El adagio popular de que “la letra con sangre entra” está saliendo muy cara para los residentes médicos en Colombia. No solo en su salud mental, sino también —en casos extremos— en su integridad, reputación y vida.
El caso de la doctora Catalina Gutiérrez Zuluaga, quien se quitó la vida el pasado 19 de julio tras vivir presuntos casos de maltrato en su residencia de cirugía en la Universidad Javeriana, puso al descubierto una realidad en las facultades de ciencias de la salud: que ese adagio de la letra ensangrentada está naturalizado.
Y no solo es el caso de Gutiérrez —quien dejó una nota de despedida con el mensaje “¡Ustedes sí pueden! Ánimo”— la que evidencia esta situación, sino los testimonios de muchos profesionales de la salud que viven al límite.
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EL COLOMBIANO conoció cuatro historias de residentes médicos (una de ellas en el extranjero) que contaron sus experiencias sobre lo que les tocó vivir en su camino académico para ser especialistas o subespecialistas (leer recuadro “para saber más”).
Un caso que estudia la Fiscalía
A Sara Castro* le costó citas al psicólogo y al psiquiatra, lágrimas y su tranquilidad tener en su poder el diploma que la acredita como especialista en dermatología y subespecialista en dermopatología.
Mientras cuenta su paso como residente médica entre 2022 y 2024 en la Universidad CES, un par de lágrimas salen de sus ojos y con sus dedos parte en pedacitos la envoltura de plástico de un pitillo. No es fácil para ella contarlo.
Asegura que es la primera vez que habla de su caso públicamente, pues le ganaba el miedo y el temor a represalias. Pero todo eso lo venció después de graduarse como subespecialista en dermopatología en la mencionada universidad, en junio de este año.
Su profesor fue Harvey Andrés Flórez Posada, a quien señala por maltrato y acoso laboral. No solo contra ella, sino con otros compañeros de estudio en aquellos años.
“La dinámica en las especializaciones y subespecializaciones es hacer revisión de las placas y redactar los casos según lo que uno considere para hacer el diagnóstico y luego presentárselo al docente, que en este caso era él en las horas de la mañana. Entonces, él hacía la revisión, las correcciones y exposiciones”, contó.
Sin embargo, según dice, era común en el doctor Flórez ponerse agresivo, usar palabras hostiles o vulgares y hasta referirse a sus estudiantes en términos desobligantes.
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Por eso, recordó que “me decía que le daba vergüenza que yo fuera a salir graduada con él como mi profesor, que iba a quedar muy mal parado porque yo no servía para nada. Si me tenía que hacer alguna corrección de alguna cosa, me decía que me iba a quitar el hijueputa título, también me decía que si me graduaba iba a ser gracias a él y después empezó a tratarme mal delante de los demás”.
Documentos médicos de Sara, que conoció este diario, muestran que en el primer semestre de 2023 fue diagnosticada con trastornos de adaptación, reacción al estrés agudo y con trastorno mixto de ansiedad y depresión.
Todo esto, dijo Sara, fue producto de los tratos que recibía del doctor Flórez. “Yo no dormía, empecé con una ansiedad terrible, comía demasiado, no me concentraba, me empecé a comer las uñas y a arrancármelas”, aseguró.
Este diario tiene en su poder unos audios que la hoy médica dermopatóloga grabó de las clases que tuvo con Flórez y que reflejan los términos en los que hablaba, al menos en esas ocasiones.
En uno de estos, Flórez sostiene una discusión con Sara en la que termina pidiéndole su carta de renuncia a la subespecialidad y que él no obligaba a nadie a “estar acá”.
En la primera parte se les oye hablar sobre el trato del profesor y doctor.
—Lo siento, pero así yo trato a todo el mundo.
—¿Y a usted le parece bien?
—Sí.
—Tratar así a la gente...
—Sí.
—Humillar a la gente delante de otras personas y de otros residentes.
—Sí. A todos los trato por igual.
Posteriormente, Sara le transmite que ha sido testigo de malos tratos con otras personas y Flórez lo reconoce.
—Yo he visto usted cómo les grita.
—Sí...
—Usted cómo los trata.
—Sí... ¡yo soy así!
—Y no soy solo yo, o sea, conmigo ha sido peor.
—¿Yo te obligué a hacer el fellow conmigo? Tú sabías cómo soy yo y soy el jefe del programa. Y si no te gusta, ¡entonces retírate! ¡Y no me jodas más la vida a mí!, porque yo a ninguno lo obligo a estar acá.
Luego, el tono de voz del profesor sube y la inquiere para que ponga una queja ante la universidad.
