Los golpes militares en Egipto son acontecimientos comunes en su historia antigua, moderna y en la que no termina de escribirse. Según el egiptólogo Ahmed Osman, la caída Akenatón, el revolucionario y reformista faraón de la dinastía XVIII, fue al parecer un golpe adelantado por militares de alto rango que luego conformarían el gabinete del sucesor, Tutankamón, convirtiéndose posteriormente algunos de ellos en ocupantes del trono. El Egipto moderno es el resultado del derrocamiento en 1952 del Rey Faruk por un golpe militar liderado por Gamal Abdul Nasser, y posteriormente el país ha estado en manos de miembros de las fuerzas militares vestidos de corbata como, Anuar el Sadat y Hosni Mubarak.
El deseo de Hosni Mubarak era que su hijo Gamal fuese su heredero, idea que no era del agrado de la élite militar egipcia, pues no veían al delfín como un socio confiable, al no pertenecer a las fuerzas militares y porque las acciones de Gamal y las reformas que estaba impulsando desde 2004, especialmente en el sistema financiero, para beneficio propio y de sus socios, estaban poniendo en peligro el control de aspectos vitales para las fuerzas militares.
La élite militar y las empresas que controla, que pueden representar entre 30 y 45% de la economía egipcia, tuvieron durante décadas un acceso amplio a los activos del sistema bancario egipcio, sin controles severos y sin garantizar la devolución los mismos. Pero Gamal, con el propósito de configurar su imperio corporativo, inició reformas de privatización y del sistema bancario, como el fortalecimiento del banco central para que pudiera elevar los controles sobre los préstamos, cosa que entró en contradicción con el manejo de la élite militar y del régimen. La salida de Mubarak, vestida con el ropaje de una sobredimensionada y mal denominada por los nuevos obnubilados por la tecnología como "twitter-revolución", eliminó la posibilidad de que Gamal llegase al poder y les ofrece a las fuerzas militares la oportunidad de retomar el control de la política y de la economía egipcia, plagada de debilidades estructurales que hacen pensar que la situación por venir en materia económica es incierta y debería reconsiderarse la pomposa categorización asignada a Egipto como uno de los Civet.
No se está insinuando que las manifestaciones populares no tuvieron peso en la caída de Mubarak, pues sirvieron excelentemente a los objetivos militares, ni que existan intereses reformistas de algún tipo en materia política, pero las informaciones sobre el cambio en Egipto, muchas de ellas visiblemente influenciadas por el deseo y no por el análisis más realista, han tergiversado las interpretaciones de lo sucedido y de los posibles escenarios futuros.
Por ejemplo. Se ha sobredimensionado el papel de los jóvenes, como los héroes de la supuesta "revolución", que no fue tal, sino protestas populares, también sobredimensionadas en su tamaño. Sin duda que son los jóvenes el sector más afectado por la debilidad económica egipcia, pero el romanticismo sesentero de varios analistas y comunicadores, los convirtieron en los artífices del cambio y no en los instrumentos de otros para el cambio. No debe olvidarse que quienes tienen más opciones de participar en protestas, que no es lo mismo que revoluciones, son los jóvenes, pues como sugiere uno de los mejores investigadores en el mundo sobre conflictos, Paul Collier, "para protestar, la mayoría de las personas tendrá que perder un día de ingresos, ésta es una de las razones para que una proporción tan elevada de manifestantes suela estar compuesta de estudiantes".
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