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Civismo vs. crimen cotidiano

Las acciones de la criminalidad no se deben convertir en parte del paisaje urbano, no pueden ser vistas con “normalidad”. Ante la delincuencia debe plantarse una ciudadanía activa y solidaria.

05 de junio de 2018
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Infográfico
Civismo vs. crimen cotidiano

La toma de rehenes en un asalto bancario la semana pasada, en el occidente de Medellín, o el hallazgo de armas de fuego arrojadas a un ataúd por los asistentes a un sepelio, no pueden quedar reducidos a actos cotidianos de criminalidad y violencia frente a los cuales los ciudadanos parecieran no inmutarse o ante los que apenas despunta solo el interés del registro mediático en redes sociales y medios informativos. Ante esos episodios de ilegalidad debe brotar un nuevo espíritu de civismo que rechaza la delincuencia y sus autores.

Uno de los saltos cualitativos que reclaman hoy los expertos en asuntos de seguridad urbana es la movilización comunitaria en torno a los organismos de gobierno y seguridad, para combatir a las bandas criminales y sacar de los imaginarios colectivos la idea de que se trata de sujetos “permitidos, aceptados”, con quienes incluso puede obrar la complicidad por acción u omisión. Ni lo uno ni lo otro.

Los medellinenses deben ser cada vez más conscientes del daño enorme al respeto a la vida, a los bienes ajenos, a la convivencia, a la institucionalidad y al mismo sistema democrático que han causado el narcotráfico y las estructuras del crimen organizado.

Es inconcebible que haya más atención y preocupación de los transeúntes y curiosos callejeros por grabar en sus celulares los pormenores de los actos delictivos, que el deseo de ayudar a frenar la comisión de delitos y atentados contra el patrimonio y la vida de sus conciudadanos.

De nada servirán el refuerzo permanente del pie de fuerza policial, la adquisición de cámaras de vigilancia y la mayor operatividad de la Fuerza Pública si no crece, si no prospera entre la gente un sentido de protección colaborativo. De apoyo a los organismos de seguridad y los investigadores judiciales para que reciban información oportuna y privilegiada para desmantelar las decenas de bandas y combos que azotan los barrios de Medellín y el Valle de Aburrá.

Callar ante la extorsión, el expendio de vicio, la prostitución de menores y los hurtos callejeros, entre otros ilícitos, o celebrar los actos ilegales de vecinos e incluso familiares, auspiciar la corrupción de servidores públicos y privados, y creer que se trata de actos y procesos con los que se debe convivir, son parte de la cultura paralela, la “cultura colchón” de una ilegalidad que así jamás podremos derrotar ni extirpar de las prácticas y los ambientes cotidianos en los que se forman los individuos por la vía del ejemplo.

Los ciudadanos y el Estado no pueden tener la cara de las mafias y los delincuentes. No pueden convivir con ellos en una alcahuetería que permite la reproducción del crimen como si fuese una rama más del árbol social. Hay que indignarse y asumir como parte de la educación cívica la necesidad de este cambio cultural que, por supuesto, debe ir aparejado a mejoras en la respuesta del gobierno a las necesidades básicas de la gente.

“El cambio es conveniente”, Medellín lo necesita y paso a paso va entendiendo que es posible prescindir de aquellas ofertas que provienen de la ilegalidad y la vulneración de derechos, entre ellos el de la vida. La seguridad es una construcción social, grupal, solidaria, consciente.

Debemos pellizcarnos y mostrar el deseo de ayudar a que la criminalidad y la violencia dejen de ser una constante de la cotidianidad, y que poco a poco sean asunto del pasado. Que esta sea una capital del civismo y la legalidad.

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