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Conozca a Paula Zapata, la paisa que trabaja en la expedición que descifra el abismo del Atlántico

La bióloga marina es investigadora de una expedición internacional que estudia la Zona de Fractura Doldrums, un sistema de fallas submarinas a 4.700 metros de profundidad.

  • Conozca a Paula Zapata, la paisa que trabaja en la expedición que descifra el abismo del Atlántico
  • El ROV SuBastian es desplegado desde el R/V Falkor (Too) hacia el Atlántico ecuatorial, a 1.500 kilómetros al noreste de las costas de Brasil. El robot puede descender hasta 4.700 metros de profundidad. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
    El ROV SuBastian es desplegado desde el R/V Falkor (Too) hacia el Atlántico ecuatorial, a 1.500 kilómetros al noreste de las costas de Brasil. El robot puede descender hasta 4.700 metros de profundidad. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
  • El brazo mecánico del ROV recoge muestras a miles de metros de profundidad, rodeado de estrellas de mar rojas en el lecho marino de la Zona de Fractura Doldrums. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
    El brazo mecánico del ROV recoge muestras a miles de metros de profundidad, rodeado de estrellas de mar rojas en el lecho marino de la Zona de Fractura Doldrums. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
hace 1 hora
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Un robot amarillo desciende lentamente desde la grúa del barco R/V Falkor (Too) en mar abierto sobre el Atlántico ecuatorial. Es el ROV (vehículo operado remotamente) SuBastian, pesa varios cientos de kilos y en cuestión de horas estará a 4.700 metros de profundidad, en uno de los lugares menos explorados del planeta.

Desde la cubierta del buque del Schmidt Ocean Institute el mar se extiende plano y silencioso hasta donde los ojos alcanzan a ver. Nada en la superficie delata que bajo el agua hay paredes rocosas gigantes, organismos que producen su propia luz y corales que nunca han sido documentados.

Adentro, en la sala de control de misión, Paula Zapata Ramírez lleva audífonos puestos y mira varias pantallas al mismo tiempo. En las más grandes, lo que las cámaras del robot transmiten en tiempo real: sedimento blanco, rocas oscuras, el brazo mecánico del ROV recogiendo muestras entre decenas de estrellas de mar dispersas sobre el lecho marino. El reloj digital marca 14:21:55. Sonríe. Está exactamente donde siempre quiso estar.

“Cuando el ROV desciende, es como entrar a otro planeta. En las pantallas vemos montañas submarinas, paredes rocosas gigantes, organismos bioluminiscentes, esponjas, corales y animales que muy pocas personas han visto en la Tierra”, cuenta a EL COLOMBIANO la bióloga marina.

El R/V Falkor (Too) se encuentra a 1.500 kilómetros al noreste de las costas de Brasil, en la Zona de Fractura Doldrums, un sistema de fallas submarinas sobre la Dorsal Mesoatlántica que marca el límite entre placas tectónicas en el Atlántico ecuatorial. Es una de las regiones más remotas y menos exploradas del océano profundo.

Zapata, nacida en Medellín, es investigadora de esta expedición, que busca responder una pregunta que parece simple, pero con implicaciones profundas: ¿sigue activa geológicamente la Zona de Fractura Doldrums?

Infográfico
Conozca a Paula Zapata, la paisa que trabaja en la expedición que descifra el abismo del Atlántico

El lugar es una gigantesca cicatriz en el fondo marino donde la corteza terrestre se rompe, se desplaza y deja expuestas rocas muy profundas, algunas del manto terrestre, algo muy difícil de observar en otros lugares del planeta. Cuando el agua de mar penetra esas fracturas y entra en contacto con rocas calientes, se generan reacciones químicas capaces de producir energía que sostiene ecosistemas completos en ausencia total de luz solar.

El equipo, liderado por investigadores del Monterey Bay Aquarium Research Institute y la Universidad de Módena, quiere saber si ese proceso sigue ocurriendo y cómo afecta la distribución de los organismos que viven allí, como corales, esponjas y criaturas que posiblemente nadie ha visto antes.

