El Panini es una gastadera de plata innecesaria y ese dinero estaría mejor invertido en la cuota inicial de un apartamento. Eso resume una parte de los comentarios del 65% de los seguidores de EL COLOMBIANO que no compraron el álbum. Desde una mirada puramente financiera pueden tener razón, comprar sobres y cambiar “monitas” es un gasto hormiga, pero de esas rojas y cabezonas que dejan ronchas. No hay un cálculo exacto de cuánto cuesta llenarlo. Hay quienes dicen que entre $800.000 y $1,2 millones, pero los vendedores de toda la vida reconocen que todo depende de la suerte y que sin esa bendición podrían irse hasta $2 millones.
Lo cierto es que para el 35% de los encuestados restante no importa el costo. Su razón de ser, su filosofía trasciende más allá de la lógica financiera. Detrás del ritual hay personas que quieren las fichas del último mundial que apreciará la magia de Messi, Cristiano y James. También está la creación de vínculos y recuerdos familiares: el deseo de simplemente compartir un momento con los hijos o continuar la tradición. Basta con darse una caminata por el famoso Pasaje La Bastilla, el corazón del Panini en Medellín, para encontrarse con la realidad de un mercado popular que revive cada cuatro años.
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Ese pasaje es bien curioso. A lo largo de su historia ha albergado desde las tertulias de los bohemios paisas hasta los miados de los habitantes de calle y la inseguridad. Ahora luce mejor tras una última remodelación en 2019. A las 10:30 de la mañana y a 28 días del Mundial se escucha el acostumbrado bullicio del ajetreo cotidiano y el tráfico de vehículos, pero hay algo diferente, los pregones de los vendedores: “el Panini, el Paniniiii”, es el mismo canto en diferentes voces, unas más roncas y desentonadas que otras, pero siempre arrastrando el canto en la última sílaba.
El cambio es notable. Si bien todavía se aprecian filas de los acostumbrados comerciantes de libros “piratas”, varios arrumbaron esos libros para darle protagonismo a cajas que pueden tener entre 5.000 y 10.000 “monitas” organizadas por países. Es casi un ritual: ruedan de mano en mano y frena uno que otro curioso en medio de las afanadas filas de peatones que circulan por la Avenida Ayacucho.
—¿Está buscando Panini? —pregunta una comerciante a un joven.
—Pues es que quería saber esta ficha de Lamine Yamal qué tan valiosa es...
—Esta es una extra dorada, pueden darle $400.000 o $500.000. No la arrugue.
El joven traga saliva y cuenta que la acabó de sacar en un sobre hace un minuto. Confiesa que no sabe qué hará con la plata porque lo primero es tratar de venderla, pero con seguridad lo logrará porque las figuras extras son una novedad que Panini lanzó en 2022. Una estrategia de mercadeo para motivar a los coleccionistas y a los futboleros a no solo llenar las 998 láminas del álbum de 112 páginas, sino, a su vez, completar una serie de 20 jugadores que no se pegan en el álbum. Esas fichas salen en cuatro categorías diferentes: la normal (color púrpura), la bronce, la plata y la de oro, cada una más difícil que la anterior. De Colombia solo sale en el selecto listado Luis Díaz.
Todos quieren tranzar con esas “monitas” por lo escasas en su distribución. Las normales salen en uno de cada cien sobres, pero las de oro solo se dejan ver en uno de cada 2.000, mejor dicho, la probabilidad es de 0,05%. En teoría, una persona sin suerte podría gastar hasta $10.000.000 en papeletas individuales para encontrar una solo sticker dorado.
Por esa razón es que está afición no es para todos. Lo que para unos es “una botadera de plata”, para otros más románticos vale la pena ‘apretarse el cinturón’ para vivir una y otra vez esa transición de la incertidumbre a la alegría absoluta: rasgar un sobre con los dedos y darse un cóctel de endorfinas y serotonina al encontrarse con la ficha que faltaba o la del jugador favorito.
Esa magia de destapar los sobres la tiene clara Luis Rivera. Esa mañana se encuentra en toda la esquina de la Ayacucho con carrera 49, a las afueras del Banco de Bogotá. Ya le faltan unas “poquitas” para llenar toda la colección. Tuvo la fortuna de que compró una caja hace dos semanas y le salieron varias fichas difíciles. “Salió Ronaldo y Luis Díaz repetido”. Realmente no lo hace por gusto personal, su razón para empezar a llenarlo hace 16 años fue crear un recuerdo y un vínculo con sus hijos, Juan Manuel y Samuel.
—La emoción de ver la sensación de mis hijos cada vez que sacan una lámina especial es indescriptible. Creo que eso llena el álbum y el alma. Seguramente los videos que les quedan llenando el álbum juntos, para el día de mañana que uno no esté, seguramente serán una herencia que vale igual o más de lo que valen las láminas. Yo le decía a un amigo que cuando fuera al mercado no comprara más leche porque tiene mucha lactosa, que compre mejor dos sobres Panini (risas), así termina uno echando menos mercado para comprar las láminas —comenta Luis.
