Avilés Hurtado Herrera sueña con que el oro que no pudo encontrar de chico en las minas de Timbiquí le brille en Nacional.
Olvidar las orillas del río de su pueblo natal, donde de niño buscaba las láminas doradas, es imposible para este volante caucano. En ellas pasó gran parte de su infancia. Su padre Arman murió allá tratando de conseguir el sustento diario.
Ese futuro que no alcanzó a darle su progenitor cuando perseguía, con sus manos, el precioso metal es el que comenzó a construir Avilés con sus pies. "Me tocó ayudarle a mi familia como minero y por eso no tuve tiempo de jugar en los semilleros, aunque pateaba bien las pelotas rotas en el pueblo. Fue gracias a un tío que pude ilusionarme con el fútbol".
Asombrados por la explosión, técnica y su rapidez los cazatalentos convencieron a su tío de llevar a Avilés a Cali, donde, por primera vez, tuvo un televisor, ya que en su casa nunca hubo con qué comprarlo. Fue allá donde empezó a brillarle la vida, porque el título de la Primera C se convirtió en una especie de visa para llegar al Dépor de la B y luego al América, en el que sobresalió con chispa, velocidad y técnica.
Cuatro años después de llegar a Cali sólo con un par de zapatos, Hurtado Herrera parece protagonizar una novela con un desenlace feliz. "Ahora también tengo obligaciones en la cancha, pero me divierto en ellas, a diferencia de niño cuando me tocaba soportar lo duro de la minería".
Su trabajo en la actualidad es dominar el balón, entregárselo limpio a sus compañeros o rematar con la ilusión de conseguir el gol.
Su nueva meta también es "explotar esta minita del fútbol para aportarle a Nacional, equipo en el que me siento muy cómodo, porque es una gran institución, cuenta con excelente hinchada y tiene con qué pelear cosas grandes".
Ya no tiene que buscar oro como en su niñez. Ahora, Avilés Hurtado trata de construir un buen presente que le permita a él y su familia asegurar un mejor futuro ahora que está por llegar su primer hijo.
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