzas rusas e iraníes. Además, el Estado Islámico permanece en guerra contra todos los bandos.
El escenario principal del conflicto fue Alepo, la puerta de entrada de Rusia y Turquía en Siria. Esta ciudad milenaria, que presenció la caída de los persas, los romanos y los otomanos, fue testigo en 2016 de la derrota de los...