El Pastrana del Bar Colón y la madre de las “monitas”
Esa rueda de la fortuna la conoce muy bien Carlos Mario Salazar, de 59 años, más conocido como Pastrana. Solo es coincidencia que empezó a vender el álbum para el Mundial de Francia 98 por las mismas fechas en que Andrés Pastrana ganó la presidencia de Colombia.
Hoy tiene su puesto afuera del conocido Bar Colón por el Pasaje La Bastilla. Su actividad normal es el comercio de libros de toda clase, desde los gurús que venden la supuesta fórmula para hacerse rico hasta poetisas de la talla de Piedad Bonnett y Alejandra Pizarnik. Todo cambia con la fiebre del Mundial, los libros quedan a un lado. “El Panini me da ganas de seguir trabajando como un berraco”, dice.
En el andén y contra la pared tiene uno de sus tesoros más preciados. Se trata de varios de los álbumes antiguos. Uno de los más recientes es Rusia 2018, completamente lleno, al igual que Brasil 2014 y Alemania 2006. Incluso tiene colecciones más históricas como Estados Unidos 94 y Francia 98, donde la Selección Colombia no superó la fase de grupos.
—Tenía el del 82, pero lo vendí en $800.000 ayer a un cliente mío que es coleccionista. El más viejo que tengo es el Argentina 78, vale 1 millón, pero le faltan 14 láminas. Aquí está la mejor Selección peruana que ha salido, estaba La Rosa, Cueto y Cubillas, eso era una locura.
De una bolsa bien guardada y en un lugar secreto del puesto saca todas las fichas extras que tiene. “Hay láminas que uno vende en 200 mil, 300, 500. Está Haland en plata, está Lucho Díaz en plata y Messi en oro, pero esa es difícil de salir”.
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Los días en el andén del Bar Colón pasan ‘volando’. Tanto como para que Pastrana lleve la contabilidad de cuántas fichas vende o intercambia cada día. Él cree que diariamente puede estar comercializando entre 900 y hasta 1.000 láminas entre las 7 de la mañana y las 5 de la tarde. Un balance de 1,58 láminas por minuto o unas 95 por hora.
A unos cuantos pasos de ahí está el puesto de Silvia Ortiz, de 51 años. Su negocio es un carrito amarillo que resalta por un notable letrero con su nombre y el logo de Panini. Lo adornan banderas de Alemania, México, Ecuador, Canadá y España, una decoración que le da el toque mundialista. Entre la mercancía resaltan las alcancías de la Copa del Mundo y muñecos coleccionables de la Selección Colombia y otras naciones.
Silvia permanece sentada mientras uno que otro cliente la aborda. Es de esas señoras que inspiran confianza a simple vista porque cuentan con una inexplicable aura de madre. Recuerda que cuando entró al negocio no sabía nada del deporte y tampoco de álbumes. La idea surgió por una propuesta de un amigo en 2010. “Venga, Silvia, vendamos Panini que eso da plata”, “venga, Silvia, hagámosle que eso se vende”, hasta que un día la convenció.
Dejó los libros para esa temporada y comenzó a comerciar el Panini. Esa fue quizá la mejor apuesta de Silvia, una que le salió muy bien, como el riesgo que tomó ese mismo año el uruguayo Luis Suárez en el partido de cuartos de final entre Uruguay y Ghana. El charrúa frenó el balón con sus manos antes de que atravesara la línea de gol en el minuto 120 de la reposición. Durante la acción evitó el gol ghanés, pero provocó su expulsión y una opción de penalti. El equipo africano falló el tiro y así Suárez dejó para la historia una eufórica celebración desde el banquillo al permitir que Uruguay avanzara a semifinales tras ganar en penales.
Silvia no clasificó a semifinales de un mundial, pero al arriesgarse encontró un negocio que le deja buenos réditos en poco tiempo. Según sus cuentas, en un día muy bueno suele vender entre 1.000 y 2.000 figuritas, que pueden significar ingresos de entre $2 millones y $3 millones. A punta de “monitas” levantó su casa, les brindó estudio a sus hijos y puso baldosas donde antes había piso desnudo. “Todo eso me lo dejó el Panini”, menciona mientras acomoda las figuras en un cajón con largas filas. Por eso no es extraño que el negocio se expandiera: Carolina, una de sus hijas, ahora vende Panini en La Ceja, Antioquia. Y a unas cuadras más arriba tiene otro puesto Susanita, su otra hija.
