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Medellín le dice adiós a Darío Gómez: un despecho colectivo

Los seguidores del cantante paisa se reunieron para despedirlo con música y licor.

  • Medellín despide a Darío Gómez. El cantante era oriundo de San Jerónimo, pero se radicó en la ciudad cuando rondaba apenas los 16 años de edad. FOTOS CAMILO SUÁREZ.
    Medellín despide a Darío Gómez. El cantante era oriundo de San Jerónimo, pero se radicó en la ciudad cuando rondaba apenas los 16 años de edad. FOTOS CAMILO SUÁREZ.
28 de julio de 2022
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Las canciones de Darío Gómez nunca habían sonado tan tristes: “Aquellos que me querían / Mirarán con desconsuelo / Mi palidez cristalina / Y mi cuerpo frío y yerto / Yo encabezaré la fila / Camino pa’l cementerio”. Adiós a la vida se escuchó cuatro veces en menos de una hora en las afueras del edificio de Medicina Legal en Medellín. Los seguidores del cantante llegaron al lugar desde la madrugada de ayer 27 de julio, para salir encaravanados junto con el cuerpo hacia el Coliseo de Voleibol Yesid Santos, en la Unidad Deportiva Atanasio Girardot.

Los balcones de esa calle —la 84 con la 65— se convirtieron en palcos privilegiados. Desde una cómoda distancia una treintena de vecinos observó el triste jolgorio que se armó en las aceras: hombres y mujeres con los rostros rojos de llanto gritando las canciones que los acompañaron tantas veces en el desamor y el duelo.

Las cajas de aguardiente y las botellas de cerveza levantadas por los asistentes fueron la confirmación de una máxima descubierta hace mucho por el cantante: el dolor de la muerte —equiparable al dolor del despecho— es más soportable entre amigos y unas copas de licor.

“Hoy estoy triste y no quiero beber solo / Yo necesito a quién contarle mi dolor”.

Un amigo que se va

Con su música acompañó a soñadores y desilusionados, tan de cerca que, pese a no haber intimado jamás con él, ayer, previo al velorio, fueron capaces de llamarlo “amigo”.

Juan Antonio Ocampo le cantó en el sitio —con un micrófono conectado a un pequeño bafle—: “Tú eres mi hermano del alma realmente el amigo”, la canción de Roberto Carlos. “Con Darío Gómez viví muchos eventos, fiestas, me enamoré, le canté al amor, me despeché”, dice mientras rememora cómo con Así se le canta al despecho pasó el dolor y el llanto que le dejó su primera novia cuando se casó con otro hombre. “Anoche lo lloré fue a él. Ay, Darío, amigo mío, ¡hasta pronto!”.

Los vendedores ambulantes sí que lo conocieron de cerca. Uno de ellos (ver foto) narra cómo los escuchaba cuando se le acercaban a decirle “ey, maestro, tíreme una chuñita que estoy pegado con estos algodones”. Darío repetía en la tarima: “Muchachos, colabórenme con estos algodones, ¡cómo están de buenos!”, relata, “nos ayudaba a vender, nos compraba, nos daba la liga”.

El 6 de agosto estaba agendado para cantar en La Macarena, en el concierto de apertura de la Feria de las Flores, junto a otras grandes figuras de la música popular como Jessi Uribe, Pipe Bueno y Jhonny Rivera. “Nosotros estábamos preparados pa’ rebuscárnosla por allá, pero Dios se lo llevó primero”.

Los planes de Maryori Mosquera que, como pocos, llora las canciones del Rey en sobriedad —“solo una vez me tomé una copita escuchándolo”— también se vieron interrumpidos. Esperaba verlo el próximo fin de semana porque asistir a sus espectáculos era un compromiso ineludible: “Yo iba a todos los conciertos, gratis o pagos. Me ganaba las boletas en Olímpica, en Tropicana, como fuera yo llegaba”.

El mismo Darío la apodó “La Loca”, por espontánea: “Era muy cercano a la gente. No era sismático. A todo el mundo le daba la mano. En un concierto lo abracé. Ahí fue donde me vio y me puso el apodo (...) Ya la Feria le tocará, pero en el cielo”.

La vida: el amor y la muerte

No hay nada que le dé más sentido a la existencia que saberse finito. Darío lo tenía claro: hay que apropiarse de la muerte y vivir. Por eso cantaba: “Qué importa lo que he sufrido, les confieso que he vivido / Di todo y recibí, aunque pocas alegrías / Desengaños de la vida, pero también fui feliz”.

Asumió y reflexionó su partida de manera pública —en sus canciones— y en la intimidad. A su familia le dejó unas instrucciones claras para cuando falleciera, entre ellas, que fuera velado en cámara ardiente durante al menos dos días —tal y como fue planeado: estará hasta las 11:00 a.m. del sábado 30 de julio en el Coliseo de Voleibol— y una lista de canciones para acompañar el ritual.

Lejos de la Clínica las Américas —el primer sitio al que llegaron sus seguidores para acompañarlo—, lejos del anfiteatro de Medicina Legal y de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, la ciudad siguió siendo la misma. Y aunque sus canciones estén de fondo y sigan acompañando a muchos llegará, como siempre lo supo, la resignación y el olvido de su muerte: “Empieza a correr el tiempo / Y yo a entrar en el olvido / Quizá una flor y un rezo / De un familiar o un amigo / Yo sé que un día mi recuerdo / No traerá calor ni frío”.

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