La historia del poder en el siglo XXI no podrá escribirse de manera completa sin descifrar los jeroglíficos que Jeffrey Epstein dejó tras de sí. Lo que durante décadas se manejó como un secreto a voces en las altas esferas de Manhattan, Londres y Palm Beach, ha terminado por convertirse en una marea documental que, en este febrero de 2026, amenaza con ahogar las reputaciones de personalidades de la política, el espectáculo y la empresa privada. Tras años de litigios, tachones y teorías de conspiración, la desclasificación masiva de archivos ha abierto una ventana sin precedentes a la cotidianidad de un depredador que utilizó la filantropía, la ciencia y la política como una sofisticada pantalla de humo para camuflar una red de tráfico sexual de dimensiones transatlánticas.
Al examinar los documentos más recientes, la mirada se posa inevitablemente sobre los rostros más conocidos del planeta. El nombre de Bill Clinton vuelve a emerger con una insistencia que sus portavoces ya no logran mitigar con simples comunicados de prensa. Los archivos detallan no solo la frecuencia de sus viajes en el avión privado de Epstein, el tristemente célebre “Lolita Express”, sino que arrojan luz sobre encuentros en la isla privada de Little St. James que el expresidente siempre había intentado matizar. Fotografías desclasificadas por el Departamento de Justicia muestran una cercanía inquietante; imágenes de Clinton en contextos de relajación extrema, en presencia de Ghislaine Maxwell y figuras del espectáculo como Kevin Spacey, sugieren una familiaridad que va mucho más allá de la simple recaudación de fondos para causas humanitarias. Aunque el exmandatario insiste en que nunca fue consciente de los crímenes que allí se cometían, los testimonios de las víctimas presentes en los archivos lo ubican en el epicentro de un entorno diseñado para la gratificación de los hombres más poderosos del mundo a costa de la vulnerabilidad de menores de edad.
En la otra orilla del espectro político, la figura de Donald Trump también se proyecta con nitidez en este mar de folios. Si bien Trump ha intentado capitalizar políticamente la desclasificación de estos archivos presentándose como el adalid de la transparencia, los documentos registran una relación social de décadas que no se puede borrar con retórica electoral. Los registros de visitas a Mar-a-Lago y las menciones en los diarios personales de Epstein pintan el retrato de una amistad forjada en los clubes más exclusivos de Florida, donde el intercambio de favores y la ostentación de riqueza eran la moneda de cambio. A pesar de que hasta el momento no han surgido pruebas documentales que vinculen directamente a Trump con actividades criminales dentro de la red, la sola presencia de su nombre en el entorno íntimo de Epstein sigue siendo una mancha que la opinión pública analiza con lupa, especialmente en un momento donde el control de la narrativa judicial parece ser su prioridad absoluta.
El caso del príncipe Andrés de Inglaterra representa, quizás, la caída más estrepitosa de la vieja aristocracia. Los nuevos archivos aportan detalles sobre su comportamiento en las residencias de Epstein, incluyendo descripciones de encuentros que refuerzan las acusaciones que lo llevaron a un humillante acuerdo extrajudicial años atrás. Las fotografías que ahora ven la luz, donde se le ve en situaciones comprometedoras junto a personas cuya identidad sigue bajo protección judicial, han reactivado la indignación en el Reino Unido. Ya no se trata solo de un error de juicio al elegir a sus amigos, sino de una supuesta participación activa en una dinámica de abuso que la corona británica ha intentado enterrar sin éxito.
Pero el alcance de Epstein no se limitaba a la política tradicional; su red se infiltró con asombrosa facilidad en los centros neurálgicos de la tecnología y la ciencia. Bill Gates, quien ha reconocido que reunirse con Epstein fue un error personal de proporciones catastróficas, aparece en los documentos como blanco de un intento de chantaje. Según los archivos, Epstein intentó utilizar el conocimiento de una presunta relación extramatrimonial del fundador de Microsoft para coaccionarlo en relación con fondos filantrópicos. Por otro lado, nombres como los de Elon Musk y Mark Zuckerberg han generado un estruendo mediático en las últimas semanas. Un correo electrónico datado en 2012 muestra a un Musk curioso por las fiestas en la isla de Epstein, una revelación que el magnate de Tesla ha intentado contrarrestar con una maniobra audaz y provocadora: ofrecerse a pagar los gastos legales de cualquier víctima que denuncie a los clientes de la red. Esta oferta de Musk, que algunos ven como un acto de justicia y otros como una cortina de humo defensiva, ha inyectado una nueva dosis de caos al caso, enfrentando a los poderosos entre sí en una suerte de “sálvese quien pueda” jurídico.
