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Rumba amplificada

03 de julio de 2009
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Antes, cuando las personas vivíamos en casas, muchas de ellas con patios o jardines y, aquello de estar apilados uno sobre otro quedaba reservado para los muertos, no teníamos tantos problemas de convivencia como ahora.

Corrían tiempos en los que, despertar al amanecer por causas distintas a una enfermedad o al natural insomnio que a veces nos aqueja, era más bien inusual. Ahora bien, si el motivo del desvelo era generado por el sonido de las cuerdas de un trío que daba una serenata en alguna casa del vecindario no era molesto, por el contrario, arrullaba o inducía a la evocación.

Otra cosa bien distinta es lo que nos toca padecer hoy a la mayoría de los mortales (los muertos ahora disfrutan de los jardines), que somos los que moramos unos encima de otros y que tenemos que convivir con todas las incomodidades que se generan en esos microcosmos que son las viviendas de hoy, y que se ven agravadas por la conducta de ciertos especímenes que, infortunadamente, no faltan en cada copropiedad.

En esta ocasión voy a referirme al problema que, después del de las mascotas, más conflicto genera entre vecinos: el ruido.

Aunque la gama es muy amplia y va desde el molesto taconeo de la vecina que, para colmos, es muy madrugadora; el rechinar de taburetes arrastrados por el piso de cerámica (mi techo), el tin tin tin desquiciante de peloticas de ping - pong o canicas, el taladro eléctrico del domingo por la mañana, las piñatas en el salón comunal (con animador infantil que micrófono en mano grita tonterías toda una tarde), etc., hasta el vecino baterista. Pero ninguno de los anteriores causa tantos reclamos y tantas intervenciones de la policía, como el ruido de lo que hoy se denomina rumba y que ya no es exclusivo de los fines de semana.

Con los sistemas de amplificación modernos, los condenados a padecer una fiesta a la cual no se les ha invitado a participar más que desde la cama, no son solamente los residentes del edificio o conjunto donde se lleva a cabo la reunión, no, esto puede abarcar otras urbanizaciones. Ahora, si a lo anterior le sumamos que la hacen en el balcón o terraza, ese espacio como al aire libre del que disponemos en el interior de nuestras viviendas y que gracias a las innovaciones del diseño, dejó de ser el lugar donde se arrumaban materas y cosas inservibles, el problema de los decibeles aumenta considerablemente y puede extenderse varios kilómetros a la redonda.

Ya hasta las serenatas se volvieron estruendosas. Los tríos prácticamente entraron en desuso y dieron paso a mariachis modernos, con amplificadores portátiles y guitarras eléctricas que entonan canciones como: La Vikina o Rata de dos patas, no muy románticas por cierto. O, aquellas que te despiertan pocas horas antes de levantarte para el trabajo un martes, con el golpeteo de guacharaca y caja (también amplificadas), de un conjunto vallenato, cosa que tampoco invita a pensamientos muy amables que digamos.

Creo que casi nadie se opone a la música, a las fiestas o al sano esparcimiento. El problema no es la rumba, es cuando ésta es amplificada y el nivel de ruido interfiere con el derecho al descanso de los demás.

La única manera de conseguir que una comunidad de residentes conviva pacífica y armónicamente, es cuando se exige la observación puntual de las normas y para esto hay que empezar por ponerlas en conocimiento de todos. Algunas veces, las faltas no son fruto de la mala voluntad, sino del desconocimiento del reglamento.

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