Recuerdo haber leído hace ya muchos años un artículo de Mario Benedetti titulado " Ética de amplio espectro ", del que tomé algunas notas que guardo en mi cuaderno de bitácora y que quisiera compartir con los lectores, ya que pueden iluminar un poco el dilema que a diario nos acecha en Colombia.
Tras recordar que tanto la etimología latina de la palabra "moral", como la raíz griega de donde viene "ética", tienen que ver con las costumbres, se pregunta si el cambio de éstas implica también una alteración de los valores éticos y morales de una sociedad. Y advierte cómo, aunque subsistan presupuestos éticos que han sobrevivido a través (y a pesar) de las ideologías y los regímenes más diversos, sin embargo, "de un tiempo a esta parte, la liturgia del consumismo, pero sobre todo la desmesura y la acumulación internacional de capitales, así como la relativa impunidad con que éstos crecen y se multiplican, han ido implantando nuevas costumbres y, en consecuencia, nuevas doctrinas relacionadas con las mismas. O sea, si nos atenemos a la vieja definición, han elaborado otra noción de la moral y de la ética".
Y añade más adelante: "Cada macroeconomía supone una macroética. Un dogma neoliberal (o neoconservador, da lo mismo), por supuesto no escrito, consentidor y furtivo, va ensanchando paulatinamente y de alguna manera legitimando los estratos de prevaricación. Las antiguas severidades y exigencias quedan como reliquias del pasado. En todo caso, son confinadas a la microética del individuo, de modo que éste se vaya haciendo cargo, día tras día, del sombrío porvenir que aguarda a la obsoleta profesión de la conciencia".
Benedetti enfila su análisis al fenómeno de corrupción que recorre el mundo. Centrémonos para nuestro caso (que también está aquejado de corrupción hasta los tuétanos), en la situación colombiana.
El poder económico y el poder político, y el poder de la subversión y el de la violencia y el de la delincuencia -cualquiera que sea la frontera desde donde se ejerzan- borran o tergiversan las fronteras de la ética para justificar las arbitrariedades en las que se apoyan. O para ocultar las deshonestidades que exigen o con las que conquistan las conciencias individuales, eso que estamos llamando la microética.
Aunque teóricamente no todo está permitido, todo a la larga puede ser justificado. Maquiavelismo puro. El fin justifica los medios. Agache la cabeza, o levántela mendazmente con la sonrisita cómplice con que se disimula el soborno, pero acepte que sus escrúpulos, su conciencita, esa "obsoleta profesión" de ser honestos, no les interesan a los jerarcas de las diversas macroéticas. Si acaso, guarde su microética en un doblez del alma, porque a la larga, su heroísmo no pasará de ser una "muertecita (o micromuerte)", como la califica Benedetti, perdida en el eterno desconsuelo de la impunidad.
Analice la realidad nacional, tan cargada de noticias esta semana, y verá que en el fondo de todas ellas (como la apresurada y errática búsqueda de solución a la crisis de las EPS, o la propuesta inconsulta de volver informantes y colaborantes pagados a los estudiantes de nuestros barrios, o el asfixiante tejemaneje político de cara al referendo y la reelección), a lo que nos estamos viendo abocados, como siempre, es a la lucha desigual de la microética contra la macroética.
Mire y verá que por ahí puede estar la clave de este desmoronamiento de valores que estamos sufriendo. Bueno, lo piensa uno desde la soledad de su conciencia acribillada. ¿O arrodillada?
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