Hace mucho tiempo quería escribir sobre Gonzalo Caro, o mejor, Carolo como todo el mundo lo conoce, quizá porque las historias que indago sobre el rock me conducen a él, y además, porque sin Carolo saberlo, me he ido metiendo en su vida de a poco. Su existencia, como un relato literario y fantástico, ha servido de influencia para lo que ahora muchos hacemos con la música, ha servido de influencia para entender y vivir de manera natural eso que llamamos rocanrol.
Y, ¿por qué hablar de Carolo? Porque quizá la historia nacional y latinoamericana no le ha dado su lugar, porque en sus locuras disparatadas se escondían los sueños de ese naciente rocanrol colombiano, porque fue uno de los primeros gestores culturales de la música y por, nada más y nada menos, ser el creador del Festival Ancón del año 1971, el sueño rocanrolero que muchos anhelaban en los sesenta y setenta.
Este nómada musical, de voz ronca y aguardientera, ha pasado de Ancón en Antioquia, a San Francisco en California, a Amsterdam, una ciudad que le abrió el mundo y el corazón. En estos lugares conoció la música y el movimiento hippie que quiso también aplicar en Colombia.
Estudiando economía en la Universidad de Antioquia recibió el apodo que lo marcaría para siempre, Carolo. Un profesor de análisis matemático en clase de seis de la mañana se equivocó al llamarlo a lista, y por decir primero el apellido y luego el nombre, lo llamó Carolo. La burla fue tan grande que hasta hoy lo acompaña como un tatuaje.
Este hombre de sueños rebeldes y utópicos creó en el Pasaje Junín Palacé La Caverna de Carolo, un lugar repleto de luces de neón, canciones revolucionarias, afiches psicodélicos reflectivos a la luz y con olor permanente a incienso que disimulaba el olor a cannabis. Esto fue en 1969, un año de acontecimientos importantes, como la llegada del hombre sobre la superficie lunar, el rechazo de la guerra con música y la realización del Woodstock en New York.
La Caverna siempre estaba custodiada en la entrada por un elfo de tamaño humano, y allí adentro, el cerebro, el loco creador de Carolo vestido con una túnica blanca al mejor estilo hippie, dirigiendo talleres de artesanía, estampación de camisetas y venta de discos.
Fue así como Carolo se convirtió poco a poco en el decano de los hippies en Medellín, y fue él mismo quien empezó a desarrollar los planes que armó un tiempo atrás en la isla de San Andrés con Gonzalo Arango, Pablus Gallinazus y Fanny Buitrago.
En las playas de la paradisíaca isla, Carolo, por los efectos del LSD, vio en las nubes del cielo azul celeste lo que sería la versión del Woodstock al estilo colombiano. Todos rieron, dijeron que se había chiflado, pero él, terco y obstinado, lo hizo. Fue así como en 1971, en el municipio de La Estrella, una población aledaña a Medellín, ubicada al sur del Valle de Aburrá, nació el Festival Ancón, el primer encuentro del rock y el hippismo en Colombia.
Sí, de un sueño loco, alucinante y rebelde, Carolo creó sin recursos y con las puras ganas y el deseo de cambiar el mundo, con guitarras, amor y paz, uno de los primeros festivales de rock en Colombia.
Es por esto que quizá la historia no le ha dado su lugar, y quizá sea el momento de agradecerle por gestionar de manera rocanrolera y obstinada. También por abrirle los ojos a Medellín, aún pueblo, y por pensar en la música más allá de acordes y letras, pensar en la música como revolución y alimento al espíritu.
Por esto y por mucho más, gracias Carolo, necesitamos más locos como vos.
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