El desarrollo de una nueva vacuna es un proceso largo. Para el caso del coronavirus la ciencia ha hecho el esfuerzo hercúleo de crear y producir una vacuna completamente nueva, sin afectar las normas de seguridad. Las empresas farmacéuticas que han recibido la aprobación de sus productos deben ahora garantizar los miles de millones de dosis que se requieren para obtener la inmunidad colectiva que permita superar la pandemia y apuntalar la recuperación económica.
Sin lugar a duda, contar con la vacuna es un hito, pero a partir de ahí surgen otros desafíos complejos. Se encuentra, en primera instancia, el problema de la logística de la distribución. Varias de las vacunas aprobadas (Pfizer- BioNTech, Moderna) requieren una temperatura de conservación (-70 grados centígrados), que hace necesaria la adquisición de costosas cadenas de frío. Las otras menos exigentes en cuanto a frigoríficos sofisticados, de todas maneras, requieren un despliegue importante.
De otra parte, se está constatando la necesidad de entrenar un mayor número de personal médico que pueda aplicar las vacunas. Sin dejar de mencionar el alto costo que tienen estas que, en promedio, según el Banco Interamericano de Desarrollo, puede ser de US$10,5 por dosis.
En los países en desarrollo a los inconvenientes mencionados se agrega otro: el acceso a las vacunas. Se había dicho previamente que este debería ser universal, pero se está viviendo otra realidad: los países con mayores recursos están acaparando las primeras dosis y el resto lucha por asegurar sus primeras inyecciones.
Varios países en América Latina (Argentina, México, Costa Rica y Chile) que hacen parte de ese último grupo, ya iniciaron penosamente la inmunización. Lo han hecho de manera irregular y lentamente, sin mucha certeza sobre la continuidad del proceso.
El gobierno colombiano, en ese escenario de escasez de vacunas, quiso asegurar el acceso a estas con una estrategia que combina la negociación directa con las grandes farmacéuticas, para contar con diferentes fármacos, y el mecanismo multilateral promovido por la OMS, el COVAX, que tiene como propósito que todos los países puedan llevar a cabo planes de inmunización para sus ciudadanos.
El plan del gobierno, sin embargo, no ha logrado reducir la incertidumbre. Ante la alta demanda, el mecanismo COVAX se está resquebrajando y eso hace que muchos países acudan a los acuerdos directos y que se complique la negociación de estos.
En esas condiciones no hay plazos claros ni cantidades accesibles en firme, una circunstancia que además en términos de comunicación ha sido muy mal manejada, con multitud de anuncios en cuanto a la inmunización, en ocasiones contradictorios, lo cual ha propiciado que arrecien las críticas y requerimientos de muchos sectores.
El lunes pasado, el ministro de Salud anunció un programa mensual de vacunación, en el cual se indica que esta comenzaría en febrero con la vacuna de Pfizer, se seguiría en marzo con la adquirida por COVAX y continuaría con la de Astrozeneca y Janssen, para un total asegurado de 29 millones de dosis para todo el año. El anuncio es enfático en que todo es tentativo y depende de las empresas, con lo cual deja la sensación de que hablar de un programa de vacunación definitivo no deja de ser una mera expectativa. Lo que sí está claro es que, para dejar atrás la pandemia, la inmunización es la única salida. Pero parece que va a tomar más tiempo
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