El mapa político de América Latina, ese tablero que durante la última década pareció inclinarse hacia una “segunda marea rosa” de gobiernos de izquierda, ha comenzado a virar con una fuerza tectónica hacia la derecha. El último y más contundente ejemplo de este fenómeno ocurrió este domingo en las urnas de Costa Rica. Con una victoria aplastante del 48,3% de los votos, la politóloga Laura Fernández Delgado, del Partido Pueblo Soberano (PPSO), no solo se convirtió en la segunda mujer en alcanzar la presidencia del país, sino que ratificó que el modelo de “mano dura” y pragmatismo económico —antes ajeno a la tradición pacifista costarricense— ha llegado para quedarse.
El fin de la excepcionalidad costarricense
Durante décadas, Costa Rica fue la excepción a la regla en una Centroamérica convulsa. Mientras sus vecinos lidiaban con guerras civiles y dictaduras, los costarricenses se jactaban de su estabilidad democrática y su ausencia de ejército. Sin embargo, el deterioro de la seguridad ciudadana fracturó esa calma. Según datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), el país pasó de ser un puente de tránsito de narcóticos a un centro logístico y de exportación de drogas hacia Estados Unidos y Europa. Bajo la administración saliente de Rodrigo Chaves, la tasa de homicidios alcanzó un récord histórico de 17 por cada 100.000 habitantes.
Este escenario fue el caldo de cultivo para la propuesta de Fernández. En su primera rueda de prensa como presidenta electa, la heredera política de Chaves fue clara: su estrategia de seguridad mira directamente hacia San Salvador. “Contamos con el presidente Nayib Bukele para llevar a buen puerto nuestra estrategia”, afirmó este lunes, confirmando que la construcción de una megaprisión inspirada en el modelo salvadoreño será una prioridad absoluta.
El eje Bukele-Fernández: ¿un nuevo estándar regional?
La alineación de Fernández con Bukele representa un cambio de paradigma. Para la nueva mandataria de 39 años, El Salvador es el ejemplo de una sociedad que logró “darle la vuelta a la ecuación” de la violencia. Esta conexión no es solo retórica; incluye asesoría técnica para la gestión carcelaria y una retórica compartida de confrontación con los poderes tradicionales. Al igual que su mentor, Rodrigo Chaves, Fernández ha adoptado un discurso cáustico contra la prensa y el Poder Judicial, al que acusa de auspiciar la impunidad.
Este giro hacia el “Bukelismo” en la democracia más antigua de la región es visto con recelo por figuras históricas. El Premio Nobel de la Paz, Óscar Arias, y la expresidenta Laura Chinchilla han advertido que las mayorías electorales no son un “patente de corso” para silenciar disidencias o reformar la Constitución con el fin de perpetuarse en el poder. No obstante, para el votante promedio, el miedo a la criminalidad ha superado el temor al autoritarismo.
El péndulo latinoamericano: Entre la seguridad y el bolsillo
La victoria de Fernández se suma a una cadena de triunfos conservadores que incluye a Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y, más recientemente, el retorno de la derecha en Chile. Como señala el analista Michael Reid, el electorado latinoamericano ya no busca utopías sociales ni se moviliza por la indignación antiimperialista del pasado. Hoy, las prioridades son básicas: empleo estable, control de la inflación y, sobre todo, caminar seguro por la calle.
La configuración regional actual muestra una ruptura profunda:
La vanguardia derechista: Liderada por Milei y Bukele, a la que ahora se suma Fernández, abraza un discurso anti-”woke”, pro-capitalista y de mano dura. Cuentan con el respaldo estratégico de Washington, donde el secretario de Estado, Marco Rubio, ya ha felicitado a Fernández confiando en su ayuda para frenar la inmigración ilegal y el narcotráfico.
La resistencia de izquierda: Bloques liderados por Lula da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México, quienes ven con preocupación la creciente influencia de Donald Trump en la política interna de sus vecinos y el uso de la fuerza militar en asuntos regionales.
Más allá de la seguridad, Fernández hereda la promesa de la “Economía Jaguar”. Aunque la pobreza en Costa Rica bajó del 18% al 15,2% en el último año, el país sigue siendo uno de los más desiguales de la OCDE y el segundo más caro de Latinoamérica después de Uruguay. El éxito de su gobierno dependerá de si puede transformar la estabilidad macroeconómica en bienestar para las clases medias agotadas por el costo de vida.
El triunfo de Laura Fernández es la validación de un estilo de liderazgo confrontativo que ha demostrado ser electoralmente invencible en la Centroamérica de hoy. Con una mayoría proyectada de cerca de 30 diputados en el Congreso, tendrá un margen de maniobra que Chaves nunca tuvo. Sin embargo, como ocurre con Milei en el sur, el desafío de la nueva derecha costarricense será pasar del “escenario político” al “teatro del buen gobierno”. La región observa con atención: si Costa Rica logra reducir la violencia sin desmantelar sus instituciones democráticas, el modelo Fernández podría convertirse en el manual de instrucciones para el resto del continente.