El mundo amaneció el sábado con una nueva y severa sacudida geopolítica tras los bombardeos conjuntos ejecutados por Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní.
Esta ofensiva, que ya ha provocado represalias por parte de Teherán y amenaza con desestabilizar el suministro energético global, no es un hecho aislado en la política exterior de Washington.
Se suma a la histórica y reciente captura de Nicolás Maduro, un hito que coronó meses de operaciones estratégicas, bloqueos y ataques focalizados en medio de la crisis institucional de Venezuela.
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Ambos eventos —la caída del régimen chavista y la confrontación directa en Medio Oriente— ilustran la contundencia de la doctrina militar que ha caracterizado en lo que va del segundo periodo presidencial de Donald Trump.
De acuerdo con datos recopilados por la plataforma Statista, la administración estadounidense ha abierto o reactivado frentes de ataque en al menos siete países, al desplegar su poderío bélico con el objetivo de contener amenazas a su seguridad nacional y proteger intereses económicos clave.
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Más allá de los focos candentes en Caracas y Teherán, la estrategia del Pentágono ha concentrado gran parte de sus esfuerzos en desarticular la red de influencia iraní en el Medio Oriente.
Esto se ha traducido en ataques sistemáticos contra infraestructura militar y bases estratégicas en Siria, así como en operaciones de precisión en Irak, dirigidas a neutralizar milicias pro-iraníes y bases insurgentes que representaban una amenaza inminente para las posiciones estadounidenses en la región.
El resguardo de las rutas comerciales globales ha sido otro detonante de la acción militar. En Yemen, las fuerzas estadounidenses han mantenido una campaña de bombardeos continuos contra las posiciones e infraestructura de los rebeldes hutíes.
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