—¡Ponga la queja en el CES si no le gusta como la trato!
—No es...
—¡Ponga la queja en el CES si no le gusta como la trato!
—No es un trato adecuado.
—¡Me importa un culo! ¡Yo los trato así y ya!
Finalmente, Flórez le advierte a Sara que ella sabía cómo era él.
—Usted sabía cómo yo era.
—Sí, claro, yo vi cómo trató a las otras personas.
—¡Y soy así! Y si tengo que gritar grito. ¡Y me importa un culo! ¡Y al que no le gusta se retira, porque el jefe soy yo!
Puede escuchar los audios aquí:
Por estos hechos, Sara denunció penalmente al doctor Andrés Flórez ante la Fiscalía General de la Nación por los delitos de injuria, actos de discriminación y hostigamiento. El caso aparece activo en el sistema de consulta del ente acusador y en noviembre pasado Sara acudió ante un fiscal a ampliar la denuncia.
Pedro* coincidió con Sara en el CES mientras hacia su especialidad en dermatología, en donde también vio clases con Flórez Posada.
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Tanto él como Sara habían estudiado previamente en la Universidad de Cartagena. Según le contó Pedro a este periódico, el factor regional también era fuente de comentarios del docente.
“Me hizo sentir mal en varias ocasiones porque me decía que yo era bruto, que era muy joven y que me podía cambiar de especialidad; también que el nivel de los residentes de mi universidad era malo y que la gente de la costa era demasiado floja”, relató.
Pedro, por otro lado, expone lo que para él es una realidad: “El insultar o denigrar es algo muy frecuente en las residencias y no es una cosa que solo pasa en Medellín o en Bogotá, sino que es un problema nacional. Lo digo porque lo vi en la residencia. Y cuando hay un residente que le disgusta eso, se encargan de hacerlo quedar como el loquito”.
El CES, entre tanto, le respondió a este diario que Flórez “no hace parte de la planta institucional” y que “en su historia laboral no se reporta ningún tipo de queja por acoso, o maltrato estudiantil”.
Abusos una década atrás
Una médica antioqueña, especialista en Cirugía General, le confesó a EL COLOMBIANO los abusos que vivió por su paso en instituciones de Antioquia, para poder graduarse de especialista, entre 2013-2016. Una historia que da cuenta de que esta problemática existe, de manera silenciosa, desde mucho tiempo atrás.
La médica prefirió mantener el anonimato, en un relato en el que se refiere a un docente que en ese entonces le imposibilitó un aprendizaje tranquilo a ella y sus compañeras por comentarios sexistas y misóginos y que aún continúa laborando en el lugar en el que ella estudió.
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“Mi experiencia durante los cuatro años de residencia en la especialización de Cirugía General fue difícil, con malos tratos, comentarios sexistas ‘para medir el aceite y forjar el carácter porque las mujeres no estábamos hechas para cirugía general’”, comienza el relato de la médica.
“En R1 (primer año de residencia) operábamos en trauma toda la noche porque los turnos eran de 18 horas. Una vez nos teníamos que cambiar de ropa para entrar a una cirugía y yo no quería cambiarme delante de un docente porque decía comentarios morbosos. Esperé a que se fuera, pero me dijo: ‘cámbiese pues, choncha’, porque a todas nos decía ‘chonchas’. Me gritó como un loco, que el herido estaba esperando”, agregó.
“Un día durante una cirugía laparoscópica con cámaras y pinzas largas dentro del abdomen del paciente, pasó sus manos por mis senos para tocarme. Yo sostenía la cámara y de la incomodidad la solté, la cámara se cayó y se puso furioso. También nos decía: ‘ustedes estaban muy buenas y ahora todas bien gordas’”, continuó la médica.
Ese mismo docente se empecinó en nombrarla “Natalia”, pero su nombre no es ese. A esto la médica no le respondía. Insistió varias veces hasta que explotó de un grito.
“Yo le dije que no me llamaba así” y respondió que para él “todas las mujeres se llaman Natalia por Natalia París, pero no por bonitas, sino por brutas”.
Por aquel tiempo no se hablaba mucho de salud mental. La red de apoyo de esta médica fue su círculo familiar y sus amigas de residencia, quienes también vivían situaciones similares a las de ella. “Nos propusimos que con nosotras no iban a poder”.
Actualmente, a pesar de las vicisitudes que tuvo que atravesar, ejerce su profesión como cirujana general en varias instituciones médicas de la ciudad y lamenta lo que ocurrió con su colega Catalina Gutiérrez, quien, a diferencia de ella, tuvo otro final.
