No hablan de muros ni de leyes. Las niñas detenidas en el centro migratorio de Dilley escriben sobre cosas mucho más pequeñas y, por eso mismo, más graves: el miedo a ser olvidadas, la escuela que quedó en pausa, el cuerpo que se enferma sin entender por qué. Sus cartas no buscan explicar la migración; buscan sobrevivir al encierro.
En el sur de Texas, el Centro de Procesamiento Migratorio de Dilley mantiene recluidas a cientos de familias, muchas de ellas con menores de edad. De hecho, es el único centro del país que detiene a familias completas.
Desde el inicio de la administración Trump, el número de niños bajo custodia de ICE se disparó de forma drástica. La mayoría de ellos ya tenían una vida hecha en Estados Unidos cuando fueron detenidos.
Las cartas de los niños y niñas que permanecen tras aquellas puertas, publicadas por el medio ProPublica, rompen el silencio de un lugar al que casi nadie puede mirar por dentro. En ellas, los menores narran el tiempo como algo espeso, repetitivo, agotador. No escriben desde la rabia, sino desde el desgaste.
En las esquinas de las hojas, corazones, arcoíris y dibujos familiares decoran la tristeza.
Una de las colombianas detenidas es Gaby M.M., de 14 años. Estuvo 20 días en Dilley. En su testimonio relata cómo el encierro interrumpió su educación y su bienestar emocional. “Desde que llegué aquí empecé a sentirme triste... no me he sentido feliz”, escribió.
En su carta, Gaby también describe un ambiente de aburrimiento constante, comida repetida y un trato que, según ella, deshumaniza a quienes piden ayuda.
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”Los oficiales tienen malos modales al hablar con los residentes cuando preguntan cualquier cosa; los trabajadores tratan a los residentes de manera inhumana, verbalmente, y no quiero imaginar cómo actuarían si no estuvieran supervisados. Realmente quiero irme a casa”, dijo, y agregó: “Me aburro mucho y no sé qué hacer. He hecho amigos aquí y ellos me han contado que han estado aquí durante 7 meses, y eso me sorprendió mucho porque no puedo imaginar lo malo, triste y estresante que es estar aquí”.
Las palabras más desgarradoras son las que cierran la carta: “esto es como un infierno”, acompañada de una sola petición: Gaby se quiere ir de allí. “Estoy deprimida”, aseguró.
Aún más estremecedor es el caso de María Antonia Guerra Montoya, una niña colombiana de 9 años que pasó 113 días bajo custodia migratoria. Su carta revela cómo un viaje turístico terminó en un encierro prolongado. “Un oficial me interrogó dos horas sin mi mamá”, escribió.
El plan de Guerra era visitar Disneyland. Viajó con visado de turista: tenía todos sus papeles en orden. Al ingresar al país, fue tomada como “carnada” para atraer a su madre, una colombiana residente de Nueva York que aún está en proceso de regularización luego de casarse con un estadounidense.
En su carta, Guerra relata desmayos, insomnio y la sensación persistente de culpa, como si haber viajado fuera su responsabilidad.
”Soy María Antonia Guerra Montoya y he estado 113 días detenida. Extraño a mis amigos y siento que me van a olvidar. Aquí me aburro (...) Estoy triste y me he desmayado 2 veces aquí adentro. Cuando llegué, todas las noches lloraba y ahora no duermo bien. Sentí que estar aquí era mi culpa y yo solo quería estar de vacaciones como una familia normal”, dijo.
Y añadió: “No me dan mi dieta; soy vegetariana. No como bien, no hay buena educación y extraño a mi mejor amiga Julieta, a mi abuela y a mi escuela. Ya quiero llegar a mi casa. Yo en Dilley no soy feliz. Por favor, sáquenme de aquí y envíenme a Colombia”.
Aunque el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) sostiene que los menores reciben atención médica, alimentación adecuada y acceso a educación, las cartas describen otra realidad: días sin clases, atención médica limitada y habitaciones compartidas por varias familias.
Incluso, en otros testimonios aparece la misma respuesta médica ante cualquier malestar: “toma más agua”.
El acceso público a Dilley es mínimo. Por eso estas cartas, entregadas a la periodista Mica Rosenberg tras la liberación de una detenida, funcionan como documentos excepcionales. No son denuncias formales ni informes técnicos: son fragmentos de infancia escritos desde el encierro.
Las niñas colombianas no piden asilo en sus cartas. Piden algo más básico: salir, volver a estudiar, dormir sin miedo. Piden, en otras palabras, que su niñez no siga detenida.
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