David Kilcullen estuvo de gira por unidades militares colombianas la semana pasada. Algunos medios registraron su visita. El Ministerio de Defensa celebra la misión como parte de su estrategia propagandista.
Kilcullen es un reconocido experto en contrainsurgencia y estrategia militar en guerras irregulares. Después de retirarse como teniente coronel del Ejército australiano, sirvió como asesor de Condoleezza Rice, entonces Secretaria de Estado en el gobierno de George W. Bush, y del general estadounidense David Petraeus, en el contexto de la guerra en Iraq entre 2007 y 2008.
Kilcullen ha sabido vender su visión de los conflictos modernos. Escribe libros populares sobre guerras irregulares y vende servicios para que sus clientes "puedan navegar en ambientes complejos".
Su visita estuvo calificada por una dosis de triunfalismo criollo. Se anunció, antes de la misión, que el experto presentaría el caso colombiano como un éxito en la lucha contra grupos armados ilegales, en el próximo evento del Diálogo Tswalu, un foro sobre asuntos africanos que se lleva a cabo en Sudáfrica.
Kilcullen utiliza algunos casos de América Latina y el Caribe en sus libros. Por lo general se refiere a San Pedro Sula, Honduras, para dar el ejemplo de una ciudad a la cual hay que tenerle miedo. La califica como un ecosistema de violencia, saturado, que no puede absorber o metabolizar los insumos de drogas, dinero y migraciones que ingresan. En la región, se pega también del caso jamaiquino para ilustrar el caos generado por bandas criminales y salta, de vez en cuando, a los horrores de la vida en las favelas brasileras.
En su último libro, Out of the Mountains (2013), Kilcullen cautiva al lector con anécdotas de Mogadiscio, Mumbai y diversas localidades de Afganistán. Entreteje redes terroristas con la precariedad de la vida urbana en las ciudades ubicadas en litorales y presenta todo en clave de biología simplificada para que el lector concluya que el mundo está involucionado y que la enfermedad nos carcome. Pinta un futuro de ciudades salvajes.
Las referencias a Colombia son escasas. Kilcullen ha construido una visión rosa sobre la contrainsurgencia en Colombia; aparentemente no le preocupan las graves violaciones cometidas en el marco de este esfuerzo bélico.
No comparto el enfoque de Kilcullen, entre muchas razones, porque mezcla todo con todo para demostrar el caos (por ejemplo, pandillas centroamericanas con Hezbolá y talibanes), introduce la noción de combate a riesgos difusos como el objetivo de las guerras futuras, y su aproximación a los problemas urbanos (al menos en América Latina) desconoce que, durante décadas, las voces críticas de la sociología, la psicología y la criminología han buscado alternativas al uso de la fuerza para responder a problemas sociales. Además, su proyección de ciudades salvajes está en función de su negocio de consultoría, no de la ciencia o del conocimiento.
No obstante, reconozco que Kilcullen tiene mucho peso en la difusión de pautas que rigen el sector público de la seguridad. Resalto, por lo tanto, dos de sus conclusiones, esperando que, en medio de la celebración del "caso colombiano", no se pierdan de vista. Primero, las "soluciones" militares tienen repercusiones destructivas y no deben ser vistas como soluciones de los problemas urbanos del futuro. Segundo, los gobiernos deben asegurar servicios sociales, desarrollar infraestructura, y garantizar el estado de derecho en las zonas de periferia y marginales. Soluciones concretas, sin componente militar.
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