Dos días faltan para las elecciones presidenciales en la primera democracia de Occidente, y en el país de los valores de la libertad, el trabajo y la creatividad, la incertidumbre se prolongó hasta el último minuto.
El bipartidismo de los Estados Unidos ofrece a los electores dos candidatos que padecen como lastre las valoraciones negativas de gran parte de la población, y que sortean como pueden múltiples cuestionamientos a sus trayectorias, plagadas de puntos oscuros e interrogantes sin responder.
El candidato republicano, Donald Trump, se lleva evidentemente la peor parte por su lamentable récord de exabruptos y manchas imborrables en su vida política y personal. En Estados Unidos se ha truncado la carrera política de brillantes hombres públicos por deslices en su vida privada o por faltas a la confianza ciudadana. Pese a ello, Trump, moralmente quizás el peor candidato que el partido republicano ha presentado en décadas, llega hasta el final de la carrera electoral con posibilidades de ser elegido presidente, habiendo perpetrado una campaña donde lo soez, lo injurioso, lo racista, lo misógino y lo prepotente hizo presencia de forma permanente.
La explicación para que pese a todo lo malo que carga a cuestas, Trump haya no solo eliminado a todos sus contrincantes republicanos sino sobrevivido a revelaciones a cuál más bochornosa, estriba en que muchos ciudadanos se sienten identificados con su forma simplista y maniquea de ver el mundo, y quieren encontrar en su brusquedad y desfachatez al líder que va a erradicar todos los peligros que acechan ahí afuera, en el resto del mundo. Ellos han querido ser convencidos por Trump de que “los otros” van a acabar con su estilo de vida.
Para el Partido Demócrata, tener enfrente a tal contraparte habría sido una oportunidad única de desarrollar una campaña con todas las ventajas y con el triunfo prácticamente asegurado. No ha sido así. Su candidata, Hillary Clinton, ni entusiasmó al electorado ni generó confianza. Eso sí, por el contraste evidente con Trump en cuanto a trayectoria, conocimientos de la política, respeto a las minorías y relación con el mundo, Hillary sería, no solo para su país sino para el resto del mundo, la mejor opción para asumir como presidenta el próximo mes de enero.
Un gobierno de Hillary Clinton se topará con la oposición encarnizada de los republicanos y de los sectores más conservadores, muy poderosos y con enorme capacidad de bloquear la acción presidencial. Cada iniciativa y cada decisión de la eventual presidenta tendrán que recorrer un duro camino para ponerse en marcha.
Estados Unidos es un país de instituciones fuertes. La confianza del resto del mundo afinca allí: esas instituciones podrían aguantar incluso a un presidente como Trump, contenerlo y controlarlo, así el poder presidencial sea enorme. Sea con el uno o con el otro, el cuatrienio por venir será, en todo caso, difícil e imprevisible. Por eso, aparte de la fortaleza institucional, el resto del planeta mirará hasta qué punto el electorado de la gran democracia, aquella que ha acogido a personas procedentes de todas partes y con ellas se ha hecho plural y próspera, preferirá elegir la razonable y más inteligente opción demócrata, o dar un impensado salto al espacio desconocido con el aterrador candidato republicano.
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