Nota para el futuro: cuando vea que su crítico de cine favorito (si es que tiene uno) le dedica mucho espacio a contar la trama de una película en su texto, sepa que aquello es un mal presagio. Se cuenta con excesivo detalle, como quise hacer en un principio con la historia de Inmersión de Wim Wenders, para reemplazar el cartel vistoso y colorido con un anuncio de “Bajo su cuenta y riesgo” que uno quisiera poner para avisar a los lectores que aquella película no lo hará olvidar los problemas del mundo, ni lo divertirá, ni le generará profundas reflexiones, ni lo retará intelectualmente. Que no cumplirá con las misiones del cine, todas muy válidas, porque algo falló en la fórmula y el resultado es este charco ambarino, esta quebrada mansa en el camino, en la que podríamos ahogarnos si caemos en ella. Del agua en varias de sus presentaciones en el universo intenta hablar Inmersión. Y digo intenta, porque el guión de Eric Dignam, que adapta una novela de J.M.Ledgard, fracasa suavemente en darle un tono emocional uniforme a la película y estrepitosamente en hacer del agua el hilo conductor de la trama.
Su fracaso se da porque no logra que la unión de las acciones parezca natural ni tampoco consigue que el artificio sea tan encantador que no nos importe su falsedad. Tenemos un espía que finge ser un experto en construir pozos en comunidades pobres, una bióloga matemática interesada en el fondo del mar como explicación a “algo”, poemas que hablan del mar, uno de los dos que recuerda que el cuerpo humano está compuesto casi en su totalidad por agua, una gotera en una mazmorra infame, un submarino que espera por sus pilotos, como una bestia antediluviana de metal y el afán de venganza de algún territorio pobre árabe, casi justificado por un médico debido a que allá el agua es muy cara y solo la pueden tomar los ricos.
Tal vez directores más inteligentes en ordenar el caos habrían sabido cómo arreglar el entuerto, pero la misión le queda grande a Wim Wenders, que hace rato parece confirmar con sus lanzamientos que donde mejor sabe hacer las cosas es en el documental, y que los días de gloria y admiración por El cielo sobre Berlín son un recuerdo lejano. Las historias de amor siempre serán bienvenidas y a veces bastan para que una película funcione, pero la de Danielle y James, que intentan recrear ante nosotros Alicia Vikander y James McAvoy, es fallida desde todos los ángulos: uno siente a los dos actores incómodos. Para cuando parecen encajar, la trama los separa ¡y los mantiene separados tres cuartas partes de la película! La tentativa de unirlos mentalmente es tan floja, que la película solo se recupera del tedio cuando el tema político hace su aparición. Imaginen eso: que uno quiera ver política en vez de amor.
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