Veintiseis niños de Medellín están haciendo ya su propia cuenta regresiva para el despegue del próximo cohete hacia la órbita lunar, pues esperan ser testigos de excepción de la misión Artemis, que busca el hito de llegar por segunda vez en la historia de la humanidad al satélite natural de la Tierra.
Por lo pronto, mientras que los astronautas hacen sus entrenamientos de rigor para mantenerse en buenas condiciones físicas y mentales, ellos y sus familias realizan ingentes esfuerzos con el fin de acabar de conseguir la plata para sufragar los costos que implica desplazarse de Colombia a Cabo Cañaveral, en La Florida, que es el sitio desde donde está prevista la salida de la nave espacial.
La fecha ya ha sufrido varios aplazamientos. Inicialmente estaba previsto que fuera en septiembre del año pasado, pero la tuvieron que postergar porque algunos detalles no estaban a punto y luego se barajaron otras posibilidades, para febrero o marzo de 2026, aunque de nuevo se presentaron problemas técnicos relacionados con fugas de helio en la nave.
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La semana del 16 al 20 de febrero los niños antioqueños y su profesora, Diana Lucía Restrepo, pensaron que por fin el plazo estaba próximo a cumplirse y se decía que podría ser el 6 de marzo, pero hubo un nuevo aplazamiento por el clima gélido que reinaba en el hemisferio norte.
La Nasa dijo que probablemente sería en otra fecha de marzo o abril y de eso están pegados los pequeños que aspiran a cumplir su sueño de ver en vivo y en directo un cohete gigantesco abandonando nuestro planeta para sumergirse en un destino que ha permanecido esquivo para los terrícolas desde aquel 20 de julio de 1969, cuando Neil Amstrong y Buzz Aldrin caminaron sobre la superficie lunar, después de una aventura que había comenzado cuatro días antes en el Centro Espacial Kennedy, en La Florida.
Por supuesto, ese momento que mantuvo expectante a todo el planeta no lo presenciaron ellos ni sus padres, pero han crecido suspirando por la epopeya.
La misión Artemis II será el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna en más de medio siglo. Luego vendría la Artemis III, en 2027 para probar los sistemas y capacidades operativas en la órbita baja terrestre y, finalmente, en 2028 aterrizaría en la superficie lunar con intención de sostener una presencia duradera.
Estos niños que irán a presenciar el próximo paso hacen parte del grupo Astrognomos, de la Corporación Festival Infantil de Poesía. Para esta incursión llevan todo un año en actividades como bazares, rifas, colectas y venta de libros.
“Algunos padres realizan tejidos, hacen tamales, bingos o venden helados para cubrir los gastos y que los niños tengan dinero para comprar recuerdos en Cabo Cañaveral”, apunta la profesora Diana.
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Están aferrados de alguna manera a un acto de fe, o dicho de otra manera le apuestan con todo a un sueño común hasta las últimas consecuencias, pues si bien la Nasa planteó como fecha más probable el 1 de abril (hasta ahora) para la aventura, tampoco descartan que, si existe algún percance, se tenga que postergar para mayo o junio. De cualquier manera, la suerte está echada, pues con tanta incertidumbre les tocó decidirse y compraron pasajes para viajar del 31 de marzo al 8 de abril próximo.
Si en ese lapso no se da el despegue, el plan B es un recorrido por el Visitor Complex del Centro Espacial Kennedy y el museo interactivo de la Nasa, ubicados en Caño Cañaveral (La Florida).
Los niños vienen de sitios tan disímiles social y geográficamente como el barrio Estadio, Campo Valdés, Calasanz, Caicedo, en Medellín, o Niquía (Bello).
Cada uno a su manera y a sus cortos años es un personaje bien particular, con vuelos intelectuales sorprendentes y grados de “engome” por los fenómenos siderales que rayan en muchos casos con la obsesión.
Benjamín Gómez, por ejemplo, tiene la que podríamos ver como una fijación. Su mamá, Lina Gallo, recuerda que desde los dos años de edad, apenas empezando a balbucear las primeras palabras, el niño decía que quería ser astronauta y que iba para la Nasa.
“Al principio pensamos que era un anhelo pasajero, pero él fue desarrollando más la idea. Ha sido muy autodidacta, le encanta la física y la óptica. Estuvo en el club Excalibur y en un semillero de astronomía en la Universidad de Antioquia”, cuenta ella.
Él, por su parte, relata que la primera que le mostró imágenes de la Tierras y la Luna fue precisamente ella, su mamá, y a partir de eso se le metieron esas ideas a la cabeza y al corazón, de manera que cada cumpleaños la decoración de las piñatas ha sido de forma repetida con estrellas, planetas y naves espaciales. Por supuesto la torta para cantarle el happy birthday también ha tenido motivos idénticos.
