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La ruta del jaguar en Magdalena Medio: así es el fascinante rastreo de siete felinos que se adaptaron a un terreno hostil

Un proyecto de monitoreo y conservación logró en diez años reconstruir la compleja historia de siete jaguares y hallar nuevas pistas para proteger la especie. Trabajan para lograr turismo de avistamientos.

  • Pipatón, el macho alfa que domina las microcuencas de El Zarzal y la Vizcaína, en el Magdalena Medio, caminando entre cultivos. FOTO: CORTESÍA ESTACIÓN BIOLÓGICA JAGUAR IPACARAI
    Pipatón, el macho alfa que domina las microcuencas de El Zarzal y la Vizcaína, en el Magdalena Medio, caminando entre cultivos. FOTO: CORTESÍA ESTACIÓN BIOLÓGICA JAGUAR IPACARAI
  • La reina Jessy fue registrada en cámaras trampa entre 2017 y 2024. Se estima que superó la esperanza de vida silvestre para los jaguares que apenas llega a los 12 años en promedio. FOTO CORTESÍA CUIDAR LA VIDA
    La reina Jessy fue registrada en cámaras trampa entre 2017 y 2024. Se estima que superó la esperanza de vida silvestre para los jaguares que apenas llega a los 12 años en promedio. FOTO CORTESÍA CUIDAR LA VIDA
  • Huella de Pipatón vista entre cultivos de palma de aceite el pasado 20 de enero de 2026. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Huella de Pipatón vista entre cultivos de palma de aceite el pasado 20 de enero de 2026. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  • La Estación Biológica Jaguar Ipacarai está destinada, principalmente, para que el felino se mueva sin amenazas y, además de esto, para investigaciones de biodiversidad en la medio de un húmedo y agreste parche de bosque. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    La Estación Biológica Jaguar Ipacarai está destinada, principalmente, para que el felino se mueva sin amenazas y, además de esto, para investigaciones de biodiversidad en la medio de un húmedo y agreste parche de bosque. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
hace 1 hora
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La reina jaguar se dejó tomar una foto por primera vez el 11 de junio de 2017. El profesor Jhon Mario Flórez Salazar fue quien atendió la desesperada llamada en la que le alertaban que un felino enorme merodeaba y cazaba hacía meses en una finca de búfalos a unos 25 kilómetros de Barrancabermeja. Sin perder tiempo, reunió a un grupo de estudiantes del Instituto Universitario de la Paz y los llevó a instalar cámaras trampa a la zona, hasta que una de éstas capturó la imagen que desataría una pequeña revolución en el corazón del Magdalena Medio santandereano.

Era una jaguar hembra madura, con una musculatura ostentosa, saludable y confiada. Ahora tenían que convencer a productores, vaqueros y habitantes de la zona de que era posible convivir con el jaguar; tenían que evitar que terminara asesinada como miles de felinos en el país, todo por conflictos evitables con el trabajo adecuado, voluntad y sentido común.

Jhon Mario, un biólogo que trabajó en Parques Nacionales, había regresado a su natal Barranca para formar a futuros investigadores. Pero había un ruido que no lo dejaba en paz.

—Yo pensaba, y se los decía a mis colegas y estudiantes: “estamos acá sentados en un salón hablando de biodiversidad, de sostenibilidad, mientras a escasos kilómetros de aquí matan todos los días jaguares por conflictos felino-humanos, mientras desaparece lo poco que queda de bosque. Si no hacemos algo en ese mundo real, lo que enseñemos acá vale muy poco”.

A esa hembra alfa el profesor Flórez la nombró Jessy, en honor a su estudiante Jéssica Castrillón, quien lo impulsó a crear la fundación Cuidar La Tierra para intentar hacer ese “algo” que él urgía, para librar las peleas en el Magdalena Medio real: metidos en el monte, con el barro hasta el cuello en las ciénagas, con las suelas gastadas y con las manos callosas de recorrer y tocar puertas en veredas y fincas. Jessica murió de cáncer cuando apenas nacía ese proyecto, cuando los registros que se acumulaban en las cámaras anticipaban que algo mucho más grande que un simple monitoreo se avecinaba para la naciente fundación.

