Como si sus esposos se hubieran ido de viaje (¿sin regreso?) y ellas, listas para salir de expedición, hubieran tomado sus corbatas para convertirlas en faldas y en collares y en lo que se les ocurrió.
También cogieron los bolsos, gigantes, y masculinos. Y lo que les quedó en la casa, tanto que volvieron bolsillos las mangas y las telas, a veces, fueron pedazos de fotos de películas.
La expedición de Olga Piedrahíta mostró unas mujeres libres, de gafas brillantes, de telas impermeables, de pañoletas con mapas que llevaban en la cabeza, aunque los mapas, en algunas, también iban rayados en los pies.
Y con ellas, las modelos que representaron a esas mujeres expedicionarias, caminaron 130 metros de pasarela. Incluso dos veces.
Las instrucciones (porque las hubo) para comenzar el desfile, que fue el que abrió la feria, con un juego de luces que se combinaban con el sonido, decía que la idea era que cada uno se hiciera su propia historia.
Sólo una pista: "Un recorrido intencional de siluetas y símbolos retro de los 30, 40, 50, 60 y 80 (...). Olga reconoce lo clásico para resignificarlo".
Unas mujeres botánicas con vestidos oscuros, que pasaron de la selva a la ciudad, que quizá terminaron el recorrido en un lugar cálido, porque al final las prendas ya tenían colores más claros y las mangas se fueron, como también se fue el plástico y lo agreste de las telas, y se descubrió la espalda.
Una expedición de moda, de sensaciones, también. Y una mujer que la construyó desde el principio. Desde que caminó con la carreta y la dejó ahí, cerquitita a la arena.
Pico y Placa Medellín
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