"La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno", afirma el Concilio Vaticano II. Principio fundamental que algunos prelados de la Iglesia Católica colombiana suelen olvidar.
Este diario, definido como un medio de comunicación cristiano seguidor de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, está convencido de la necesaria separación entre las iglesias y el Estado. Las primeras deben satisfacer las exigencias espirituales y humanas de sus fieles, mientras que la comunidad política busca el poder temporal para actuar.
La Iglesia Católica no tiene competencia para intervenir en la estructura del Estado, ya que respeta la legítima autonomía del orden democrático, pero no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional. Y mucho menos tiene la Iglesia el poder para expresar preferencia por una u otra propuesta institucional o constitucional.
Ningún sacerdote debe usar el púlpito para valorar los programas políticos de un candidato o gobernante determinado, o analizar si convienen o no la elección o reelección.
La actividad de la Iglesia no puede ser política ni confundirse con una institución proselitista. Por desgracia, la historia remota y reciente da cuenta de guerras y violencias originadas o atizadas en los sermones y declaraciones públicas, y bautizadas en algunas ocasiones bajo el erróneo apelativo de "guerras santas". ¡Cuánto dolor y absurdo para la humanidad!
Somos conscientes también de que la recíproca autonomía de la Iglesia y la comunidad política, no excluye la colaboración entre ambas, pero cada institución debe actuar en su campo, sin interferir ni tocar los predios del otro.
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