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Las rosetas del Jaguar, esas manchas que danzan con el movimiento hipnótico del felino más grande de Sudamérica, equivalen a las huellas dactilares de los humanos; no hay ninguna igual a otra. Por eso, aislando esos patrones de manchas, los investigadores pueden saber con los registros de las cámaras trampa la identidad del jaguar. Y por eso supieron que la reina Jessy no estaba sola, su pareja la acompañaba. A ese macho alfa lo bautizaron Luka los niños de las veredas a los que la fundación educaba sobre la biodiversidad local. Luka y Jessy no tuvieron problema incluso en aparearse frente a las cámaras. Se las arreglaban para prosperar. Empezaron a frecuentar la finca porque detectaron que los vaqueros permitían que los búfalos pequeños y los vulnerables deambularan solos cerca al caño y en zonas marginales del predio que los felinos recorrían cada día. No persiguieron nunca al ganado, pero una mala práctica humana los puso ante una oportunidad que su instinto les impedía rechazar.

La reina Jessy siguió dominando las microcuencas de las quebradas El Zarzal y la Vizcaína, lucía su vientre embarazado mientras la fundación avanzaba en su tarea de convencer a finqueros de mejorar sus sistemas productivos y educaba en escuelas y veredas erradicando mitos sobre la presencia del felino. Pero a mediados de 2020 Luka dejó de aparecer en las cámaras, pasaron seis meses hasta que el profesor Jhon Mario, apoyado en la confianza que logró tejer con tres años de trabajo de campo, logró sacar la verdad que ocultaban en la zona: Luka había sido asesinado por vaqueros o cazadores amparados en la excusa de unos ataques a ganado cuyas verdaderas causas ya habían sido explicadas.

Jessy resistió. En 2022 se dejó ver con el nuevo alfa, Balám, (así llamaban los mayas al jaguar al que consideraban protector de la agricultura y garante del equilibrio natural). Ante los lentes de las cámaras aferradas a árboles y cercas fue mostrando su faceta como madre y su vejez formidable. Tenía cuatro o cinco años cuando la registraron por primera vez y año a año con su comportamiento, recorridos y actividad, entregó al equipo del profesor Jhon Mario información fundamental para entender la dinámica del Magdalena Medio. Fue su longevidad la que originó el interrogante clave que marcaría el futuro del proyecto: ¿cómo logró sobrevivir Jessy, alcanzar la frontera de la esperanza de vida de un jaguar en estado silvestre habitando una región cuya transformación del paisaje supera el 74% y donde desapareció ya el 55% de su hábitat y corredores?

La reina Jessy fue registrada en cámaras trampa entre 2017 y 2024. Se estima que superó la esperanza de vida silvestre para los jaguares que apenas llega a los 12 años en promedio. <b><span class=mln_uppercase_mln> </span></b>FOTO<b><span class=mln_uppercase_mln> CORTESÍA CUIDAR LA VIDA</span></b>
La reina Jessy fue registrada en cámaras trampa entre 2017 y 2024. Se estima que superó la esperanza de vida silvestre para los jaguares que apenas llega a los 12 años en promedio. FOTO CORTESÍA CUIDAR LA VIDA

A mitad de camino en un bosque hostil que no escatima en mostrar que la presencia humana allí debe reducirse al mínimo, el profesor Jhon Mario mira hacia atrás y mientras se seca el sudor con esfuerzo recuerda que nos estamos adentrando en ese parche de bosque que parecía insignificante en la imagen satelital que vimos el día anterior, sentados en una oficina, consentidos por el aire acondicionado que mantiene a raya la humedad sofocante del Magdalena Medio.

Para llegar a ese bosque hay que pasar por las extensiones de cultivos de palma de aceite de la finca San Isidro, uno de los lugares en Colombia con mayor cantidad de registros de la presencia del jaguar a través de imágenes, videos y huellas.

