Digamos que se llamaba Yeison y trabajaba en una peluquería en Laureles. No le iba mal pero un día se levantó con ese entusiasmo que en ocasiones nos embarga a todos, ese que insiste que es posible crecer más, buscar mejores oportunidades, ser mejores profesionales, y partió para Bogotá. Se fue de la noche a la mañana, sin pensarlo mucho para no arrepentirse. Se despidió de su madre, le dijo que no se preocupara, que ya iba a ver cómo era posible una mejor vida.
En Bogotá no conocía a nadie, no tenía contactos ni palancas. Si quería conseguir algo tenía que empezar de cero, ganarlo todo por sus propios méritos. Fue entonces a una de las más distinguidas peluquerías (o salón de belleza como se les llama ahora) y dijo que quería trabajar con los mejores, que le hicieran un examen y después de que vieran lo que él era capaz de hacer le expresaran con toda confianza si le daban o no el trabajo. Al concluir las pruebas le dijeron que empezaría al día siguiente. En poco tiempo sus compañeros de trabajo, que tenían como clientes modelos, actrices, gente del espectáculo, admiraron la forma como trabajaba y lo respetaron bastante.
Yeison creyó que su vida en la capital sería próspera, que ese sueño de ser el mejor "asesor de imagen" del país era posible, el tiempo se lo estaba demostrando. Ya las clientas lo esperaban cuando no estaba disponible porque él era un artista y todas las mujeres que pasaban por sus manos salían bonitas y felices.
Pero como los sueños en este país no siempre se cumplen, el martes de la semana pasada por robarle el celular y su computador portátil, le dieron dos puñaladas y lo mataron. Los sueños de Yeison y los de su familia se vinieron al piso, se disolvieron en un abrir y cerrar de ojos.
Así como Yeison, muchos otros colombianos fueron asesinados por cualquier capricho esta semana, por mencionar sólo un período de tiempo. Las vidas de varios colombianos se las llevó la enfermedad más grave de esta especie: la maldad. El asunto es que yo me niego a aceptar esa costumbre de que la vida no valga nada, de que los muertos del diario sean un montón sin nombre, sean uno y otro y otro hasta lo irracional, hasta lo imperceptible.
Cuando Colombia y la justicia de este país se tomen en serio cada uno de sus muertos, cuando regrese el respeto y atrapen a los asesinos que se llevan los sueños, es posible que vuelva la confianza en Colombia, antes no; por ahora lo único que siento es asco e impotencia porque no logro entender sinceramente cómo se vuelve "normal" ese asunto de la muerte, ese asunto de que ni siquiera la vida nos pertenezca. No me cabe en la cabeza el porqué la gente asesina y ojalá nunca me quepa semejante locura en el corazón.
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