La gran incógnita, el eslabón perdido de toda esta trama, sigue siendo Ghislaine Maxwell. Desde su celda, la mujer que durante años fue la mano derecha y arquitecta social de Epstein observa cómo el mundo que ayudó a construir se desmorona. En sus recientes comparecencias ante el Congreso, Maxwell ha optado por el silencio absoluto, acogiéndose a la Quinta Enmienda. Su negativa a testificar no es una simple estrategia legal, sino un mensaje cifrado para quienes aún temen lo que ella sabe. Se especula con que Maxwell está esperando un indulto presidencial, una ficha de cambio que solo un ocupante del Despacho Oval con deudas pendientes o intereses estratégicos podría otorgar. Mientras tanto, su silencio actúa como un escudo para aquellos “clientes” que aún no han sido plenamente identificados en los documentos tachados.
Precisamente, esa censura es la que ha desatado una tormenta en el Capitolio. Congresistas como Thomas Massie han denunciado que el Departamento de Justicia está protegiendo a seis hombres clave, individuos de gran relevancia que no son víctimas y cuyos nombres han sido cubiertos con tinta negra por razones de “seguridad nacional” o “privacidad”. La amenaza de revelar estos nombres bajo inmunidad parlamentaria ha puesto al FBI y a las agencias de inteligencia en una posición defensiva. ¿Quiénes son estos seis hombres cuya identidad es tan sensible que su revelación podría desestabilizar las estructuras de poder actuales? La sospecha de un encubrimiento institucional sigue siendo el motor de la desconfianza ciudadana.
La tragedia de este caso radica en que, detrás de los nombres rutilantes de celebridades como Michael Jackson, David Copperfield o Jay-Z —quienes aparecen mencionados en registros de visitas o interacciones casuales—, hay cientos de historias de vidas truncadas. El sistema de Epstein no era solo una agenda de contactos de élite; era una maquinaria de explotación que operaba con la precisión de una multinacional. Desde las captadoras que buscaban niñas en escuelas y centros comerciales hasta los abogados que redactaban acuerdos de confidencialidad coercitivos, cada pieza del engranaje estaba diseñada para que el dinero comprara el silencio de la ley.
Incluso después de su muerte en 2019 en una celda de Nueva York —un evento que muchos siguen considerando un asesinato por encargo para evitar que hablara—, el fantasma de Epstein sigue dictando la agenda política de los Estados Unidos. La ley de transparencia que permitió estas revelaciones de 2026 es el resultado de una presión social que se negó a aceptar la versión oficial del suicidio y el carpetazo judicial. Hoy, el periodismo tiene la responsabilidad de conectar estos puntos, de no dejarse deslumbrar por el brillo de las celebridades mencionadas y de enfocarse en la falla sistémica que permitió que un pederasta convicto se convirtiera en el anfitrión de la aristocracia global.
La lección que deja el caso Epstein, mientras terminamos de leer los millones de páginas de este expediente, es que el poder absoluto no solo corrompe, sino que crea una realidad paralela donde las normas morales y legales desaparecen. Las víctimas, muchas de ellas hoy adultas que han dedicado su vida a buscar justicia, miran estos archivos con una mezcla de vindicación y asco. Para ellas, no se trata de chismes sobre Bill Clinton o Elon Musk; se trata de la validación de un horror que el mundo se negó a ver durante décadas. El artículo de cierre de esta historia aún no se ha escrito, pues mientras existan nombres tachados y testigos silenciosos, la red de Epstein seguirá operando en las sombras de la impunidad que solo el gran capital puede comprar.
Como sociedad, nos queda la tarea de vigilar que esta desclasificación no sea un mero espectáculo mediático, sino el inicio de una verdadera depuración de las instituciones. El caso Epstein es el espejo donde se refleja la peor cara de nuestra civilización: una donde la infancia fue sacrificada en el altar del privilegio y donde la verdad ha tenido que esperar más de veinte años para empezar a salir de la oscuridad.
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