Ciencia de las “monitas”, de los hermanos Molina
La fiebre del Panini también se siente en el pasaje del Éxito Vecino en Envigado. Sin embargo, el ambiente es otro. El sitio carece de la intensidad del Centro, no hay gritos de vendedores y tampoco el caótico tránsito vehicular. El ambiente es mucho más organizado y tranquilo. De hecho, en ese pasaje no hay comercio informal. Es exagerado, pero a las 6 de la mañana lo único que se escucha son las palomas del Parque de Envigado, que está a dos cuadras. Están jodiendo tanto que la Alcaldía instaló dispositivos para ahuyentarlas y destruir sus nidos, ya retiraron más de 1.200 huevos. A las 9 de la mañana empiezan a llegar los comerciantes de los únicos seis puntos de venta autorizados en la zona. Uno pertenece a los hermanos Molina, pero no se trata de los vallenateros de la década de los 70 que se dieron a conocer con su álbum Ciencia vallenata. No, se trata de los paisas José y Marco Antonio.
Un Panini cambió la vida de esos hermanos Molina. En 2010 los aficionados se alistaban para ver el Mundial de Sudáfrica, mientras los coleccionistas que crecieron con las gambetas de Ronaldinho Gaúcho se decepcionaron porque finalmente no fue incluido en la convocatoria (pero sí figuró en el álbum), Marco Antonio, de 7 años, y José, de 11 años, se pelearon para pegar las láminas en el álbum. Tiraron del libro para lados opuestos hasta que terminó descuadernado, sin grapas y con las páginas maltrechas.
—Ese álbum yo creo que era el que menos valor económico tenía en el mundo porque quedó horrible, pero sentimentalmente es el más bonito porque fue con el que comenzó todo. Luego, mi mamá tuvo la genialidad de recortar las láminas que teníamos en ese álbum y pegarlas con colbón en uno nuevo para tener un álbum bonito, pero no era con el autoadhesivo, sino con pegamento —recuerda Marco Antonio, 16 años después del episodio.
El jóven jugó fútbol semiprofesional. Pasó por las inferiores de Envigado y Medellín. Incluso se presentó a Millonarios. Pero una apendicitis le cambió el rumbo cuando estaba a punto de seguir creciendo como futbolista. Entonces apareció otro camino: la academia. Entró a la Universidad Nacional, estudió Ingeniería Administrativa y hoy termina una especialización en Ingeniería Financiera. José, por su parte, se convirtió en mecánico de aviones y trabaja para Avianca en el aeropuerto José María Córdova. A pesar de que cada uno tiene su profesión, cada cuatro años, sin importar títulos universitarios, hangares o reuniones corporativas, los hermanos vuelven al mismo lugar: un puesto callejero repleto de sobres Panini en el pasaje del Éxito Vecino.
Esa férrea tradición comenzó en 2010. Marco decidió comprar una caja de sobres y venderlos uno por uno en el antiguo pasaje de Ley (hoy Éxito Vecino). “Yo cogía la caja y la vendía menudeada”, recuerda. Su mamá debía acompañarlo porque todavía era un niño. Caminaba de un lado a otro ofreciendo sobres mientras aprendía, sin saberlo, sus primeras lecciones de comercio.
En 2014, cuando Colombia clasificó al Mundial de Brasil tras 16 años de ausencia en la cita orbital, los hermanos consiguieron el permiso de espacio público en Envigado. Salían del colegio y se iban directamente a vender. “No teníamos mucho dinero. Comprábamos una paca y veníamos después de estudiar”, cuenta Marco.
El verdadero salto ocurrió en Qatar 2022. Para ese momento Marco ya entendía de finanzas, mercadeo y comportamiento del consumidor. Con dinero de una devolución universitaria y un préstamo de su abuela compraron mercancía. “Vendimos aproximadamente 300 cajas”, señala. Este año, en las dos primeras semanas de trabajo, los hermanos Molina vendieron más de mil cajas. Incluso, la mercancía se agotó. Hicieron pedidos desde noviembre del año pasado y se aliaron con otros comerciantes para importar grandes volúmenes.
Marco habla como un empresario, pero es notable su pasión por el Panini: explica cómo funciona la cadena logística de la empresa de álbumes, la producción en Brasil e Italia, las probabilidades matemáticas de encontrar un extra sticker y hasta la historia de la máquina Fifimatic, patentada por la marca italiana para distribuir las láminas aleatoriamente. Sin preguntarle, el joven se pone serio y expresa que no sale cada cuatro años a vender láminas porque considere que es un negocio. Entendió que era algo mucho más que eso.
—Tengo varios álbumes llenos, pero yo no compro álbumes viejos, ¿sabes? Solo tengo los míos llenos de mi historia, porque es mi colección. La colección para mí más importante es la que usted llena, porque el álbum Panini no ees plata, es una tradición.
Así como hay futboleros que jamás gastarían un peso en “monitas”, hay personas que no saben nada de fútbol pero invierten parte de su quincena en el Panini. Su explicación no es otra que experimentar instantes de felicidad que duran apenas unos segundos: el sonido del papel rompiéndose, la respiración contenida, la esperanza de encontrar a Messi dorado o a Cristiano. Ese instante exacto en el que un niño —o un adulto que todavía guarda algo de niño— o un padre de familia siente que el mundo cabe completo dentro de una “monita”.
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