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Cuánto aporto a la barbarie

08 de agosto de 2010
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La mitad de las personas se queja de lo que la otra mitad hace contra ella. Que me quitan la fila, que me tiran el carro, que no me dejan dormir con su bulla, que me miran feo, que me gritan. Lo más grave es que la mitad que hace eso, se queja de lo mismo. Es decir: nadie respeta a nadie, pero exige respeto a todo el mundo.

Parte de la barbarie, en la que parece que vivimos, comienza del mal entendimiento de deberes y derechos. Se volvió moda hablar de "mis derechos"; pero, a pocos les interesa tener claro que "mis derechos" serán probables el día que cumpla con mis deberes. Yo tengo derecho a exigir que me respeten, el día que sin excepciones de raza, color, belleza o saldo bancario, respete a todos y cada uno de los otros.

Hay que oír a los menores de edad ejerciendo de pequeños tiranos con el asunto de sus derechos. Esta pobre humanidad, a la que tanto le cuesta encontrar el justo medio de las cosas, pasó de considerar a los niños y niñas objetos de uso y abuso (algunos todavía los ven así -qué horror-), a dejarse manipular por unos jovencitos a los que casi nadie sabe cómo formar, porque ante cualquier límite ya están reclamando sus derechos.

Pero si los adultos no tienen claro sus deberes, ¿quién los enseñará a los menores? Cuando se es consciente (resultado de la madurez humana) de que solo respetando a los otros (es un deber) se puede exigir el respeto propio (es un derecho) entonces lograremos construir la sociedad civilizada que tanto anhelamos.

Ese asuntico de que yo tengo derecho a la vía, a mi rumba, a llegar primero, a que me traten bien, comienza el día que me doy cuenta de mi deber de cumplir las normas de tránsito, de no hacer de mi casa una discoteca, de respetar la fila, de tratar bien al otro. Todo ello conduce a que, con pequeñas cosas, todos aportemos al objetivo común de construir las mejores condiciones para una sociedad civilizada, que cada día esté más alejada de la barbarie.

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