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Al igual que en 2017 en la finca La Bufalera, el profesor y su fundación llegaron en 2023 a la finca San Isidro para intentar ofrecer soluciones que evitaran otra tragedia, después de registrarse tres ataques a pequeños búfalos. El esclarecimiento de esos ataques prolongó de paso la saga familiar que comenzó con Jessy y reveló el interrogante que había surgido con la longevidad de la reina jaguar.

Los registros hasta 2023 indicaban que Jessy había parido a Eireté, un macho que siendo muy joven siguió en solitario su proceso de dispersión hacia otras zonas. Pero, hasta donde sabían, Balám seguía siendo el alfa de la microcuenca El Zarzal. Eso acabó en noviembre de 2023 cuando apareció Pipatón (nombrado así en honor al gran cacique Yariguí que detuvo durante años el avance de los españoles en el Magdalena Medio). Pipatón, un descomunal macho adulto, pasó de la microcuenca de la Vizcaína hacia el otro lado, El Zarzal, y no tuvo problema en desplazar a Balám para apoderarse de todo ese territorio.

Infográfico
La ruta del jaguar en Magdalena Medio: así es el fascinante rastreo de siete felinos que se adaptaron a un terreno hostil

Mientras se desataba una pugna entre Balám y Pipatón por el control del corredor, Jessy se replegó, pero en sus últimos registros en 2024 mostró un estado sano a pesar de su vejez. Y en agosto de 2024 hizo su debut ante las cámaras trampa dentro del predio otra descendiente de Jessy, Yarima (en honor a la esposa del cacique Pipatón), la nueva hembra alfa.

A pesar de tener un creciente hato de búfalos, ovejos, cerdos y decenas de trabajadores moviéndose entre ganado y palma, los dueños de la finca no vieron nunca la presencia de la ‘familia’ de jaguares como una amenaza, sino como un privilegio fascinante.

La finca, propiedad de Agroinversiones Ipacarai, pertenece a una de las familias pioneras en la producción de palma de aceite en el Magdalena Medio desde la década de 1980. Su segunda generación conformada por tres hijos diversificó el negocio apostándole a la ganadería y agricultura regenerativas: organizaron el ganado por cuadrillas y comenzaron a rotar el pastoreo para darle tiempo al suelo de recuperarse; les suministraron mejor alimento con plantas forrajeras benéficas para los suelos que crecen intercaladas con los cultivos intensivos; resguardaron los cuerpos de agua y zonas inundables; y propiciaron a los animales de producción la piedad de la sombra con la misma palma de aceite. En simultáneo, facilitaron la salud de los cultivos con las heces del ganado enriquecidas por las forrajeras consumidas repletas de nutrientes como el nitrógeno, potasio y fósforo, claves para mejorar la fertilidad de los suelos.

Huella de Pipatón vista entre cultivos de palma de aceite el pasado 20 de enero de 2026. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
Huella de Pipatón vista entre cultivos de palma de aceite el pasado 20 de enero de 2026. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA

También prescindieron de los agroquímicos, lo que permitió que la fauna y los bichos de toda índole vivan y se muevan por toda la finca manteniendo un equilibrio ecosistémico que, aunque tal vez imperceptible, repercute concretamente en la productividad.

Con apoyo de la fundación, la finca puso fin a los incidentes con los jaguares mejorando sus prácticas en el manejo del ganado: fortalecieron cerramientos con cercas solares y mantienen a los animales reagrupados y vigilados en todo momento. También ratificó otras medidas como la prohibición total de caza, de manera que los jaguares no tengan problema en conseguir sus presas naturales como chigüiros, babillas o zainos, con lo cual pierden interés en el ganado. Pero, además de solucionar los incidentes, Gustavo Adolfo Gutiérrez Jaimes, uno de los tres hijos, se obsesionó irremediablemente con el jaguar en medio de ese proceso de aprendizaje.

