Durante la campaña para la Presidencia de la República, el Presidente electo señaló que en su gobierno el crecimiento y el desarrollo económico de Colombia estarían liderados por varias locomotoras, entre las que sobresalen el sector agropecuario y la innovación.
Sin lugar a dudas, desde una visión estratégica del desarrollo y los potenciales del país, la agricultura tiene mucho que aportar en materia de crecimiento, de diversificación de sus exportaciones, de generación de empleo y de reducción de la pobreza. Sin embargo, el problema que hay para cerrar la brecha entre potencialidades y realidad es que durante las últimas décadas el desarrollo agropecuario del país no ha venido transitado por la senda que sugiere la propuesta de convertir a este sector en una de las locomotoras que jalonen la economía colombiana.
El crecimiento sectorial ha estado, sistemáticamente, muy rezagado frente al del total de la economía, lo que ha determinado que la agricultura pierda, de manera acelerada, participación en el PIB total. Este hecho, frente a la realidad de que Colombia es un país que dispone de una gran y muy diversificada riqueza natural, constituye, además de un desperdicio de oportunidades y una profunda frustración para los habitantes del campo, una gran paradoja. Otros países, en igualdad de condiciones o con más restricciones en sus potencialidades, presentan, en términos de crecimiento y desarrollo de su agricultura, unos resultados más contundentes y un panorama más promisorio.
La situación de la innovación en Colombia es aún más compleja y difícil que la del sector agropecuario. En la agricultura hay una historia, unas capacidades, unas instituciones, unos instrumentos de política eficaces, una importante base de productores y empresarios, unas experiencias exitosas que sirven de ejemplo, etc., sobre las cuales se puede construir un nuevo modelo de desarrollo sectorial que en poco tiempo rinda sus frutos.
En materia de ciencia, tecnología e innovación (CT+I), Colombia, aunque con algunas capacidades construidas y unos resultados obtenidos, no dispone de una base firme, sólida y amplia sobre la cual, en un período de gobierno, se pueda construir e impulsar una locomotora que le dé a la economía colombiana la posibilidad de hacer del conocimiento una fuente cierta y sólida de crecimiento y desarrollo.
Los diferentes indicadores relacionados con las actividades de CT+I muestran que, en comparación con el resto de países del mundo, Colombia no descuella en ningún aspecto. Por el contrario, se ubica entre los más rezagados en estas materias. Ello es cierto para indicadores tan fundamentales como el gasto en actividades de CT+I tales como proporción del PIB, el acervo de investigadores y la eficacia en materia de innovación. Donde relativamente se observan mejores resultados es en la producción científica.
En Colombia, la ciencia y la tecnología no cuentan con una institucionalidad fuerte, ni con un financiamiento asegurado, ni con un respaldo social y político decidido. En materia de innovación, las empresas son las que se dedican, con una base muy limitada de recursos humanos especializados y con muy pocas relaciones con los generadores de conocimiento, a dicha actividad. Las universidades y los centros de desarrollo tecnológico consagran muy pocos recursos a la innovación. La institucionalidad de la CT+I y los incentivos han estado más dirigidos a promover la generación que el uso de conocimiento. Además, las capacidades institucionales que deben atender el tema de la innovación y entablar el diálogo con los empresarios tienen un grado de desarrollo muy limitado y se muestra con muchas deficiencias.
Lo anterior hace pensar que el nuevo gobierno tiene por delante un inmenso reto para hacer realidad su promesa de campaña de convertir al sector agropecuario y a la innovación en sólidas locomotoras del desarrollo del país.
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