Tan importante como el Día del Periodista deberían serlo también los días de la Mujer, del Niño, del No Fumador, etc. Porque un periodista es, ante todo, un ciudadano, dotado de iguales derechos y deberes que todos los asociados, así no lo crean ni lo admitan muchos periodistas y muchos ciudadanos.
Muy pocos justiprecian la función periodística, si justipreciarla es atribuirle el sentido, el valor y la categoría justos. La maximizan, alaban y exaltan los que le asignan responsabilidades y prerrogativas supranormales. Se ha ensanchado esa figuración desde Supermán, el álter ego mitificado del tímido reportero Clark Kent: El salvador de la ciudad, el superhéroe que puede cargar, como Atlas, el mundo sobre sus espaldas. La minimizan, subestiman y maltratan los que la califican de incómoda, estorbosa e inconveniente, o le niegan autonomía y eficacia para buscar la verdad y el sentido, como, por ejemplo, cuando repiten la muletilla de que periodistas y medios no pueden obrar con independencia porque representan extraños intereses mercantiles.
El periodista no es ni más ni menos que un ciudadano que tiene familia, que defiende lo que a su leal saber y entender está llamado a defender, que debe coger filas y respetar turnos sin apelar al tráfico de influencias, que por ningún motivo debe marginarse de unas reglas de ética civil que lo hacen responsable solidario de la convivencia pacífica y ordenada y que no tiene por qué esperar felicitaciones ni obsequios en ninguno de los días del año por causa del cabal cumplimiento del deber.
Por esas y otras razones, es tan irritante el vedetismo, como lo es la inclinación a extremar el espíritu de cuerpo autocomplaciente, que elude la autocrítica y configura entramados faranduleros que degradan la cultura profesional y la ponen en el mismo plano de la charlatanería insustancial, alimentada por la codicia de privilegios y ventajas o por la tentación malsana de poder, dinero y fama.
Cuando la inmensa mayoría de la gente miente hasta en materia leve, el periodista no puede descuidar el criterio de veracidad. Cuando aparecen explotadores del conflicto y el escándalo, incendiarios, disociadores y sembradores de odio, al periodista le corresponde pacificar los ánimos, esforzarse por aproximar a los opuestos y borrar polarizaciones y sectarismos. Cuando son tan pusilánimes y blandengues la fiscalización y el control político institucionales y los contrapesos estatales, al periodismo le toca, por vocación y convicción, tomar la alternativa en defensa de principios y valores que integran la sociedad. La índole trascendental, la atmósfera de alto riesgo y la gravedad de las responsabilidades que deben asumirse desde el periodismo no exoneran de los deberes ciudadanos ni asignan derechos excepcionales. El periodista es, primero, un ciudadano, a pesar de todo y de todos.
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