Martín no come, no duerme y la novia no existe para él mientras esté dedicado a hacer su silleta, una emblemática de 90 kilos que llevará en su espalda, orgulloso, el próximo domingo.
El diseño de la silleta es joven, como él. Consiste en un muro de barrio con un grafiti que dice: "Estas son las bandas que soñamos tener... Sin armas y con más instrumentos de paz". Tendrá, claro está, varios muñecos en relieve: el grafitero que escribe sobre el muro, una DJ y un bailarín. También tendrá un acordeonero, un joven que lee, un deportista y una profesora.
"El mensaje de mi silleta es el tema social de los combos y las bandas de Medellín porque queremos unas bandas totalmente distintas: de músicos, de deportistas, de personas que aporten al conocimiento", explica este comunicador social de la Universidad Cooperativa de Colombia que actualmente trabaja con el programa de Planeación Local y Presupuesto Participativo de la Alcaldía de Medellín.
Vive con toda su familia en la vereda El Placer de Santa Elena y todos los días baja a trabajar a Medellín. Dice que prefiere hacer ese viajecito diario porque "no he querido abandonar estas tierras" y porque, de alguna manera, la ciudad lo asfixia.
Martín ya lleva 25 días armando la estructura, haciendo los muñecos en icopor y pegándole las siemprevivas moradas que dan forma a los ladrillos del mencionado muro de barrio. Pero realmente lleva dedicándole tres o cuatro meses, desde que se sentó con toda la familia a planear su silleta y las otras siete que desfilarán su papá y su mamá (silletas monumentales), su hermano y tres tíos (emblemáticas) y un sobrino (en la categoría infantil).
En total son ocho silletas las que exhibirán los Atehortúa, una de las familias silleteras de más tradición en Santa Elena. El abuelo Agustín, fallecido hace 24 años, fue uno de los fundadores del Desfile, hace ya 53 años.
Fue él quien les enseñó a todos los hijos y Martín aprendió de su papá, que también se llama Martín. "Él me cuenta que cuando yo tenía seis años le ayudaba a armar las silletas, pero en realidad eran más las flores que le dañaba. Mi papá se quedaba callado y las arreglaba. Siempre me dejaba dañar las flores y nunca me regañó", recuerda el joven de 27 años, quien desde hace diez participa en el Desfile y el año pasado quedó de finalista.
"Con todo esto siento mucho orgullo, ¡me apasiona tanto! No como, no duermo, no existe novia, nada para mí. Afortunadamente todos mis amigos vienen y me conversan mientras hago la silleta", dice.
Su casa, de hecho, es una de las más visitadas por estos días. Mientras su hermana Clara, sentada en el piso, pega con sacol las vira viras y con silicona líquida las araucarias de una silleta comercial, varios turistas que curiosean por la casa la observan y hasta le hacen recomendaciones: "Oiga mija, usted sí debería taparse la nariz con algo porque ese sacol le puede hacer daño", le dice una señora.
Clara se ríe y el plato del almuerzo a su lado está a punto de mosquearse. Es que ella es igual de apasionada como su hermano y se le olvida comer. Así seguramente son todos los Atehortúa, los Londoño, los Sánchez y las demás familias que reúnen a los 503 silleteros de Santa Elena, según cálculos de Martín, quien seguro se trasnochará este sábado para terminar su obra de arte.
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