Mientras los otros niños de su edad vibraban con series como The Rain y Stranger Things, o videojuegos como Fortnite y Bawl Stars, los héroes de Benjamín eran Carl Sagan, el creador de la serie Cosmos, o Neil Amstrong y Buzz Aldrin, los primeros humanos en pisar la Luna. “Esto es muy inspirador”, dice él como si en vez de un niño de 12 años fuera un conferencista consagrado. Y en vez de películas de mangas veía documentales de National Geographic.
Benjamín tiene unos ojos inmensos y cuando habla de todo eso, se le vuelven como esferas a través de las cuales trasluce lo que hay en su mente, que no es poco, pues lo que comenzó como un divertimento infantil se volvió una inquietud intelectual hacia todo texto que se le aparece de física, astronomía e ingeniería.
Incluso, a su corta edad, ha escrito dos libros que permanecen inéditos: uno es de un astronauta que se aventura a orbitar la Luna y desciende en Marte. El segundo es de un científico que crea una máquina del tiempo para viajar al pasado, a los inicios del sistema solar, el origen de todo lo que conocemos.
–El año pasado su profesora de ciencias me decía que muchas veces él le enseñaba a ella porque se ha especializado tanto en el tema que les comparte sus conocimientos a los compañeros –apunta la señora Gallo.
Ahora está alucinado con el día en que, por fin, esté frente al cohete, viendo despegar la misión Artemis II.
–Es alucinante, emocionante –dice el niño que, por supuesto quiere ser astronauta e ingeniero aeroespacial para idear aparatos que sean capaces de mostrarle otros mundos en vivo y en directo, así como hoy lo hace la literatura.
El viaje a la Nasa es programado por la Corporación Festival Infantil de Poesía. ¿Pero qué tiene qué ver una entidad como esta con astronomía o con viajes espaciales? Acá una cosa conduce a la otra, como cuando el agua de un manantial fluye, va a dar a una quebrada y esta a su vez desemboca en un río, y el río al mar.
Resulta que la profesora Diana fundó hace 25 años la escuela Paraíso de Color en la comuna 4-Aranjuez. Esta ahora está ubicada en el sector de El Bosque, a dos cuadras del Jardín Botánico y, a diferencia de otros centros que enseñan bajo la pedagogía Waldorf, no es de élite, pues solo cobra $130.000 mensuales, es decir que permite el ingreso de chicos y chicas de distintas procedencias sociales.
La profesora Diana siempre había sido apasionada de las letras y se le ocurrió realizar un festival de literatura infantil, pero para poder tramitar apoyos del Estado y del sector privado conformó la corporación. Luego fundaron el club de astronomía, que funciona en convenio con su vecino, el Planetario Municipal, y es abierto a niños de toda la ciudad –se han vinculado 17 instituciones educativas–.
Para celebrar el fin de actividades lectivas, normalmente los chicos de la escuela y del club recogían con qué irse cada año a Coveñas a disfrutar del mar, hasta que, en 2011, a uno de ellos se le ocurrió que en vez de repetir resultaba más emocionante irse a Italia a recorrer las calles que habían pisado Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, los monstruos del Renacimiento, personajes que habían estudiado en sus clases.
Ese primer periplo, que era ya una hazaña, lo lograron con 13 niños, gracias al apoyo del Fondo Cultural Cafetero, con la plata que recaudaron con algunas conferencias que dictaron en Europa y con la venta de dibujos hechos por los alumnos.
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En 2012, la lectura de la novela Contacto y la serie Cosmos, de Carl Sagan, los ilusionaron con conocer la agencia aeroespacial estadounidense, donde este había trabajado. Se contactaron con Adriana Ocampo, y ya van cuatro lanzamientos a los que los invitan; el de Artemis II será el quinto.
Para ir, cada uno de los 31 afortunados (fuera de los niños hay 5 adultos) realizó actividades económicas, siendo la principal la venta del cuento ‘¿Qué edad tiene la Tierra?’, de la científica Ocampo y el cual esta les donó en un PDF; la impresión la financió Comfama con un aporte de siete millones de pesos.
Aunque la baja del dólar los favoreció, la compra de los pasajes a última hora y para temporada alta (plena Semana Santa) por la falta de indefinición de la fecha del viaje espacial, les generó sobrecostos que están tratando de solventar con actividades de última hora y acudiendo a la solidaridad ciudadana.
Francisco Puerta, del barrio Caicedo, 11 años, hijo único y en sexto año, es otro “astrognomo” singular. Explica que es Francisco V, porque su papá lleva el mismo nombre, igual que su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. Con su blancura y cabello dorado largo hasta cubrirle los hombros parece un sol veraniego al mediodía. Lleva casi dos años en el club, a cuyas reuniones semanales va sin asomo de pereza porque para él es un divertimento como lo sería cualquier juego para los demás chicos de la misma edad.
