Se debe aclarar que se habla de la desaparición en un sentido amplio, ya no solo de la figura jurídica, en lo estricto de su tipificación como delito internacional y de lesa de humanidad. Pero hay que decir que es uno de los fenómenos más tremendos, porque no solo afecta a las víctimas directas sino a sus familias, por el estado de incertidumbre y por sus efectos dañinos comparables tal vez con los del secuestro.
Se debe tener cuidado, por este contexto, con las cifras. Una cosa es una desaparición forzada y otra que una persona no vuelva. Sin excluir que en Colombia haya casos por parte de agentes del Estado, el fenómeno no es el mismo de las desapariciones de opositores bajo dictaduras. Hay gente que no vuelve a aparecer porque es víctima de diferentes actores ilegales.
La delincuencia del conflicto, en especial los homicidios, ha decrecido. Se puede ser o no amigo del proceso de paz, pero las cifras muestran una reducción objetiva y entonces empiezan a emerger otros delitos y fenómenos que estaban ocultos o sin análisis.
Las cifras son graves, pero hay que apreciarlas con cuidado sin magnificarlas ni sobredimensionarlas. Es evidente que hay desapariciones, en el sentido amplio, por factores de marginalidad e ilegalidad: por explotación sexual y laboral, trata de personas, bandas delincuenciales y la misma violencia intrafamiliar.
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