A través de esa línea y, de esa otra línea, hay otro montón de líneas que se entrecruzan, que no se unen, que se tocan, que no se miran. A través de esas líneas y las otras, de esos colores y de los demás, Mauricio Gómez aparece como el hombre detrás de las líneas. El artista.
Antes pintaba perros, caballos, vacas, pero a él no le interesaba la forma, sino la textura, esos colores puestos uno al lado del otro, las capas, lo miniatura: las líneas que formaban los pelos del perro. O del caballo. Entonces llegó a un tema que trabaja hace 20 años. El mismo, con variaciones. Porque ninguna línea de sus líneas está en el mismo sitio, aunque a veces, solo a veces, la mirada de afán lo haga parecer así. Mauricio pinta matorrales en óleo sobre lienzo. Matorrales que va viendo en sus recorridos. "A mí me gusta viajar. Me gusta cuando se entrecruzan todas estas líneas. Cuando ya no podés desbrazar, ni abrir camino y respirás aire, pero tenés todo esto enmarañado".
La mirada cambia cuando se entiende que en esos cuadros lo que hay no son líneas, sino rastrojos por los que Mauricio ha pasado, a los que les ha tomado fotos, miles de fotos de las que luego elige cinco o tres o las que necesite. A los que ha dibujado sentado en una silla, en el sitio. "A veces es fotografía o proyecciones de dibujo o estar allá. Todo eso me da una lectura". Su trabajo pasa por la investigación, por desarrollar un proyecto.
También están los colores. Él mira, pero los colores son su decisión. Le interesan los más extraños, los pigmentos más raros, más caros. Goza, pone más. Ninguna línea se pierde en otra. Cada una se encuentra solitaria, perfecta para formar la maraña aquella. "Ver allí sus estructuras, la influencia de los cambios atmosféricos, de luz incidente, reflejada, la temperatura del color, la arquitectura, la geometría".
El rastrojo no es el mismo. Nunca. El de este lado lo encontró en Sutamarchán, Boyacá. Óleo sobre lienzo, 130x160 cms. El del otro lado lo encontró en El Retiro. 170x290 cms. El de más allá lo vio en Don Matías, Antioquia. 100x200 cms. El de la pared también tiene su lugar, porque cada matorral tiene su lugar, solo que ahora se juntan en una exposición, en la galería Duque Arango, y en un mismo nombre: A través.
Mauricio viaja. Desde hace un tiempo hace recorridos en un trailer en el que también pintó sus obras. Va con su esposa y les enseñan a los más pequeños sobre pintura y, también, sobre los matorrales. Porque él no solo los vuelve pintura. Le interesa el cuidado. Ahí están los animales, dice. Ahí viven o se resguardan. No es el árbol, pero tienen su función. Están por algo y son, de todas maneras, paisaje.
"Existen en el momento de elaboración de mi obra -escribió-, profundas incógnitas. Reflexionar al interior de las tensiones generadas por una vegetación que se cierra a cada paso". Ese matorral tiene algo de café, algo de la paja. A un lado está más oscuro. Al otro está más claro. Arriba, en las esquinas del cuadro, está el cielo. Azulísimo, y contrasta.
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