—Cuando entendí de la mano del profe Jhon la verdadera importancia del jaguar, y lo que significaba que estuvieran en nuestra finca, se despertó en mí un propósito de vida, un llamado a dedicarme a la conservación de esta especie y a proteger su ecosistema.

El Magdalena Medio es un tramo vital para que la gran autopista natural por la que se mueve el jaguar desde la selva Maya hasta Argentina siga fluyendo. Las poblaciones de jaguares entran por el Darién a Colombia, se van hacia el Pacífico o cruzan el Nudo del Paramillo y trepan la Serranía de San Lucas para subir hasta la Sierra Nevada de Santa Marta o hasta llegar al Valle Medio del Magdalena, y pueden seguir su camino hacia la Orinoquía, Amazonia y más al sur.

Jhon Mario dice que el jaguar es la piel del agua. Una figura poética que contiene una explicación clave: este felino necesita de lagos, ríos y humedales para cubrir las grandes distancias que requieren para vivir. La disponibilidad de agua está condicionada por el estado de los bosques, es decir, de que haya suficientes árboles y plantas que retengan el agua. El jaguar, como otros depredadores, se encarga de mantener las cosas en orden, por ejemplo, que las poblaciones de herbívoros silvestres no crezcan tanto al punto de poner en jaque la disponibilidad de plantas necesarias para mantener los suelos sanos y aptos para absorber el agua. Una finca productiva sin agua no vale nada, y en tiempos de sequía la humedad que provee un bosque, incluso siendo un pequeño parche en medio de potreros, es capaz de saciar la sed de cultivos y animales; es capaz de sanear los suelos con los nutrientes de la hojarasca.

Gustavo y Jhon Mario descubrieron que un pequeño parche de bosque que se mantuvo intacto por un hecho fortuito fue el que le permitió a Jessy tener una vida larga y a los demás jaguares crecer y asentarse en la zona a pesar de sortear todos los días las amenazas de atravesar potreros enormes en ese paisaje tan transformado.

Parte de un predio contiguo a la finca San Isidro, que estaba destinado a convertirse en un potrero productivo más, terminó siendo un relicto de bosque con un extenso caño y decenas de especies nativas de flora por cuenta de una pelea entre otros dos vecinos por una servidumbre que finalmente dejó sin acceso a ese terreno por más de 15 años. Ese pedacito de monte fue desde el principio el refugio de Jessy y lo ha sido en estos años para todos los jaguares conocidos en la microcuenca.

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Al conocer la historia, el profesor Jhon Mario se empecinó en convencer a los propietarios de ese predio de que se unieran al proyecto de conservación del jaguar y la gestión del paisaje del Magdalena Medio, una combinación de investigación científica, mejores prácticas productivas, educación ambiental y apertura de nuevos modelos económicos como el turismo regenerativo.

Los propietarios aceptaron no solo venderles ese pedazo a un plazo de cinco años para pagarlo sino que donaron el 30 por ciento del mismo. La fundación Cuidar La Tierra y la empresa Ipacarai se unieron para adquirirla y en noviembre de 2024 se inauguró allí la Estación Biológica Jaguar Ipacarai, el primer centro de conservación e investigación del jaguar y otras especies nativas en el Magdalena Medio.

Para pagar esa pequeña selva y mantenerla blindada como el hogar de los jaguares, han echado mano de todas las estrategias posibles, como las compensaciones, esquemas con los que las empresas cumplen su obligación de neutralizar sus emisiones de gases de efecto invernadero financiando proyectos que protejan bosques. También le apuestan a los esquemas colaborativos con los que personas y empresas pueden donar desde un metro cuadrado en adelante, y convertirse en dueños simbólicos de esas parcelas que pueden monitorear por GPS año tras año, para comprobar cómo han ayudado de manera concreta a salvar el hábitat de los jaguares.

