Un amor que trascienda más allá de la muerte puede parecer un sentimiento netamente humano. Sin embargo, dos animales en Antioquia han fascinado y también han conmovido con una historia que pone de manifiesto un vínculo irrompible de especies que se han acompañado por mucho tiempo. Todo comenzó cuando desde el parque temático Hacienda Nápoles confirmaron que Rany, una de sus emblemáticas elefantas, había fallecido a los 70 años.
Lo que primero fue la manifestación de dolor por la pérdida de un ejemplar como ese se convirtió ayer en un relato conmovedor, luego de que se conociera que Zimbawe, otro elefante que había sido su pareja durante casi 10 años, no se quería separar del enorme cuerpo. El macho estuvo al lado de Ranny por varias horas durante las cuales el personal del parque no se atrevió a retirar el cuerpo.
No fue un simple acto de logística, los cuidadores de ambos animales respetaron el tiempo que Zimbawe se tomó para estar al lado de la hembra con quien había compartido alrededor de una década, un comportamiento que es usual en esta especie. David Echeverri, biólogo de Cornare se refirió al hecho y explicó que los elefantes son muy cariñosos y familiares. “Son animales muy sentimentales también, entonces es normal que pasen este tipo de cosas. El animal debe estar sintiendo la muerte de su compañía”.
Al personal del parque no le cayó por sorpresa el comportamiento de Zimbawe. “Debe tener una tristeza más profunda que la nuestra”, dijeron en el comunicado de la Hacienda Nápoles tras el fallecimiento de Rany.
Era una tristeza comprensible entre especies que se han acompañado por tanto tiempo y que quedaron retratadas incluso en crónicas que este mismo medio publicó en el pasado. El vínculo entre Rany y Zimbawe data de hace casi 10 años, desde la mañana del 15 de abril de 2016 que ambos se conocieron en Nápoles.
Rany fue una de dos elefantas africanas que fueron rescatadas en 2014 tras varios años de cautiverio en un reconocido circo que luego las habría donado a ambas a la Hacienda Nápoles, tras la promulgación de la Ley 1638 de 2013, la cual prohíbe el uso de animales silvestres en espectáculos circenses.
Al cronista John Saldarriaga, en abril de 2016, los trabajadores de la Hacienda le contaron que Rany y la otra elefanta, llamada Junior, llegaron a mediados de mayo de 2014 desde Sabaneta, municipio donde se estaba presentando el circo. Según el relato, soltaron a los animales en ese espacio de seis hectáreas de la Nápoles, que simulaba la sabana africana, llena de lagos y pantanos, en el que después de más de tres décadas de cautiverio en el circo podían comer pasto arrancado de la tierra con su trompa, algo impensable en la estrechez del circo.
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Rany y Junior eran inseparables, pues eran las únicas elefantas de todo el parque temático en esas fechas. Sin embargo, ese hecho cambió en abril de 2016, una madrugada en la que llegaría otro acompañante. “En la madrugada del viernes 15 de abril permanecieron atentas a los movimientos y ruidos procedentes de un contenedor metálico situado a escasos 100 metros de distancia. Solo la trompa y las orejas se veían moverse. Esos movimientos y ruidos debían resultarles familiares: un elefante estaba allí encerrado. Se trataba de Zimbawe”, añadió el cronista en su reseña.
Zimbawe también tiene su historia. Era mucho más joven que las dos elefantas, apenas tenía 9 años cuando llegó a Nápoles. Zimbawe es hijo de Pirinolo y Maggie, dos de los paquidermos africanos que el capo Pablo Escobar habría hecho traer a Nápoles en la cúspide de su carrera delictiva, por allá en 1981.
Zimbawe llegó al parque temático en medio de la Operación Arca de Noé, procedente del zoológico Matecaña, de Pereira. Según los recortes de prensa, allí habría llegado tras la liquidación de la Sociedad de Mejoras Públicas y posteriormente fue entregado a Nápoles.
Al parecer, uno de los motivos de su salida de Pereira fue el “destierro”, ya que en la manada compuesta por su padre, su madre y otra elefanta de nombre Kim, ya no tendría cabida porque apenas alcanzara su desarrollo sexual podría intentar cortejar a una de las hembras, afrenta que Pirinolo no dejaría pasar por alto dado su fuerte carácter, según recogió en ese entonces el diario El Tiempo.
“Zimbawe es un macho joven y más o menos malcriado porque fue criado por Kim, una hembra alcahueta. Las tías, usted sabe, son más complacientes que las mamás”, le contó uno de los veterinarios al cronista de EL COLOMBIANO.
El día del encuentro las elefantes daban coces contra el suelo en señal de impaciencia hasta que por fin los veterinarios dieron luz verde para la salida de Zimbawe. Y aunque había mucha expectativa de como sería su salida, nada pasó.
“Solo se alcanzó a ver una trompa tanteando el terreno del bordo del guacal, tocando el lodo, levantándose para sentir el aire tibio, el ambiente húmedo. De pronto, una voz lo cambió todo. La de un hombre que se mantenía en la pradera. '¡Zimbawe! ¡Ven, Zimbawe! ¡Zimbawe!'. Era Abelardo Colorado Quiceno, el cuidador del elefante. Sin nada que temer el cachorro abandonó por fin el guacal y avanzó con un trotecito suave a la sabana”, escribió el cronista Saldarriaga.
Luego de verlas, Zimbawe fue a saludar a las hembras. Rany lo recibió con movimientos agitados de orejas y trompa. Le propinó cabezazos por encima de la cerca que los separaba a modo de saludo. El gesto fue devuelto por el recién llegado. Segundos después, los dos paquidermos intercambiaron chorros de agua tomados de los charcos con sus trompas. El gesto, más allá de amistoso era un recordatorio a Zimbawe de que la que mandaba era Rany.
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Y luego de ese día, los dos elefantes siguieron juntos su larga estancia en Nápoles, ya libres de cautiverios en circos y de embrollos familiares que les amenazaran la vida. Así fue hasta el mediodía de este lunes 24 de marzo cuando Rany murió a raíz de los quebrantos de salud asociados con la vejez y que la fueron postrando de a poco cerca del lago de lodo que disfrutó por varios años.
Fiel a ese compromiso entrañado en casi una década de compañía, Zimbabwe estuvo a su lado durante todo un día haciéndole duelo a esa amistad que pervivió por tanto tiempo. Solo el hambre le hizo detener su “velorio”, ocasión que fue aprovechada por los cuidadores para poder retirar con sumo respeto el cuerpo.