Sobre la educación médica en el país, el docente Luis Aristizábal, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad EIA y del Hospital Pablo Tobón Uribe, comentó que “Colombia debe aprender que somos un país diverso, multiétnico y cultural y que las nuevas generaciones de profesionales de la medicina no piensan ni actúan como alguien que obtuvo su título hace 35 años”.
Y añadió que “no en todas partes se da ni por todos los docentes, así que diría que es una minoría la que no trata con empatía. El maltrato puede ser físico, psicológico, sexual y discriminatorio. Lo que hay que tener presente es que todos no nacemos para ser docentes por el simple hecho de habernos graduado de médicos o trabajar en alguna institución. Como para la medicina, la docencia requiere vocación y Colombia sigue siendo un país machista, pero vamos mejorando”.
Residentes en el extranjero
Médicos colombianos migran hacia otros países para hacer su residencia médica. Es la historia de Sandra Saade, una mujer de 31 años, egresada de Medicina de la Universidad del Rosario de Bogotá en 2017, neuróloga de la Universidad de Harvard, y quien actualmente hace su fellowship en Medicina del Sueño con la Universidad de Boston. Su esposo es también residente en el Hospital General de Massachusetts en el programa de Neurología Pediátrica y juntos tienen a su bebé Santiago, de seis meses.
La colombiana describe su experiencia en Estados Unidos como residente de manera positiva, aunque vivió momentos difíciles durante el proceso de ingreso al programa de residencia al ser una médica extranjera y latina, y luego, haber vivido el primer año de pandemia como residente.
“En mi residencia en EE.UU. he tenido turnos de 28 horas cada cuarta noche, intercalado con turnos diurnos de 12 horas, con solo uno o dos días libres al mes. Tengo compañeros en programas quirúrgicos que han hecho turnos de 36 horas. En exigencias de horarios y volumen de trabajo es similar a Colombia”, dice la médica Saade.
Lo diferente con Colombia es que en aquel país la cultura laboral no permite la “ridiculización o humillación de subalternos”, al menos no de forma obvia y clara, dice la médica. “También existe un vocabulario claro para señalar estos problemas que son micro-agresiones, sesgos, discriminación. Se da nombre a estas realidades que viven muchos residentes”.
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Sobre el trato misógino y sexista en las residencias, la médica considera que en Colombia estos comportamientos son frecuentes mientras que en Estados Unidos no se toleran en lo absoluto. “Después de siete años en este país miro atrás y recordamos tantas instancias con mis otras colegas colombianas, que hoy en día con los lentes de acá, consideraría acoso sexual , pero en su momento como estudiantes jóvenes inmersas en la cultura del momento, nos incomodamos, tratábamos de establecer límites, pero no era un tema que se podía hablar de forma directa y contundente con tus superiores sin retaliaciones”.
¿Qué responde el doctor Andrés Flórez?
EL COLOMBIANO se comunicó con el docente, quien aseguró que actualmente no es docente y que no estaba interesado “en el tema nacional del maltrato al residente”.
Tras preguntarle si había maltratado verbalmente a algún residente cuando fue docente de la Universidad CES aseguró que “hasta donde sé no tuve ese tipo de inconvenientes” y que “hasta el último grupo de estudiantes que gradué están trabajando conmigo”.
Así mismo, tras cuestionarle sobre si la voz del audio transcrito en este informe era la suya, contestó: “podría ser, pero que te lo asegure no”.
Sin embargo, en un documento que la Universidad CES envió al Ministerio de Educación sobre una queja que interpuso Sara, se menciona esa conversación y sobre esta señala: “expresa (Flórez) que en un momento se había salido de casillas y le había dicho palabras soeces, acepta su error y declara su intención de renunciar”.
Así mismo, expresó: “Yo fui estudiante de medicina hace muchos años y, créeme, me enseñaron de una manera fuerte, jajajaja, y hasta me hicieron llorar, jajaja, en su momento (sic)”.
¿Qué son las residencias médicas y para qué sirven?
Se le conoce como residentes médicos a las personas graduadas de la carrera de medicina que están cursando una especialización, la cual puede tener una duración de entre tres seis años, según la especialidad (anestesia, cirugía, dermatología, salud pública, etc.).
En ese sentido, los residentes son médicos estudiantes de un posgrado que están habilitados para ejercer la profesión mientras cursan los programas académicos en los que se hacen prácticas formativas de tiempo completo.
En el argot de los profesionales de salud se les llama como “R1”, “R2” o “R3”, de acuerdo con el año de la especialidad que esté realizando.
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