La Estación Biológica Jaguar Ipacarai está destinada, principalmente, para que el felino se mueva sin amenazas y, además de esto, para investigaciones de biodiversidad en la medio de un húmedo y agreste parche de bosque. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
La Estación Biológica Jaguar Ipacarai está destinada, principalmente, para que el felino se mueva sin amenazas y, además de esto, para investigaciones de biodiversidad en la medio de un húmedo y agreste parche de bosque. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA

Alentado por la materialización de la Estación Biológica y el ejemplo de adaptación que dieron los jaguares, el profesor Jhon Mario redobló la apuesta:

—La matriz del Magdalena Medio es complejísima: primero estaba la capa vegetal intacta hasta hace 200 años, donde prosperaron el jaguar, el manatí, las especies nativas. Luego aparecieron los colonos que arrasaron la selva para construir sus enormes fincas ganaderas; después apareció el petróleo; luego los cultivos de palma y caucho prolongaron la deforestación y degradación de los suelos. Y, a pesar de todo eso, aquí siguió el jaguar. Aprendió a replegarse en los parches de bosque, a moverse entre potreros intentando no perturbar a los humanos, al contrario, arreglándoselas para proveer el equilibrio ecosistémico del que se beneficia todo el mundo. El jaguar se adaptó, los que no nos hemos adaptado somos nosotros. Intentar responder el interrogante de cómo nos adaptamos mientras producimos es lo que nos llevó a querer ampliar el proyecto.

Así nació el Triángulo de la Vida. Para tener un futuro viable, un pequeño grupo disperso conformado por un alfa y dos hembras y un par de crías necesitan más de 10.000 hectáreas. Así que la fundación trazó un área de 14.000 hectáreas delimitadas por las rutas del Sol y del Cacao. Una década analizando datos, estudiando el comportamiento de estos jaguares, les permitió concluir al biólogo y su equipo que era indispensable trazar una red de protección de las microcuencas de El Zarzal y la Vizcaína, no solo en beneficio del jaguar sino del agua que alimenta a la ciénaga de San Silvestre que abastece a todo Barrancabermeja.

Con El Zarzal protegida con la Estación Biológica, correspondía entonces encontrar una estrategia para lograr lo mismo en la Vizcaína. En este punto de la historia tomó protagonismo la finca El Diviso, tierra de ganado bovino y bufalino. La finca, perteneciente a la Agropecuaria La Restauración –empresa de propietarios antioqueños– quedó en 2022 dentro del polígono del Distrito Regional de Manejo Integrado del Humedal San Silvestre –entre Barrancabermeja y San Vicente de Chucurí–, una figura de área protegida que zonifica y combina sitios para la conservación de biodiversidad y ecosistemas con zonas de producción sostenible, de acuerdo a su función ambiental y vocación de suelos. El problema para El Diviso fue que quedó dentro de la zonificación para restauración y preservación ecológica, mejor dicho, le tocó sacar el ganado.

Los propietarios le propusieron a la fundación adquirir la finca. Pero estaba fuera de su alcance. El biólogo hizo una contrapropuesta: convertirla en el Ecoparque Cacique Pipatón. La propuesta consiste en blindar otra “casa” en la que pueda refugiarse Pipatón y la manada, al tiempo que la matriz productiva se transforma, ya no como finca ganadera sino como banco de biodiversidad, es decir, que las empresas paguen para cuidar ese hábitat como parte de su mitigación de huella de carbono e impacto ambiental. También planea reconvertirla hacia el turismo regenerativo. Tras dos años de viajes y reuniones, de ajustes de propuestas y negociaciones, los propietarios y la fundación llegaron a ese acuerdo.

Tocando puertas, Jhon Mario logró que la Nacional de Chocolates donara 50.000 plántulas como punto de partida para comenzar un proyecto de cacao orgánico y que la Corporación Autónoma de Santander donara un vivero para restaurar el predio con especies nativas, el cual será manejado por mujeres de la zona.

En el Triángulo de la Vida hay 200 fincas, con todas ya la fundación estableció contacto para proponerles un modelo similar.

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En septiembre de 2025, después de meses sin obtener noticias y con la sensación cada vez más latente de que su historia había terminado, Balám volvió a caminar frente a una cámara trampa. Rengo y tuerto, seguro por la pelea con Pipatón por el poder, retomó su trasegar por el corredor de El Zarzal en lo que pareció ser una tregua felina pues el derrocado alfa ha marcado registros que coinciden en hora y fecha con los de Pipatón y la princesa Yarima.

