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La contrariedad de las edades

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
16 de noviembre de 2010
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"Ningún hombre sabio ha querido nunca ser más joven", decía el escritor irlandés Jonathan Swift, quien murió en 1745 a una edad viejísima entonces, 78 años.

Si el creador de Gulliver viviera hoy, no sabría dónde poner el prurito de juventud que abruma al mundo.

Hoy nadie está a gusto en la edad que tiene. Todos la padecen. Los bebés chillan delante de sus padres para reclamarles por su indefensión.

Los niños no tienen tiempo para serlo y apresuran sus modales. Los adolescentes se irritan porque no acceden a las ventajas ensoñadas de los adultos.

Los jóvenes desesperan por su falta de experiencia e inventan falsos currículos para conseguir trabajo.

Los adultos tiemblan cuando el calendario indica que deben 'subir de piso', del tercero al cuarto y al quinto. Los sexagenarios comienzan a serlo desde los cuarenta, estación en que nadie les da un empleo.

Es a esta altura cuando se corrompe la sentencia de Swift: todos quieren ser más jóvenes. Si el cuerpo acusa la devastación de la piel, del pelo y de la posición erguida, se falsea la realidad con el argumento de la juventud del alma. Como si el espíritu viviera en una edad más lenta que el organismo físico.

Nadie envejece por partes. Nadie se hace viejo con más tardanza que sus contemporáneos. El elíxir de la eterna juventud es una quimera de la que se ríen los dioses.

Sí hay una diferencia que separa a unos vivos de otros. Es la manera como se vive. No es la acumulación de años la que castiga al hombre, es el ademán con que los ha atravesado. De ahí que cada cual acuse en sus rasgos el trajín con que ha castigado sus días o el vigor con que los ha habitado.

Pero viejos, todos nos vamos volviendo viejos, no únicamente las cédulas de ciudadanía.

El transcurso acumulado de lustros y décadas es una medida inescapable. Si es de sabios no querer ser más joven, es de estúpidos aparentar serlo.

El combate contra las señas del tiempo está de antemano perdido. Perdido para el cuerpo, perdido para el alma, simplemente perdido.

Así las cosas, valdría más indagar por las excelencias de cada edad, no sea que por aborrecerlas todas, se pierda cada vez el instante irrepetible.

Hay jóvenes plenos y jóvenes cínicos, hay viejos agrios y viejos vehementes. La calidad de las estaciones no es asunto de aritmética sino de intensidad.

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