El rol de Paula está en el cruce entre geología y biología: evalúa cómo las corrientes de turbidez (los movimientos de sedimento a alta velocidad dentro del cañón) afectan la distribución de los organismos que viven en esas profundidades, en particular corales y esponjas.

El ROV SuBastian es desplegado desde el R/V Falkor (Too) hacia el Atlántico ecuatorial, a 1.500 kilómetros al noreste de las costas de Brasil. El robot puede descender hasta 4.700 metros de profundidad. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
El ROV SuBastian es desplegado desde el R/V Falkor (Too) hacia el Atlántico ecuatorial, a 1.500 kilómetros al noreste de las costas de Brasil. El robot puede descender hasta 4.700 metros de profundidad. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)

De las montañas al mar

La científica creció en la capital antioqueña sin ver el océano, pero imaginándolo. Cuenta que su abuelo la llevaba a pescar y le leía historias de Julio Verne. “Crecí imaginando mundos desconocidos y exploraciones en lugares remotos”. Esa curiosidad por entender cómo funciona el planeta, los mapas, los paisajes, la conexión entre la Tierra y la vida, terminó siendo la brújula de toda su carrera.

En 1999 salió de Medellín para estudiar Biología Marina en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Luego se trasladó a Santa Marta, donde tuvo su primer contacto real con la investigación marina de campo y empezó a investigar en el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras - Invemar. Su trabajo de grado llegó a publicarse en una revista internacional. “Fue el lugar donde entendí que quería dedicarme a explorar y comprender el mar”, dice.

Desde entonces, construyó una trayectoria que combina biología marina, geociencias y tecnología submarina en varios continentes. Estudió su maestría en la Heriot-Watt University de Edimburgo y en la Universidad Nacional Autónoma de México, hizo el doctorado en Biología y Ecología Marina en la Università Politecnica delle Marche en Italia, y completó estudios posdoctorales en el Smithsonian Tropical Research Institute y en la Universidad de Miami.

Hoy realiza su año sabático como investigadora en la King Abdullah University of Science and Technology en Arabia Saudita, desde donde llegó a esta expedición.

En el camino también trabajó con la Armada colombiana, una experiencia que le dejó una lección que va más allá de la ciencia: “El océano no es solamente un ecosistema, también es territorio, soberanía, conocimiento estratégico y futuro para nuestros países”.

Con el tiempo fue construyendo lo que ella misma describe como un “perfil híbrido”, una mezcla entre bióloga, exploradora y cartógrafa del océano.

Hoy trabaja en proyectos donde se usan robots submarinos, sistemas acústicos y cartografía de alta resolución para estudiar lugares donde ningún ser humano ha estado antes.

El robot que ve lo que los ojos no pueden

El brazo mecánico del ROV recoge muestras a miles de metros de profundidad, rodeado de estrellas de mar rojas en el lecho marino de la Zona de Fractura Doldrums. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)
El brazo mecánico del ROV recoge muestras a miles de metros de profundidad, rodeado de estrellas de mar rojas en el lecho marino de la Zona de Fractura Doldrums. FOTO cortesía Schmith Ocean Institute (SOI)

El ROV SuBastian es, en palabras de Paula, “básicamente un laboratorio robótico submarino conectado al barco por un cable de fibra óptica”. Ese cable transmite video en tiempo real, datos científicos y permite controlarlo desde la superficie.

Cada inmersión puede durar más de 16 horas. El barco opera 24 horas al día. Mientras el ROV está en el fondo, siempre hay científicos, pilotos e ingenieros trabajando. “El océano profundo no duerme”, dice.

Cuando el robot desciende, las pantallas de la sala de control empiezan a mostrar un mundo que muy pocos han visto. Montañas submarinas, paredes rocosas de varios metros, organismos bioluminiscentes que brillan en la oscuridad total.