Lo que más lo deslumbra del periplo que está próximo a emprender es, en sus palabras, que va a “ver uno de los lanzamientos más importantes porque tienen nueva tecnología para probarla y también porque en futuras misiones Artemis van a viajar a Marte”.
–¿Y qué quieres ser cuando sea grande?
–Buena pregunta: ingeniero de sistemas o veterinario –responde con una seriedad pasmosa.
Este será su primer viaje internacional, aunque no la primera expedición con fines de avistamientos astronómicos, pues ya estuvo también en el desierto de la Tatacoa (departamento de Huila), considerado un referente como observatorio natural de constelaciones.
Isabela Ramírez y Alejandra Álvarez, en cambio, no serán primerizas en la Nasa.
La primera tiene 11 años, cursa séptimo grado en el colegio Calasanz y vive cerca del estadio Atanasio Girardot. Su cuarto está plagado de estrellas y planetas. Con su voz de agua explica que la afición por los temas estelares se la inyectaron en el colegio desde el nivel de transición y a partir de eso ella la ha acrecentado por cuenta propia.
Alejandra, de 13, vive en Niquía (Bello) y está en octavo. Recuerda que, en su caso, esa pasión contagiosa le viene del colegio Paraísos de Color, cuando en el club Astrognomos leyeron ‘Ami, el niño de las estrellas’, cuyo protagonista se hace amigo de una extraterrestre.
“El libro enseña que el amor no debe ser solo por las personas, sino por el universo, y plantea la idea de que pueden existir muchos otros mundos y personas diferentes en otras partes o dimensiones”, explica Alejandra.
Ambas estuvieron en el último viaje a la Nasa, en octubre de 2021, para ver el despegue de la misión Lucy, que envió una sonda especial a buscar el origen de la Tierra y de los seres humanos a través del estudio de cinco asteroides troyanos que circundan la órbita de Júpiter, el planeta más grande de la Vía Láctea.
El esfuerzo fue mayúsculo para poder financiar los pasajes y la estadía de los 18 alumnos y 8 profesores, pero al final lo lograron.
Alejandra relata que el despegue fue a las doce de la noche (cuatro de la mañana de Colombia) y todos se habían ido a dormir a las seis para estar despiertos cuando correspondía. Tuvieron que esperar sentados dos horas en una banca hasta que el cohete partió, fue ascendiendo y desapareció ante sus ojos.
–Estábamos a 400 o 500 metros de distancia, separados por un cuerpo de agua. No hablamos con tripulantes porque era un robot, pero sí pudimos conocer en persona a la doctora Adriana Ocampo –cuenta.
–¿Valió la pena?
–Totalmente –responde sin titubear–. Fue impactante ver cómo se apagaban las luces y cómo temblaba el piso al despegar.
Isabela y Alejandra también están planilladas para ir a ver el despegue del Artemis II y siguen obnubiladas como la primera vez, porque esta será una misión tripulada, a bordo de un cohete gigante, que mide cerca de 90 metros.
Pero como la vida real dista de las telenovelas rosa, el lado triste de esta historia corre por cuenta de cuatro integrantes del club que no pudieron obtener los visados en la embajada de EE. UU. y por tanto no viajarán.
Uno de ellos es Jeremías Ramírez Guerra, de 10 años y habitante de San Antonio de Prado. Todos lo daban por montado en el avión hacia la Florida no solo porque es de los más empeliculados sino de los que más se comprometido para conseguir los recursos.
Cuenta su mamá, Yurany Guerra, que desde muy pequeñito él comenzó a indagar sobre los cuerpos celestes y a dar charlas de astronomía, pues se trata de un niño calificado con habilidades excepcionales. Su “juguete” preferido es un telescopio.
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Cuando le hablaron de la posibilidad de ir a la Nasa comenzó a enfundarse en los tres vestidos de astronauta que tiene (naranja, azul y blanco) yendo por los colegios a recolectar fondos de peso en peso o vendiendo el libro de Adriana Ocampo.
En vísperas de la Navidad, el 23 de diciembre, recibió la negativa en la Embajada estadounidense. Aparentemente no bastó la carta de invitación de la Nasa, porque según el cónsul que los atendió, sus papás –ella vendedora por catálogo y él DJ y mensajero de moto- no demostraron solvencia económica.
–Ya está más resignado, aunque sabe que no se va a sentir bien el día en que ellos (sus compañeros) estén por allá y él no. Está enfocado en ir el próximo año y todo está en las manos de Dios– dice la mamá, que es la albacea del dinero que está reservado para cuando sea el momento de convertir en realidad ese sueño de su único hijo.
El anhelo de más largo plazo de Jeremías ya se puede adivinar por dónde va encaminado: ser astronauta o médico aeroespacial. Un sueño que más de uno de los “astrognomos” cultiva despierto.