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18 de agosto de 2010
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Éramos solo niños que jugueteábamos libres, sin descanso. Felices, teníamos casi todo: el cuidado de nuestros padres y la posibilidad de agotar las horas, pues vendría otro día, enterito, para derrocharlo con amor, la única riqueza que no compraba el dinero, que no teníamos. Trepábamos como gatos a los árboles, perseguíamos con esperanza a los pájaros, subíamos en busca del balón a los tejados. La intensidad de los juegos, solo podía ser suspendida, por los dulces y sincronizados llamados a la hora del almuerzo, de mi mamá y las de todos los amiguitos.

En la tarde, sin cita previa, retornábamos todos con la inconsciente puntualidad que exige la necesidad de llegar al lugar, donde se es infinitamente feliz.  No repetíamos juego, los de la tarde eran distintos a los de la mañana y a los de los días previos. Avanzada la tarde, abría la puerta doña Mariela, quien desnudaba para nosotros una dulce sonrisa, mientras sostenía en sus fuertes brazos una bandeja que soportaba limonadas y galleticas de vainilla.  Corriendo, en segundos, como abejas, todos estábamos rodeando a doña Mariela. Nunca sobraron galletas.

Al caer la noche, nos negábamos a aceptar que todo había acabado. No solo era injusto dejar los amiguitos en medio del éxtasis de otro día perfecto, sino que entendíamos que la noche nos traía mucha amargura. Cuando estábamos en casa, escuchábamos llegar borracho a don Gildardo, el esposo de doña Mariela, quien sin ninguna compasión la insultaba y la golpeaba. Los domingos, don Gildardo, como si nada, sin ninguna vergüenza, pasaba por cada casa repartiendo sonrisas e invitando a los niños de paseo en un viejo Toyota 72, el único carro del barrio.

Ayer, cuando el cantante reguetonero venezolano Hugo Chávez llegó a Santa Marta con la chaqueta de Daddy Yankee, entendí por qué mi madre odiaba tanto a don Gildardo, que nunca le abrió la puerta los domingos.

Ese recibimiento de héroe, con tapete rojo, diplomáticos, militares, periodistas y madres que dejan levantar sus niños del dictadorzuelo, es el que después se traduce en desplantes de la comunidad internacional. ¿Cómo quejarnos luego ante la OEA o la ONU, de no atender nuestros reclamos?

Al contrario de Ecuador, que lleva dos años poniéndosela difícil a Colombia para normalizar las relaciones, luego de la muerte de Raúl Reyes, los colombianos somos fáciles, no tenemos dignidad, preferimos aplicar la de doña Mariela: nochecita de sexo con el marido infiel y borracho, que exigir respeto.

 Pobres empresarios, militares y habitantes de la frontera. Pobre ex presidente Álvaro Uribe. Preferimos no dejar moneditas en la mesa, que resolver los problemas de fondo.

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