Hablar de vinos en algunos lugares de Colombia se volvió una pesadilla. Ahora en la tierra de la aguapanela hay más enólogos y sumilleres que en Francia. Eso nos pasa en muchas materias, nos creemos mejores pizzeros que los italianos, más hamburgueseros que los gringos y consideramos nuestros sushis a la altura de los japoneses. No, tal vez hasta mejores.
Regresando al tema del vino, recuerdo que una vez estuve en un pueblo lejano, de esos que abundan en Colombia, sitios donde para llegar se requieren horas de trayecto. La tarde estaba fresca y se nos ocurrió cenar algo fácil y divertido, alguien dijo: hagamos un asado. Fue así como salimos a la pequeña plaza y en dos carnicerías encontramos la carne que más se ajustaba a nuestra necesidad. Algunas papas para cocinar, mazorcas, vegetales y bebida. ¿Bebida? No suelo tomar gaseosa, me tenía que decidir por cerveza o pasar con agua. No señor, me dije, tiene que haber alguna botellita de vino por ahí perdida. Comencé el periplo de bar en bar y de cantina en cantina, como canta la canción. Nada. Los estantes estaban llenos de aguardiente y cerveza regional. Desanimado fui donde mis amigos que me esperaban en la vieja Ford 57, roja. Creo que es hora de irnos, dije. ¿La consiguió?, preguntó alguien. No, que va, respondí. ¿Fue al granero de Osman, ese de la esquina?, inquirió don Juvenal, el mayordomo y conductor, al tiempo que señalaba la tienda. Me encaminé donde Osman.
Era una tienda de pueblo, con estantes de madera, muy ordenado todo, como si se tomaran el tiempo de distribuir la mercancía por colores. Cajas amarillas abajo, verdes al centro, rojas arriba, los blancos a la derecha, los azules a la izquierda. Había una barra forrada en lámina y sobre ella un gato negro, de pecho blanco, con los ojos cerrados, encogido en sí mismo, con la cola surcándolo y la punta un poco levantada, juguetona.
Impactado con el orden, pregunté al dependiente si tenía vino. El hombre despachaba dos bolsas de leche. Me miró de soslayo, con la barbilla me señaló a lo más alto de la estantería, donde estaban en un rincón, muy ordenadas, en dos filas, doce envases de vino tinto Cabernet Sauvignon, GatoNegro, etiqueta blanca. Pagué dos botellas, mientras el gato de la barra, ya en la puerta, me miraba con sus ojitos dorados, como dos gotitas de sopa brillante. Pensé: este Gato está en todas partes. Estuvo rico el asado.
El más antiguo
Mencionar delante de muchos el nombre GatoNegro en vinos es sinónimo de malas miradas, de señalamientos, porque lo primero que aprende alguien que toma vino es a despreciar la franja económica del mercado. Es la marca más antigua de Viña San Pedro. Con once lustros, ofrece a sus consumidores 38 millones de litros de vino que se disfrutan por año. Cada dos segundos, se abren tres botellas de vino en uno de sus ochenta mercados.
El consumo del vino en Colombia creció en un 10 % en 2016, ocupando en la actualidad el segundo renglón en venta de bebidas alcohólicas, por encima de las categorías como el ron y el aguardiente. Una de las grandes novedades de la Feria Expovinos 2017, fue el lanzamiento del GatoNegro 9 Lives Reserva, que obtuvo Medalla de Oro en la Categoría VII de Expovinos: Vinos Chilenos Cabernet Sauvignon de Calidad. También ha recibido otras condecoraciones como la Medalla de Oro en el Concurso Mundial de Bruselas 2017 y la de plata en Wines of the Year de Finlandia 2017.
Este es un vino de color rojo rubí opaco, producto de un ensamble entre 95 % Cabernet Sauvignon y 5 % Syrah. Tiene 13.5 grados de alcohol. Posee aromas a frutillas y cerezas maduras, combinadas con sutiles toques de pimienta, té negro y vainilla. Es elaborado bajo la dirección de la enóloga Viviana Magnere. Su origen es del Valle Central. Es un vino equilibrado que posee un perfil de fruta madura más complejo, dado que tuvo mayor tiempo de contacto con madera.
Regístrate al newsletter