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Tendencias | PUBLICADO EL 13 noviembre 2022

El crimen no paga tanto como el código

Detrás de los cambios tecnológicos hay un lenguaje maestro que se conoce como “código”. En la comuna 13 hay un grupo de muchachos que está aprendiendo de él para catapultar sus proyectos.

  • Grupo de estudiantes de Fronted con el profe Steven Zuluaga FOTOS Esneyder Gutiérrez
    Grupo de estudiantes de Fronted con el profe Steven Zuluaga FOTOS Esneyder Gutiérrez
  • Sesión de clase con Postman en el telecentro de la JAC.
    Sesión de clase con Postman en el telecentro de la JAC.
  • Grupo de estudiantes de Fronted con el profe Steven Zuluaga FOTOS Esneyder Gutiérrez
    Grupo de estudiantes de Fronted con el profe Steven Zuluaga FOTOS Esneyder Gutiérrez
  • Sesión de clase con Postman en el telecentro de la JAC.
    Sesión de clase con Postman en el telecentro de la JAC.
Por alfonso buitrago londoño

No hace mucho tiempo, John Jaime Sánchez Mosquera, conocido como el Capi y criado en la comuna 13, desde donde ayudó a fundar la agrupación Son Batá, escuchó decir a Freddy Vega, el colombiano fundador de Platzi (una plataforma de aprendizaje online)...

—El crimen no paga tanto como el código...

—¡Hágame el favor! —se dijo el Capi, un hombre fornido y de sonrisa amplia, a quien hemos visto abrirle concierto a los Red Hot Chilli Peppers, cantar con Juanes en la cancha de El Salado y abrazar a Marc Anthony en las estrechas calles del barrio Nuevos Conquistadores.

Hoy recuerda que la cabeza le hizo boom.

En ese momento intuyó que en esa simple frase tan provocadora podía estar la respuesta a un anhelo buscado largamente con sudor y sacrificio: ofrecerles a los jóvenes de su comuna un camino cierto para conseguir empleo y transformar a sus comunidades, más atractivo y con más futuro que el de los combos.

Durante más de una década, el hip hop afrocolombiano de Son Batá había ayudado a poner el nombre de la comuna 13 ante los ojos del mundo, y su escuela de música y arte les había dado alegría y esperanza a miles de jóvenes de barrios azotados por la pobreza y la violencia. Pero el Capi no les podía prometer a todos que con el arte iban a comer o a sacar a sus familias adelante.

Se fue para su barrio, enclavado en las laderas del sur de la comuna, donde queda la sede de la Corporación Son Batá, a preguntarles a los pelados, vecinos y conocidos si sabían qué era el “código”.

—¿Y eso con qué se come? —le decían.

Investigó, habló con empresarios y entendió que era la clave, el lenguaje maestro detrás de los acelerados cambios que la tecnología está provocando en todos los aspectos de la vida. Y descubrió con terror que también podía ser una amenaza, porque está automatizando muchos de los trabajos rutinarios y manuales en los que tradicionalmente han trabajado las comunidades vulnerables.

—¡Eso sería el acabose! —se dijo, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que no había que ser un genio ni extranjero ni estudiar en Harvard para dominarlo.

El código no está cifrado ni es inaccesible ni hay que pagar por él. Garantizando unas condiciones mínimas, cualquiera puede descifrarlo y usarlo en su beneficio. “¿Y si creamos una escuela para enseñarles código a los muchachos de la comuna?”, se preguntó.

Buscando un nuevo código

Hace cerca de veinte años, a principios del nuevo milenio, Medellín empezó a discutir seriamente sobre la necesidad de invertir en ciencia y tecnología, y con la iniciativa privada y de la academia fue creando instituciones que favorecieran un cambio de vocación económica, social y cultural, que la ayudaran a salir del estigma de la cocaína y la insertaran en el mercado global de generación de conocimiento.

Nacieron el Comité Universidad, Empresa, Estado (CUEE) y la Corporación Tecnnova (que reúne las 8 principales universidades de la ciudad), y en 2009 se creó Ruta N, como el gran articulador de ese ecosistema en crecimiento.

Elkin Echeverri, exdirector de Planeación y Prospectiva de Ruta N (entre 2015 y 2020), recuerda que en 2011 hizo parte como empresario de un grupo de más de 250 líderes diversos de la ciudad que participaron en la construcción colectiva de un Plan Estratégico de Ciencia, Tecnología e Innovación a 2021, que luego fue adoptado como política pública por el Concejo de Medellín (Acuerdo 024 de 2012).

En la introducción de dicho Plan, los autores se tomaron la libertad de hacer un texto como de ciencia ficción, que leído una década después sorprende por el tamaño de los sueños que tenían en ese momento: “Hoy, 31 de diciembre de 2021, las autoridades de Medellín están celebrando que la ciudad ha logrado cumplir con las metas del Plan (...)”, se lee en el documento. “Medellín es conocida como la Finlandia de América Latina”, se decían en clave de futuro.

Entre los logros imaginados hace una década estaban que un 70% de la capacidad productiva de la ciudad estaría hoy en áreas del conocimiento, tendríamos bajos niveles de desempleo, índices de educación superiores a los de algunos países industrializados y un ingreso per cápita de tres mil dólares al mes, uno de los más altos del país y de Latinoamérica.

