La sonda japonesa Hayabusa 2 logró uno de los mayores retos de la exploración espacial de los últimos años: pasar a alta velocidad muy cerca de un asteroide sin sufrir ningún contratiempo.
La maniobra, llevada a cabo por la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón (JAXA), se realizó sobre Torifune, un asteroide ubicado a unos 100 millones de kilómetros de la Tierra.
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Además de obtener imágenes del objeto, la misión también demostró que el país asiático tiene la capacidad tecnológica para realizar futuras misiones que podrían ayudar a proteger al planeta de un posible impacto de un asteroide.
La JAXA informó que la nave pasó junto al asteroide a una velocidad de 5,3 kilómetros por segundo, equivalente a unos 19.000 kilómetros por hora.
Durante el sobrevuelo, todos los instrumentos científicos funcionaron como estaba previsto y recopilaron fotografías y mediciones que llegarán a la Tierra en los próximos meses para ser analizadas por los investigadores.
Una de las primeras sorpresas fue la forma de Torifune. La Agencia aseguró que no es una roca redonda, sino que tiene el aspecto de dos cuerpos unidos entre sí, como si fueran dos piedras pegadas.
Los científicos llaman a esta estructura ”binario de contacto” y creen que se formó hace miles de millones de años, cuando dos asteroides chocaron lentamente y quedaron unidos.
Por otra parte, la sonda también obtuvo información sobre la temperatura de la superficie y realizó mediciones con láser que ayudarán a conocer mejor su tamaño, composición y relieve.
Otro de los objetivos que tenía la misión era poner a prueba la capacidad de acercarse con precisión a un objeto muy pequeño que viaja por el espacio a gran velocidad. Parece una tarea sencilla, pero lograr que una nave pase cerca de un asteroide de apenas 450 metros de diámetro requiere cálculos extremadamente precisos.
Ese conocimiento podría ser clave si algún día se descubre un asteroide con posibilidades de chocar contra la Tierra. Antes de intentar desviarlo, los científicos necesitarían saber de qué está hecho, cuál es su forma y cómo se mueve.
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Misiones como la de Hayabusa 2 permitirían obtener esa información en poco tiempo y ayudarían a decidir cuál sería la mejor estrategia para evitar un impacto.
Una de esas estrategias ya fue probada por la NASA en 2022 con la misión DART, que consiguió modificar la órbita de un pequeño asteroide al estrellar deliberadamente una nave contra él.
El éxito del sobrevuelo de Torifune demuestra que Japón también está desarrollando tecnologías que podrían ser fundamentales en futuras iniciativas internacionales de defensa planetaria.
Hayabusa 2 ya tenía una trayectoria destacada antes de esta misión. En 2020 hizo historia al recoger muestras del asteroide Ryugu y traerlas de regreso a la Tierra, lo que permitió a los científicos estudiar material prácticamente intacto desde el origen del sistema solar.
Ahora la sonda continuará su viaje hacia un nuevo destino: el asteroide 1998 KY26, un objeto de apenas 11 metros de diámetro, mucho más pequeño que Torifune. Si no hay ningún contratiempo, llegará en 2031 y se convertirá en una de las primeras misiones en explorar de cerca un asteroide de un tamaño tan reducido.