En una de las inmersiones de esta expedición apareció un pulpo dumbo rosado, de cuerpo inflado y tentáculos extendidos sobre rocas negras, junto a una anémona naranja.

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En otra, una gorgonia rosada en forma de abanico con una estrella de mar naranja posada en su punta, suspendida en la oscuridad absoluta a miles de metros de profundidad. El equipo registró todo con cámaras de alta resolución, con el ánimo de cambiar lo que la ciencia sabe sobre la biodiversidad de aguas profundas.

“A veces aparece una formación geológica extraña, otras veces un ecosistema completamente distinto al esperado. Y en esos momentos la sala cambia por completo: todos empiezan a discutir hipótesis en tiempo real”, relata.

La labor específica de la investigadora paisa empieza en la construcción de mapas detallados del terreno submarino para entender la estructura de las fracturas y ubicar las zonas de interés. Luego el robot recorre esas zonas para registrar qué organismos viven en cada sector.

“Soy la de los mapas y los bichos, porque combino la geología y la biología, lo que hago es evaluar cómo las dinámicas geológicas afectan la distribución de los organismos de aguas profundas”, explica. En particular, corales y esponjas.

La Zona de Fractura Doldrums es científicamente extraordinaria por lo que ocurre cuando el agua de mar penetra las fracturas y entra en contacto con rocas calientes: se generan reacciones químicas capaces de producir energía que sostiene ecosistemas completos en ausencia total de luz solar. “Eso convierte a esta zona en un lugar muy importante para estudiar cómo se conectan la geología y la biología en el océano profundo”, dice.

Además, estos ambientes podrían ayudar a entender las condiciones que favorecieron el origen de la vida en la Tierra. La expedición combina geología, oceanografía, cartografía y biología marina con un objetivo que va más allá de describir el terreno: entender qué organismos viven allí, cómo sobreviven en ambientes extremos y cómo esos ecosistemas dependen de la dinámica geológica. “Cada inmersión del ROV es una oportunidad de observar paisajes y comunidades biológicas que posiblemente nunca habían sido documentadas por seres humanos”.

Un llamado a Colombia

Participar en una expedición de este nivel tiene para Paula una dimensión que va más allá de lo científico. “Para mí es muy especial formar parte de un equipo internacional de este nivel, porque demuestra que científicos latinoamericanos también estamos contribuyendo activamente a la exploración oceánica global”. Pero el reconocimiento viene acompañado de una advertencia directa al país.

“Una cosa es estar aquí y contribuir en la exploración, y otra muy distinta es contar después con los recursos económicos, tecnológicos y humanos necesarios para procesar todos los datos, analizarlos en profundidad y llegar a conclusiones científicas realmente relevantes”.

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La exploración oceánica, insiste, no termina cuando el barco regresa a puerto. El trabajo científico más importante suele comenzar después: analizar muestras, procesar mapas, interpretar datos, construir colaboraciones y publicar resultados.

“Colombia tiene el talento humano para hacer ciencia oceánica de alto nivel. Lo que necesitamos es una apuesta más ambiciosa y sostenida en el tiempo para que este tipo de oportunidades no sean excepcionales, sino parte de una estrategia científica de país”, explica. Su llamado va dirigido explícitamente al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Y para las niñas que podrían ser las próximas en hacer este recorrido, Paula tiene un mensaje que cierra el círculo con su propia historia: “No hay que crecer frente al mar para explorar el océano. La ciencia también se construye desde la curiosidad, la disciplina y la capacidad de imaginar lugares que todavía nadie ha visto”.

A esta hora, en la sala de control del barco R/V Falkor (Too), el reloj enorme de números rojos sigue corriendo. El robot desciende y Paula continúa mirando las pantallas y tomando decisiones para descifrar el fondo del abismo del Atlántico.

Paula Zapata Ramírez en el puesto de monitoreo de la misión. Foto: Cortesía.

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