Un día quiso cambiarse el nombre. Se llamaba Efrén Elías y se puso Beltrán Elías. Por qué, le pregunta su nieta con risa (a quién se le ocurre reemplazar el Efrén por Beltrán), y él explica que porque así le decían y él quería llamarse como lo conocían los demás. Nunca nadie le ha dicho Elías. Con el Beltrán no se acuerda cuánto lleva, pero a los 92 años son muchas décadas juntas.
El nombre está en los primeros esbozos que los niños empiezan a trazar. Es una de las primeras palabras que incluso se aprenden a escribir. Durante toda la vida es la carta de presentación y aún después de la muerte es un elemento de memoria: cuando escucha Aristóteles, Jesús, Mozart, Picasso o Hitler los identifica. Piensa en el filósofo, la figura del cristianismo,...