Si hay algún hecho del siglo XX que ha permanecido en la conversación cotidiana con un halo de romanticismo, es Mayo del 68. Esas fotografías históricas de estudiantes y obreros unidos, marchando para que el gobierno francés accediera a cambios sociales que eran urgentes, han inspirado protestas, movimientos estudiantiles y discusiones políticas, a lo largo y ancho del mundo. Pareciera que nada queda por contar de aquellos días que nos empujaban a que fuéramos realistas y pidiéramos lo imposible.
Tal vez lo mejor de las imágenes que se graban con la prisa de la actualidad, con el afán de documentar “el intenso ahora”, es que carecen en sí mismas del filtro ideológico que nuestra mente les añade al verlas o al producirlas. Gracias a esa cualidad, João Moreira Salles consigue con secuencias seleccionadas cuidadosamente, tomadas de films aficionados, de documentales periodísticos e incluso de sus propios archivos familiares, iluminar con una nueva luz algunos de los acontecimientos más relevantes del siglo XX, como el ya citado Mayo del 68, que es el eje del relato, pero también la Primavera de Praga, la dictadura brasilera, que toca personalmente al director, y la Revolución Cultural china.
Es extraño que un director devele sus mecanismos narrativos, pero Salles lo hace desde el comienzo, casi como una declaración de principios. En esa secuencia, cotidiana, callejera, una niña se acerca a la cámara. Sin embargo, Salles la repite y nos hace notar, con una narración susurrante y omnipresente, que a veces llegará a ser hipnótica y en los momentos menos afortunados de la película, somnífera, que al comienzo del movimiento de la niña, aquella estaba acompañada por su niñera negra, pero al ver la cámara, la niñera se sale intencionalmente del cuadro, porque comprende que ella no es parte de la familia. De repente, la toma casera se convierte en una revelación sociológica. Ese juego interpretativo, que da nuevos significados a las imágenes, es el gran valor de este documental, pues nos formula preguntas e interpretaciones, sobre momentos de los que creíamos saberlo todo.
Salles revela, por ejemplo, mostrándonos una entrevista que salió por televisión nacional francesa, que fue el sentido dramático que tenía Daniel Cohn-Bendit, proveniente de sus clases de teatro, el que lo convirtió en la figura más mediática del movimiento. No había esa “espontaneidad” en sus gestos, que la historia le atribuyó posteriormente, así como esos grafitis famosos en las paredes parisinas, fueron más planeados que lo que habíamos creído. Y sin embargo, en lugar de desencantarnos de la leyenda, Salles convierte su análisis de los hechos en una invitación: veámonos a nosotros mismos como protagonistas del relato de la humanidad. Dejemos de creer que los “cambios” son cosa del pasado y asumamos que está en nuestras manos, en nuestra mirada, el destino de la humanidad. Para que cuando alguien haga un documental dentro de 40 años, nuestras imágenes puedan volver sonrientes del pasado.
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