Y cuando el profe Jhon Mario, Gustavo y la comunidad en zona todavía estaban sorprendidos por la vital terquedad de Balám y la tranquila prosperidad de Pipatón y Yarima, la vida se amplió. El 22 de noviembre de 2025, a las 3:03 de la madrugada, Yarima pasó por uno de los cruces que más utiliza la manada para moverse dentro de Ipacarai, a su lado, con paso juguetón cruzó Magdalena, su cría. La joven hembra, que tenía unos 15 meses en ese momento, se convirtió en la evidencia de que los jaguares de la zona alcanzaron la tercera generación en una década de monitoreo y conservación.

Para los habitantes del sector, la importancia del nacimiento de Magdalena fue más allá de la simple emoción por su registro en cámara, fue la evidencia de la revolución silenciosa que se puso en marcha el corazón del Magdalena Medio santandereano. El año pasado, con el liderazgo de Ipacarai y Cuidar La Tierra, 300 estudiantes de 15 colegios de Barranca, Puerto Wilches, Puente Sogamoso, San Pablo, Cimitarra y Sabana de Torres culminaron el taller sobre Biodiversidad en el que se convirtieron en exploradores tras el rastro del jaguar; aprendieron a tomar huellas, a instalar cámaras trampa y acerca de la importancia de los depredadores en sus vidas cotidianas.

La profesora María Robinson Cala Rey, cuya familia lleva casi un siglo trabajando el campo con ganado, dice que aunque a simple vista parezcan pequeños, en la cotidianidad de las veredas están surgiendo cambios significativos.

—Culturalmente la cacería de las presas que consume el jaguar era algo muy arraigado, y aunque sigue presente, se ha ido erradicando por iniciativa de las propias familias, por el voz a voz en las veredas. Uno ve que los niños llegan a la casa y le argumentan a los papás por qué hay que cuidar al jaguar o al manatí. Ve uno a trabajadores de las fincas que llegan a la casa a contar que vieron al animal, a un tigrillo o a otro felino y que nada pasó, que reportan el avistamiento a personas como el profe Jhon. Y también ve uno a finqueros, incluso gente de generaciones más viejas, que callados y por voluntad propia cambian sus prácticas con el ganado: los vigilan mejor, con mejores cercas, para evitar problemas con el animalito. Y uno dice, ‘bueno, algunas cosas sí están cambiando’.

Es un cambio que también está surgiendo en el seno del sector palmicultor, según Gustavo, quien dice que sus colegas que integran la nueva generación de productores en varios municipios piden pista en asambleas y entre sus propias empresas para replicar el modelo regenerativo en las fincas, o directamente para montar planes de conservación del jaguar y otras especies nativas. Es un trabajo largo y de avances lentos, apunta.

Este año Ipacarai y Cuidar La Tierra crearán el primer censo de jaguares del Magdalena Medio, un proyecto llamado Jaguar ID. Enfocándose en puntos estratégicos del río Magdalena y sus ramificaciones en caños y ciénagas principales, con una red de cámaras y monitoreo en jurisdicción de Barranca, Puerto Wilches, Sabana de Torres, Puerto Parra, Lebrija, Cimitarra, San Pablo (en Bolívar), y Puerto Berrío (Antioquia) buscarán establecer un robusto censo del felino que permita comprender sus tendencias poblacionales, áreas de uso, las amenazas que padece y las dinámicas ecológicas para la conservación a largo plazo.

El estado de las poblaciones de jaguares en Colombia es difuso. El Ministerio de Ambiente maneja desde hace ocho años un estimado de 16.000 individuos distribuidos, sobre todo, en el Pacífico, la Sierra Nevada, la Serranía de San Lucas, el Magdalena Medio, la Orinoquía y la Amazonia. En esta última región, en un corredor llamado Napo-Putumayo que conecta áreas protegidas de Colombia, Ecuador y Perú, se estima que se mueven 2.000 jaguares en buenas condiciones gracias a acuerdos de conservación de organizaciones gigantes como WWF y comunidades indígenas que se encargan directamente del monitoreo.

