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¿David contra Goliat?

La OPA que lanzó el jeque por Nutresa es un pulso entre dos maneras de ver el mundo. Entre la dinámica arrasadora del capital global y la resistencia inspirada en valores de lo local”.

Comienza la cuenta regresiva para saber si finalmente se dará un quiebre en la historia de Antioquia. A partir de hoy y durante quince días, quienes tienen acciones de Nutresa deben definir si se las venden o no al jeque Tahnoun bin Zayed.

Pero no se trata solo de Nutresa. Si el jeque logra que le vendan las acciones, automáticamente él y Jaime Gilinski se quedarían también con el control de Sura, Bancolombia, Argos, y otras 100 empresas del llamado Grupo Empresarial Antioqueño, que generan 83.000 puestos de trabajo y aportan cerca del 5% del Producto Interno Bruto del país.

Por momentos esta historia —que ya lleva un año en cartelera—, se parece a la de David contra Goliat.

De un lado está el presidente de Sura, Gonzalo Pérez, y el presidente de Argos, Jorge Mario Velásquez, que deben definir con sus juntas directivas si venden las acciones que tienen de Nutresa (35% y 9%, respectivamente). Pérez y Velásquez no son dueños ni de Sura ni de Nutresa. Desde el punto de vista individual, ni ganan ni pierden sea cual sea el resultado de este proceso, solo son unos “administradores” a los que la vida les ha puesto esta compleja tarea en sus manos. También están unos accionistas minoritarios, familias paisas, que se han resistido a vender.

Del otro lado está el jeque Tahnoun bin Zayed, socio del banquero caleño Jaime Gilinski y miembro de la poderosa familia real de Abu Dhabi (su hermano es el presidente de Emiratos Árabes Unidos). La fortuna de la familia está estimada en 320.000 millones de dólares, según la revista Forbes. Dinero suficiente para salir de compras por el mundo: hace tres años, adquirieron al equipo inglés Newcastle, hace seis meses invirtieron en la empresa de energía del hombre más rico de Asia y también participan de SpaceX del magnate Elon Musk, por mencionar solo algunas de sus inversiones.

No hay ninguna proporción entre el tamaño del bolsillo y el poder de unos y otros. Con decir que la familia del jeque tiene más plata que la que produce toda Colombia en un año (PIB). Y los “administradores” de Sura y Argos, en cambio, básicamente son empleados.

Mientras unos tienen dinero para doblar su apuesta, como lo hicieron, hasta para pagar 1.000 millones de dólares más por el 35% de las acciones de Nutresa; los otros están dando la batalla por unos valores ancestrales, cual samuráis defendiendo un código de honor. Porque a Pérez y a Velásquez, presidentes de Sura y Argos, les correspondió dar la batalla para preservar una idea fundacional de Antioquia: el esquema de propiedad de su tejido empresarial que se ha distinguido como un modelo en el país.

Las empresas se desarrollaron en Antioquia de una manera peculiar. En estas tierras antes que todo —antes del comercio y del café— lo que había era oro y eso obligó a los emprendedores de la época a asociarse para sacar adelante los arriesgados proyectos mineros. Desde entonces, trabajar en equipo, en empresas de propiedad colectiva, y con un espíritu de contribuir al bienestar general, se convirtió en una especie de mantra que ha pasado de generación en generación.

“Esas elites antioqueñas les dieron mucha importancia a las formas de representación colectiva a través de las asociaciones, que les sirvieron además, como instrumentos para formular acciones conjuntas y políticas públicas”, explica Nicanor Restrepo en su tesis de doctorado. De tal manera que más allá —o además— de generar utilidades, advertía Restrepo, estas elites aportaban al mejor estar de todos: “se convirtieron en abanderadas de las políticas de protección, promotoras del sistema nacional de aprendizaje, patrocinadoras del sindicalismo cristiano, de las Cajas de Compensación, actores centrales en la formulación del Frente Nacional e impulsores de las reformas laborales de los años 1990”.

De suerte que, cuando hace poco más de 50 años, los magnates de entonces, Carlos Ardila Lülle (de Santander), Julio Mario Santodomingo (de Barranquilla) y Jaime Michelsen Uribe (de Bogotá) quisieron quedarse con las empresas antioqueñas entre ellas mismas armaron un mecanismo de protección contra tomas hostiles.

Cada uno llegó por su cuenta a comprar acciones en la Bolsa de Medellín a todo el que quisiera venderlas. Ardila compró Postobón y Coltejer. Santodomingo intentó lo mismo con Suramericana pero lograron mantener la aseguradora en Antioquia y a cambio le dejaron llevarse a Cine Colombia. Michelsen puso sus ojos en la Nacional de Chocolates y Noel (hoy Nutresa), alcanzó a comprar el 34% pero los empresarios paisas hicieron vaca y le compraron las acciones por más dinero del que él había invertido.

Desde ese momento, hace cuarenta años, los cacaos paisas se inventaron la figura del enroque, un sistema de propiedad cruzada en las empresas que las blindó contra los intentos de tomas hostiles de foráneos. Al menos hasta ahora.

La OPA que lanzó el jeque por Nutresa es un pulso entre dos maneras de ver el mundo. Entre la dinámica arrasadora del capital global y la resistencia inspirada en valores de lo local.

En los próximos días se desenvolverá el futuro de estas empresas que están ligadas al desarrollo no solamente de la región antioqueña, sino del país entero

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