J orge Luis Borges soñó a un oscuro poeta francés simbolista, olvidado por la crítica, quien tenía por propósito volver a componer el Quijote. La intención de su Pierre Menard no era ni mucho menos copiar a Miguel de Cervantes. Su ambición era más bien producir unas páginas “que coincidieran palabra por palabra y línea por línea” con las del Manco de Lepanto.
El proceso fue sencillo: primero intentó ser Cervantes y así, eventualmente, logró reescribir dos capítulos completos de la primera parte de la destacada novela.
En el cuento de Borges, la voz del narrador, que es la del último crítico que recuerda al poeta francés, propone que quizás Menard ha enriquecido el arte de la lectura y la escritura con el uso de una “técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”. Una de las premisas para el asombroso y absurdo proyecto es que “todo hombre debe ser capaz de todas las ideas”.
El escritor argentino plantea, con esta irónica ficción, preguntas acerca de temas como las influencias, las copias, los dobles, las tradiciones, los plagios, las traducciones y las ideas estéticas de la creación y la inspiración, la originalidad y la autenticidad.
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