Pero el factor común es la falta de datos e investigación, entre otras cosas, porque los recursos escasean. Con poco más de $700 millones, Jaguar ID se propuso crear una base de datos única para la región estandarizando metodologías como la identificación de manchas; un banco genético con ADN tomado de manera no invasiva (muestras de heces, pelaje, saliva); y estudio de comportamiento.

Hasta ahora, los diez años de monitoreo y análisis de datos han permitido suministrar evidencias soportadas en ciencia al Sistema de Información Sobre Biodiversidad y a publicaciones internacionales. También ha impulsado colaboraciones de investigadores internacionales, el año pasado visitaron la Estación Biológica expertos en zoología y ecología de la universidad de Cambridge. La Estación Biológica, cuya única huella humana actualmente es una casa derruida de la fallida finca productiva, tendrá una sede que espera a los investigadores del país y del mundo que se le midan a la humedad, los bichos incansables y las inclemencias de los últimos reductos de bosque tropical del Magdalena Medio para hacer investigación de largo aliento sobre fauna y botánica.

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La ruta del jaguar en Magdalena Medio: así es el fascinante rastreo de siete felinos que se adaptaron a un terreno hostil

El año pasado Gustavo, guiado por esa obsesión que brotó en él hace dos años, viajó para conocer Pantanal, en Brasil, la región con mayor concentración de jaguares en el planeta. Según WWF, de los 173.000 jaguares en estado silvestre que existen, más de 7.000 habitan en el humedal de agua dulce más extenso del planeta con una superficie que podría superar los 340.000 kilómetros cuadrados, más grande que el Reino Unido y que estados gringos como Nueva York y Florida combinados.

Pantanal pasó en poco más de veinte años de ser una zona de muerte para los jaguares por la caza que fue legal durante décadas a ser un santuario con los jaguares más grandes hasta ahora conocidos que cazan, nadan, acechan, merodean, se aparean, se alimentan y acicalan mientras científicos y turistas los conocen y observan. Solo en Puerto Jofre, un pequeño asentamiento pesquero al occidente del Mato Grosso, el ecoturismo de jaguares deja al año más de 6 millones de dólares.

Inspirado en esa experiencia que dice que le cambió la vida, Gustavo montó un proyecto de turismo de naturaleza, un ecolodge al interior de Ipacarai llamado Casa Jaguar, un lugar adornado con las fotografías de los gigantescos felinos que él mismo retrató. Donde el azulejo, el sirirí y el chupahuevos se juntan para anunciar en un canto siempre nuevo el amanecer; donde la recua de ovejos camina sin afán hacia su zona de pastoreo mientras saludan con los movimientos lentos de cabeza.

La idea de Gustavo es que sea una experiencia para el viajero tan real como sea posible; que se unten de mierda, barro, comida y leche mientras aprenden de búfalos, ovejos y cerdos criollos (de la casi desaparecida raza sampedreña, de Antioquia).

A cinco minutos en carro, dentro del mismo predio, es posible hallar las primeras huellas que semanalmente dejan los jaguares mientras se mueven entre los cultivos de palma de aceite. La meta, dice Gustavo, es que en los próximos años sea posible hacer avistamiento de jaguares en el Magdalena Medio enfocado en educación ambiental, en una transformación cultural en la que el felino sea el principal símbolo de una región que se extiende por siete departamentos.

Gustavo insiste en que algo cambia dentro de uno cuando se tiene la oportunidad no solo de ver un jaguar en estado natural, sino de sentir su presencia tocando una huella que dejó a su paso, de pararse en el mismo punto donde una cámara trampa lo grabó. Le creemos, la sensación de saber que seguimos los caminos que anduvo Pipatón 48 horas antes todavía está tan fresca como sus huellas.

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