Gramalote se asemeja a una ciudad bombardeada donde solo quedan esqueletos de viejas casas en cuyo interior el tiempo parece detenido, extrañado quizá por la súbita partida de quienes las habitaron.
Caminar por sus calles es como visitar un museo del terror, pasando sobre muros derruidos, postes y tendidos de luz que forman una maraña con tejas, ladrillos, tapias pisadas, paredes de bahareque y muebles abandonados, todo venido a menos.
Se deben sortear enormes grietas por las que escapa un gas pestilente que, junto a una especie de zumbido de tierra y agua, el crujir del concreto y la madera resquebrajándose, se volvieron cotidianos en el pueblo que se escurre por la ladera.
El martes, los gramaloteros llegaron a escarbar para recuperar algunas pertenencias que tuvieron que dejar tiradas para salvarse de la furia de la naturaleza. Ahí quedaron años de trabajo, la herencia de los abuelos y las mejoras de las nuevas generaciones.
No les importó que las casas siguieran cayendo. La misma suerte están corriendo la iglesia San Rafael que ya perdió su nave. También queda poco de la Alcaldía, del convento de las Bethlemitas, del hospital Juan Vicente de Paúl y de la estación de Policía.
Más que enseres de valor, buscaron aquellos objetos que les permitirán mantener viva la memoria, los álbumes fotográficos, reliquias religiosas, pinturas, instrumentos musicales, libros y otros recuerdos de familia que guardarán como verdaderos tesoros, cuando Gramalote ya no sea sino un nombre y el Cerro de la Cruz haya terminado su tarea.
Al marcharse, embargados por la desesperanza
Antes de subir a los camiones y vehículos que aguardaban al pie del puente sobre la quebrada la Caldedera, agradecieron a Dios por estar vivos y no faltaron las lágrimas, los abrazos, y la promesa de volver a su tierra para ser la familia que han sido hasta ahora.
El profesor Ramón Jesús Botello Ibarra, el mejor atleta del municipio, se llevó las imágenes en una videocámara, buscando los mejores ángulos para la posteridad, parado en un cerro frente al pueblo.
“Nos conocíamos todos y puedo decir quién vivía en cada casa, en cada barrio en La Lomita, Nueva Granada, Santa Rosa, Santa Anita, La Primavera, Santa Clara, Jordán, Real Centro, Casa Verde, unidos particularmente en la época de Navidad donde participábamos de las tradiciones decembrinas como la Misa de Gallo, los aguinaldos, comparsas, disfraces y veladas culturales, acompañados con buena música y aguardiente, ese que destilan los campesinos en las veredas cercanas”, recordó el profesor.
Teófilo Castellanos, de 65 años, natural de Pamplona e hijo adoptivo de Gramalote desde hace 35, recordó los días en que bajaba a vender los productos del campo desde la vereda San Isidro, así como lo hacían otras agricultores desde El Zumbador, Villa Nueva, El Triunfo, Ricaurte, Violetas, Boyacá, Santa Bárbara, muchos de los cuales viven hoy en refugios.
Pidió que mantengan a los labriegos en el campo para que no alimenten los cinturones de miseria en la ciudad, y que les permitan cambiar las cosechas por víveres y alimentos para los animales, en una especie de trueque que los haría sentir más útiles.
La orden de evacuar se mantiene y la presencia de la Policía y el Ejército busca que eso se cumpla, ante el riesgo de llegar al casco urbano que está destruido en más del 70 por ciento. También se quieren evitar las acciones de pillaje, porque no faltan los que quieren llevarse lo que quedó sepultado.
El comandante de la Región Cinco de Policía, general Jorge Gutiérrez, que es natural de Gramalote, ordenó que se impida la entrada de personas al pueblo, pidió a quienes están en las veredas mantenerse en ellas y organizarse alrededor de los refugios para facilitar la entrega de ayudas.