“Pero lo que más nos enorgullece este año (2021) es que los problemas sociales de las comunas oriental y occidental ya son temas del pasado, pues los jóvenes de estos barrios se han convertido en emprendedores (...)”, soñaban en grande. Y soñar no cuesta nada, como dicen por ahí.

“Esa introducción ‘novelada’, dice Echeverri, no correspondía a las metas del Plan, entre otras cosas, porque ¡ese plan no tenía metas concretas! No teníamos el conocimiento ni la madurez para hacerlo en ese momento, pero significó un gran paso, por la valentía colectiva de aun así impulsar a la ciudad a hacerlo”.

La realidad, casi siempre una consecuencia imperfecta de algo imaginado previamente, es que Medellín marcó un rumbo y abrió la trocha de un nuevo imaginario colectivo. El ecosistema fue creciendo, se pusieron en marcha articulaciones y acuerdos comunes y las metas se fueron concretando.

Y lo que consiguió la ciudad en los primeros diez años de implementación de dicho plan no es de poca monta: Más del 2% del PIB local de inversión en actividades de ciencia, tecnología e innovación, la creación de fondos de capital de riesgos con billones de pesos para invertir que antes no existían, la atracción de centenares de empresas de base tecnológica que se asentaron en el valle, el impulso de la innovación en las empresas locales y una conciencia de la necesidad de formar un nuevo talento. A finales de 2019, Medellín era una de las ciudades de América Latina que más crecía su PIB y más generaba empleo nuevo.

El año pasado, cuando se cumplió la ventana de alcance del Plan, Medellín consiguió presentarse en sociedad con un nuevo y alargado nombre, aprobado por el Congreso: Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación. Por lo menos en la ley alcanzamos una nueva dignidad, aunque en el imaginario del grueso de la gente todavía hablar de “código” resulte tan inteligible como el chino.

Código C13

—El ID se genera automáticamente —dice el profesor y se levanta de su mesa para señalar una línea de código de programación de software que tiene proyectada en el tablero del salón de clase. Se llama Steven Zuluaga, tiene 26 años y estudia Ingeniería de Sistemas en el ITM, y el curso que está dictando es su primera experiencia en la enseñanza.

—Postman lo crea —dice un alumno que tiene una gorra negra puesta al revés, desde la última fila del salón.

—En el backend —le dice Steven.

Las palabras en inglés aidí (ID), baquén (backend), postman (una herramienta de programación), resuenan en el aula acondicionada con tres hileras de mesas y con una docena de computadores que brillan con líneas de código en sus pantallas.

El mobiliario hace parte del telecentro de la Junta de Acción Comunal de Nuevos Conquistadores, donde hasta hace poco solo se daban clases de alfabetización digital y ofimática para los habitantes del barrio, y los niños jugaban videojuegos o se enganchaban a YouTube.

Ahora también alberga la escuela Código C13, creada y liderada por la Corporación Son Batá, y que desde hace un año le apuesta a la formación de habilidades de desarrollo de software para los jóvenes del sector.

Los puestos de estudio están llenos de muchachos entre 16 y 30 años, todos hombres y en su mayoría afro, procedentes de distintos barrios de la comuna 13, que hablan duro, hacen bromas, se ríen y repiten con acento reggae los comandos que ven en la aplicación Postman y que Steven les va explicando en la pantalla. Frases del estilo:⟨⟨input type= “text” placeholder= ‘Ingrese título’ /⟩.⟩

—¿Cómo podríamos hacer para que la ficha se guarde automáticamente? —pregunta un alumno a un costado del salón.

—Busque en Yutú —le dice un compañero y todos sueltan la carcajada, mientras Steven continúa como si nada dando instrucciones y dictando comandos.

—Se puede programar −responde el profe.

—Usted mismo cree el método, usted es capaz, tiene las capacidades para hacerlo —dice otro compañero medio en charla, pero la verdad es que todos se lo creen. Entre ellos se sabotean, pero con convicción.

Al primer llamado de Código C13 para asistir a dos cursos de 20 horas semanales, durante 8 meses (uno de Frontend en las mañanas y uno de Backend en las tardes), se inscribieron 80 curiosos.

Después de una entrevista y un reto, fueron seleccionados 35; 30 de la comuna 13 y 5 de fuera de ella. Siete fueron mujeres.

Un año después, 30 de ellos siguen recibiendo clases en el telecentro de la JAC y 25 conseguirán graduarse el próximo 9 de diciembre.

Los pocos que desertaron lo hicieron porque tenían que trabajar o por conflictos personales que no les permitieron “codificar” su futuro en esta oportunidad.

Entre los estudiantes más destacados, está Jhonier Mosquera, de 19 años, quien sueña con estudiar Medicina, pero ya se encuentra trabajando como desarrollador. Santiago Padierna, de 20 años, es un líder comunitario que sueña con crear una aplicación que concentre la oferta institucional para jóvenes y permita la participación juvenil de forma virtual. John Asprilla, de 18 años, es gamer aficionado y ya piensa en cómo va a crear su propio videojuego.

Y mientras estos muchachos aprenden y se divierten “tirando código”, el Capi tiene claro el camino a seguir: “En las comunidades hay telecentros con computadores e Internet, yo cogería esos telecentros, que están en el corazón de los territorios, y ahí monto escuelas de software”

+ 2%
del PIB local se invierten en actividades de ciencia, tecnología e innovación.
25
Estudiantes se gradúan este diciembre de la escuela Código C13.

Si quiere más información:

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