En Manrique, nororiente de Medellín, el argentino Leonardo Nieto, el mismo que fundó el salón Versalles en el Centro, halló el lugar para ubicar un espacio en homenaje a la memoria de su compatriota Carlos Gardel.
Eran los años 60 y la carrera 45 conectaba este barrio obrero con el Centro de la ciudad. Sus casas coloridas, relata Mario Patiño, quien ha vivido siempre allí, “hacían que Nieto pensara en Caminito, Argentina. Pero lo que más le llamó la atención era la cantidad de bares de tango que se distribuían a lo largo de la cuadra”.
Y sí, conversar con los vecinos de antaño de la vía es toparse, al menos, con seis historias de bares de tango que ya no están, pero cuyos sonidos de bandoneón persisten entre el asfalto y el comercio.
Por ello, continúa Patiño, don Leonardo adecuar la Casa Gardeliana, que ahora él coordina. Y en 1968 instaló la escultura de Gardel, donada por colombianos asentados en Argentina y que ahora se rodea de placas conmemorativas.
“A este espacio, aunque pequeño, llegaban a presentarse artistas extranjeros cuya carrera musical era más conocida en Medellín que en su país natal, lo que hizo que algunos, incluso, se quedaran a vivir en la ciudad, en el mismo Manrique”, resalta.
Así, con la Casa Gardeliana siendo referente, la 45 tomó fuerza como calle tanguera: allí, durante varios años, cuando se acercaba la fecha de conmemoración de la muerte de Gardel, el 24 de junio, cada esquina se convertía en un escenario musical en el que se bailaba, cantaba y hasta interpretaba algunos tangos. Incluso la vía fue bautizada como avenida Carlos Gardel.
Pero, como pasa con las ciudades que crecen, las transformaciones llegaron a esta arteria. En las casas, aunque siguen coloridas, ya no suenan tangos. Algunas se modernizaron y otras se convirtieron en locales comerciales.
Los bares cerraron, cambiaron de música. La Esquina del Tango, La Cita, Los Cuyos, Río de Oro..., enumera de memoria Gustavo Alonso Rojas, como si los leyera en el aire, fueron espacios que cerraron, un final que casi le ocurre al suyo, el Café Alaska, un bar que, por fortuna, sigue tocando tangos y sirviendo tintos en una esquina de la 45.