Por faltarle una pata trasera, Samantha camina despacio. En ciertos momentos hay que ayudarle, sobre todo cuando debe subir a un andén. Es dócil, le gustan los cábanos. Tiene más de diez años y su chance de ser adoptada es pequeño. Menos del 10 % de las adopciones que se realizan en el Centro de Bienestar Animal La Perla involucra a los perros geriátricos, es decir, aquellos peludos que superan los diez años de vida.
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En La Perla hay alrededor de 2.600 perros y gatos, con predominio de población canina. Cerca de 1.500 animales están en condiciones de ser adoptados por una familia de forma inmediata. Sin embargo, la mayoría de las personas que visitan las instalaciones del Centro de Bienestar Animal, ubicadas en el corregimiento de Altavista, prefieren a los cachorros, ojalá de pelaje de comercial televisivo. En consecuencia, muchos otros perros pasarán años –a veces toda su vida– en la Perla.
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De acuerdo con Elizabeth Coral, subsecretaria de Protección y Bienestar Animal de Medellín, en La Perla hay 349 perros geriátricos, con estancias prolongadas dentro del albergue. Según la funcionaria, los perros mayores y los animales de color negro son los menos solicitados en los procesos de adopción. Las razones asocian a factores culturales y a creencias arraigadas que influyen en la decisión de las personas interesadas. En el caso de los felinos, persisten asociaciones simbólicas negativas, mientras que en los perros se mantiene la idea de que los animales mayores requieren más cuidados o presentan mayores dificultades de adaptación.
Uno de los factores que las campañas pedagógicas buscan aclarar es el relacionado con la atención médica posterior a la adopción. Coral explicó que los perros geriátricos cuentan con un esquema de acompañamiento especial que se mantiene incluso después de que salen de La Perla. Este apoyo incluye tratamientos y suministro de medicamentos asociados, por ejemplo, a afecciones articulares, siempre que exista necesidad clínica. En contraste, los animales no geriátricos reciben seguimiento veterinario durante el primer mes posterior a la adopción, periodo en el que se evalúa su adaptación al nuevo entorno.
No obstante, la funcionaria subrayó que la adopción implica una responsabilidad integral por parte de la familia o persona adoptante. Además del tiempo, se requiere capacidad para asumir los costos básicos de manutención del animal. El acompañamiento institucional no reemplaza la obligación del tutor, pero actúa como un respaldo en casos específicos, especialmente cuando se trata de perros de edad avanzada o con condiciones de salud que demandan atención continua.
El proceso de adopción en La Perla está a cargo de un equipo de profesionales, que realiza entrevistas y evaluaciones a las personas interesadas, sin exigir requisitos documentales estrictos, pero sí abordando las necesidades del animal y las condiciones del futuro hogar. La decisión final se toma tras un diálogo en el que se exponen los cuidados requeridos, los posibles tratamientos y las responsabilidades que asume el adoptante.
Coral señaló que el centro también ha registrado casos en los que profesionales del sector veterinario y ciudadanos con experiencia previa han optado por adoptar animales con muy bajas probabilidades de salida, incluso asumiendo procedimientos médicos que el animal requería antes de ser entregado. Estos casos, aunque no son mayoritarios, hacen parte de las experiencias que la administración busca replicar a través de campañas de sensibilización.
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Las personas interesadas en adoptar perros pueden interactuar con varios animales, sacarlos a caminar y observar su comportamiento antes de tomar una decisión. Esta etapa busca facilitar una elección informada y reducir el riesgo de reintegros. Según los registros del centro, el porcentaje de animales que regresan tras ser adoptados se mantiene entre el 1 y el 2 %.
Adoptar un perro geriátrico implica desafíos similares a los de cualquier adopción, relacionados con el proceso de adaptación y aprendizaje a nuevas rutinas. Los profesionales de La Perla le restan validez a la idea de que los perros viejos no aprenden, y aseguran que, aunque el aprendizaje puede ser más lento que en un cachorro, sí es posible. En aspectos de alimentación, conducta y cuidados básicos, las diferencias son mínimas. Señalan que muchos temores están ligados a creencias sobre la enfermedad o la muerte cercana, cuando en realidad el vínculo afectivo puede incluso mejorar la vitalidad y bienestar del animal.
En cuanto al espacio, la adopción de un perro adulto mayor ofrece ventajas prácticas frente a la de un perro joven. Los perros geriátricos requieren menos espacio, ya que su nivel de energía es menor y no necesitan áreas amplias para jugar o mantenerse activos. Su rutina suele centrarse en el descanso, la tranquilidad y actividades mínimas. Esto los convierte en una opción para personas que viven en espacios reducidos y que buscan una compañía calmada, sin las altas demandas físicas y de atención propias de un cachorro.