"Encuentra el esposo de tus sueños". "Colombia exporta esposas al mundo". "Encuentre pareja estable con seriedad y garantía". Las frases son copiadas textualmente de tres enlaces escogidos al azar entre 5.800.000 que arrojó la búsqueda en Google de "agencias matrimoniales".
Me picó el bicho de la curiosidad por la muerte de la colombiana Lina María Ospina a manos de su esposo, el pasado dos de enero en La Florida, Estados Unidos.
Tenía apenas 29 años y siete meses de casada, luego de un noviazgo de noventa días por internet. ¡Qué arriesgada!
Me dirán retrógrada, pero a estas alturas de la modernidad, con el mundo a un clic, yo sigo pensando que "marcar tarjeta" en una relación sentimental es determinante. No me trago el cuento, aunque intenten desmenuzarlo, del amor a punta de pantalla, ratón y wifi entre dos desconocidos virtuales que a lo sumo se ven en una imagen a veces pixelada y cuya realidad puede resultar distorsionada.
¿Cuánto se puede mostrar, ocultar o fingir frente a una cámara? Se me hace imposible ser la vecina de almohada de alguien a quien no puedo oler, de quien desconozco sus reacciones frente a situaciones determinadas; sus hábitos de higiene; su relación con los demás; su capacidad de aguante; su relación con el dinero, entre otras consideraciones. Resumiendo: me siento incapaz de elegir un marido por catálogo.
No desconozco los casos exitosos de princesas que encontraron su príncipe a través de la red y ahora viven un cuento de hadas, pero también sé de comienzos felices con finales desdichados donde los protagonistas terminaron convertidos en brujas y sapos, si no muertos, por lo menos destripados.
Tragedias como la de Lina, que empezó como la posibilidad de alcanzar el sueño americano y de paso mejorar la situación económica, no representan mucho en las estadísticas, pero un caso o diez se me hacen multitud.
Claro que no es prerrequisito casarse con un desconocido para ser víctima de él. En la vida "real" es alarmante, aunque no nuevo, el incremento de las mujeres asesinadas a manos de sus esposos, amantes, novios o amigos. Hasta en las cifras de muertes violentas nos hemos nivelado con los hombres.
¿A qué horas llegaron el odio, la violencia y el rencor a usurpar el amor, la ternura y el respeto? ¿Por qué la muerte se volvió solución para los conflictos de pareja? La separación no dejará de ser un acto en extremo doloroso, pero ante la imposibilidad de vivir juntos siempre habrá una puerta abierta para que uno de los dos salga corriendo.
Hace poco, frente al caso de una mujer que mató al esposo, de la boca de una señora supuestamente muy recatada salió la sugerencia de quitar el busto de Simón Bolívar de la plaza del pueblo y poner el de la asesina en su lugar. No solo se me paró el pelo sino que sentí muy de cerca la inversión de valores, y más lejos que nunca mi capacidad de comprensión para entenderla y justificarla.
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