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Editoriales | PUBLICADO EL 07 noviembre 2022

Las elecciones de mitad de mandato

Si este martes los republicanos se convierten en mayoría en alguna de las dos cámaras, como algunos pronostican, el presidente demócrata Joe Biden quedaría sin mucho margen de maniobra”.

Las elecciones de medio término en Estados Unidos, que se llevan a cabo mañana, producen menos ruido que las elecciones de cada cuatro años en las que se elige al presidente de ese país, pero no por ello dejan de ser importantes y tener un impacto significativo. Mañana básicamente se elige toda la Cámara de Representantes, una tercera parte del Senado y los gobernadores de 32 estados. Además aprovechan para votar referendos sobre temas específicos de cada estado.

Si este martes los republicanos se convierten en mayoría en alguna de las dos cámaras, como algunos pronostican, el presidente demócrata Joe Biden quedaría sin mucho margen de maniobra. Por ejemplo, no podría lograr que el Congreso le apruebe el aumento del impuesto a las petroleras que ya anunció, ni tampoco podría hacer aprobar una ley que vuelva a instaurar el aborto como un derecho luego de que la Corte tumbó en junio la jurisprudencia que durante 50 años dio vía libre a la interrupción del embarazo y tampoco lograría los votos para prohibir las armas de asalto. Además de no lograr esas reformas, unos pobres resultados en el legislativo irían en contra de las aspiraciones de su partido de mantener la presidencia en las elecciones de 2024.

Pero tal vez la impronta más destacada de esta jornada electoral sea la consolidación de una figura en democracia en la que los votantes se distribuyen en dos especies de grandes burbujas de opinión pública que ven el mundo de una manera completamente opuesta la una de la otra y en la que van agrandando sus sesgos a punta de narrativas creadas a la medida de los prejuicios de cada grupo.

Esas dos formas de contemplar el mundo se vieron este fin de semana en el último campo de batalla que les quedaba: el estado de Pensilvania. Mientras los seguidores de Trump, reunidos en un pequeño pueblo, escuchaban hablar de un país hundido por la inflación, la delincuencia, la inmigración y las drogas, quienes se congregaron en la capital del estado para oír a Obama y a Biden entendieron que lo que estas elecciones determinan es el sentido de democracia de Estados Unidos, el derecho al aborto, al servicio de salud pública y a la lucha contra las armas de fuego.

Pensilvania simboliza como pocos lugares la diferencia del voto americano y los dos modelos de país que están en pugna. La mitad de su población vive del campo o de la industria. Es blanca, obrera y de clase media, y se identifica con el mensaje republicano. La otra pertenece a las ciudades, donde hay diversidad racial y cultural y donde el mensaje de Biden, nacido en este estado, cala más hondo.

Es tan importante este lugar, que durante su discurso del sábado Biden lo llamó “El lugar que define el alma de América”. Por eso los demócratas decidieron que ese fuera el escenario para que el actual presidente y Obama tomaran la palabra en una misma tarima y no por separado como lo hicieron durante toda la campaña. Este último hizo acopio de toda su capacidad de oratoria y dejó como mensaje único la importancia de votar ya para no tener que vivir con las consecuencias que deja el renunciar a la democracia.

Mientras tanto, Trump y su multitud de seguidores se identificaron con esa descripción apocalíptica del expresidente que les asegura que “Este país se va al infierno” y que Estados Unidos puede desaparecer de aquí a dos años si sigue en manos de quienes él define como la izquierda americana.

Las votaciones según las últimas encuestas están totalmente divididas. 49 por ciento de los registrados dice que votará por los republicanos y 48 por ciento por los demócratas. Y aunque Donald Trump ha atacado con virulencia la práctica del voto anticipado, diciendo que es propenso al fraude y a la corrupción, este no hace más que crecer. Más de 39 millones de votantes votaron por anticipado este fin de semana. Bien sea por correo o en persona, el número de estadounidenses que tomaron esta opción ya es superior al de 2018, lo que tiene a Donald Trump y a sus seguidores totalmente contrariados.

Un 43% de estos votos los han tomado los demócratas y 34 por ciento los republicanos. El propio partido republicano ha criticado esa actitud de Trump porque sus declaraciones debilitan el proceso democrático estadounidense. Pero él como siempre sigue empeñado en crear sus propios relatos sobre la verdad.

Aunque la división puede parecer normal y consuetudinaria en cualquier elección, preocupa ese ambiente violento que se ha venido dando, no solo en Estados Unidos, sino también en casos tan recientes como el de Brasil. La intimidación a los electores o la mecha que encienda la locura de atacantes solitarios que se enfoquen en candidatos, trabajadores electorales y centros de votación está a la orden del día y no es un temor infundado.

En la medida en que esas dos grandes burbujas se echan más cuentos, aumenta la pasión y se pierde la razón. La ausencia de un espacio público para debatir las diferencias y tratar de razonar con argumentos se desaparece y solo quedan las consignas.

Las mentiras constantes y descaradas a las que se están acostumbrando algunos políticos tensionan el ambiente a límites extremos que Estados Unidos, país donde se ha ejercido la violencia contra políticos en muchas oportunidades, creía haber dejado atrás. No es nuevo, pero sí es un retroceso inmenso para uno de los estandartes de la democracia occidental. Veremos por qué se decanta el pueblo estadounidense dentro de muy poco. Sea cual sea el camino que elijan, sus consecuencias no se limitarán a las propias fronteras. Por eso el mundo está atento

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