Cómo no me va a gustar un partido de fútbol en el que los hinchas, todos menores de 15 años, bailan y cantan a un costado de la cancha, y arman un festivo trencito animando a su equipo, sin importar el sol que pega duro a las 11:00 de la mañana, o que recién los uniformados que cuidan la zona de invasión hayan avisado de un ataque de xenofobia en las calles de Diesloop que a lo lejos se advierten polvorientas, solitarias y peligrosas.
El sobrevuelo de un helicóptero de la policía confirma lo que minutos atrás era un rumor: grupos de locales atacan a los residentes de la enorme invasión, que se aparece en el horizonte como una colcha de retazos de tonos plomizos. ¿La razón? Que sean desplazados de otros países como Mozambique, Zimbabwe o Kenia lleva a las pandillas a atacarlos con armas o a incendiar sus casas.
En la cancha comienza la presentación de los equipos: Piepsloot Arsenal F.C., viste camiseta naranja; Diepsloop All Stars va con la blanca y Kalushagi F.C. luce la verde y amarilla, que, según el gusto, alude a Bafana Bafana o Brasil.
Volviendo a las preferencias, cómo no me va a gustar un encuentro en el que los espectadores se van transformando en recogebolas, aguateros o animadores según el momento. Y en el que otros custodian con cariño los cinco trofeos y las medallas en una pequeña mesa. Nada los distrae. Ni siquiera el helicóptero. Incluso, los guardias de seguridad se acomodan sobre el césped, a la espera del pitazo inicial.
El coach Mapiki Sambu cuenta que los cuatro equipos se entrenan allí desde 2003. La condición es que sean menores de 17 años, que estén dispuestos a dejar las calles y que acudan a los entrenamientos con disciplina.
El proyecto es una idea de la Iglesia Metódica del barrio, y el entrenador Sambu, admirador de Iniesta, Puyol, Casillas y Villa (imposible no descifrar a qué equipo le hará fuerza este domingo), anota que sus metas inmediatas son alejar a los chicos de las calles y su amenaza de drogas y violencia, y en el largo plazo llegar con uno de sus equipos a la Liga Premium del país.
Sambu, que solía jugar de lateral derecho en Limpopo, se convierte en uno más de los 3.000 espectadores en la cancha, cuando termina el fútbol en vivo y se enciende la señal de televisión.
Cómo no me va a gustar un barrio en el que una pantalla gigante en la zona norte de la cancha, reúne a miles de fanáticos de esa otra Copa Mundial; en la que ya no hay técnicos de nombre Mapiki Sambu, pero las ilusiones por el gol son las mismas y la decepción es del tamaño del Soccer City cuando se falla un cobro de tiro penal.
Los días de invierno, de soles intensos y brisas heladas, no ahuyentan a los apasionados del fútbol en Diesloop. Un barrio de invasión, ubicado a una hora de Johannesburgo.
El fútbol es el mismo en Diesloop, en Ellis Park o en Soccer City. Los compañeros saltan a la cancha a celebrar el penalti convertido por su compañero, mientras en una esquina, un contrario esta solo y arrodillado. Segundo antes el portero se le atravesó a su gloriosa celebración.