Los nuevos 4.500 metros cuadrados de espacio público que generará la remodelación de los senderos y terrazas, del Teatro Carlos Vieco y del Pueblito Paisa, en el Cerro Nutibara, deben ser un símbolo del interés gubernamental, en la administración que termina y en la próxima, de la prioridad que hay que dar a la construcción de una ciudad con lugares amables y cargados de valor cultural, ambiental y ciudadano.
Las recientes contingencias por la calidad del aire, por ejemplo, envían el mensaje de lo perentorio que será en adelante vincular estrechamente el mobiliario urbano y la infraestructura física con la generación de reservorios y ambientes saludables, para la gente y las demás especies vivas que habitan el área metropolitana. No es un capricho decorativo, es una necesidad de previsión ecológica.
La recuperación de los separadores de calzada en avenidas como La Oriental, El Poblado y Guayabal. El derrame de aceras en zonas en las que antes no se podía caminar resguardado del tráfico automotor. La red de ciclorrutas y la peatonalización de vías en zonas céntricas durante los últimos diez años hoy arrojan resultados a favor de los ciudadanos y del disfrute del Valle de Aburrá, no solo por parte de los lugareños sino también de un turismo creciente.
Hemos insistido, como lo demuestran diferentes estudios sobre el impacto de la arquitectura y el urbanismo, en que Medellín debe enriquecer sus espacios públicos, que son un patrimonio de socialización, encuentro, diversión gratuita y desarrollo de una ciudadanía en la convivencia. Ese espacio público que no discrimina, que integra y que, concebido con estándares de calidad adecuados, estimula numerosos procesos de civilidad y cultura.
Por eso Medellín exigía y exige muchas más intervenciones en áreas estratégicas de su Centro y su periferia: el éxito económico, la ampliación del horizonte productivo y una innovación vital y permanente dependen, en gran medida, de qué tan a gusto, identificados y apropiados están los individuos de su espacio. Querer a Medellín no puede ser un acto de fe y regionalismo, debe ser el resultado de un aprecio racional y consciente del hábitat.
La profundización en un modelo de espacio público de calidad, con simbologías que sean puente entre el patrimonio y la modernidad, entre la “bella villa” apacible de otrora y la metrópoli vibrante y vertiginosa de hoy, con balance favorable al alivio del espíritu urbano, deben estar en el núcleo de los planes de los gobiernos locales del Valle de Aburrá, de sus autoridades y fuerzas públicas y privadas.
Medellín y los municipios con los que ha conurbado tienen el reto no solo de plantar equipamientos en el espacio público, sino de cargarlos de contenidos culturales y ambientales y de sentido de pertenencia, para que perduren más en el tiempo gracias al respeto y cuidado que ganen de los ciudadanos.
Volver al Cerro Nutibara, para anunciar su renovación, debe significar que se eleva el compromiso de trabajar en otros frentes que desactiven la violencia y el vandalismo en las calles. Ángulos desde los que se comprenda que cada vez debe haber menos desorden constructivo y abandono, y sí más planeación al componer los territorios, con el privilegio que, por supuesto, merece el espacio público. Y para ello Medellín y su área metropolitana tienen cerros de oportunidades e ideas.
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